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¡Ay Señor Señor! - Una Carga - Morir es de Cobardes

Escrito por Administrator el . Publicado en ¡Ay Señor Señor!

 ¡Ay Señor Señor"

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Una Carga

<<Morir es de Cobardes>> Tiene narices: eres una carga, un don nadie, “material sobrante” y, por si fuera poco, si te matas, eres un miedoso y un pusilánime.

 

Está prohibido mencionar la palabra “suicidio”. Causa empatía, contagio, hay gente que se tira por los balcones con solo oírla. Pero hay “suicidios”, más de los que imaginamos, muchos más de los que se relatan en los periódicos. Las calles están llenas de personas con esa idea en la cabeza. Sus vidas han cambiado tanto que no hallan belleza en ningún segundo de ningún momento. No hay lugar al que huir, y el único sitio sensato donde te aguantan es “dentro de ti mismo”, donde mora esa conciencia que no hace otra cosa que fustigarte con sus críticas continuas, y con esa clase de recuerdos sobre tenías que haber hecho esto, o lo otro, o lo de más allá, o sea, que jamás acertaste tomaras la decisión que tomaras. La almohada que es el vientre de uno a veces parece la de tu peor enemigo.

La gente sonríe y calla mecánicamente, manteniendo las formas, como un ahogado que se asfixia sin pretender gritar demasiado. Se trata de no dar el espectáculo, de terminar dignamente, de expirar en soledad el último aliento. Desde que nacemos todos somos muertos, pero en momentos como éstos lo tenemos más claro que nunca.

Ha caído en mis manos un suelto de una crónica de sucesos resuelta en veinte líneas. Trata de un asesinato y de un suicidio. Parece crónica negra, por eso está en las páginas de sucesos. Sin embargo, surgen una serie de detalles que no encajan. Es un matrimonio de ancianos, con toda la vida juntos repartiéndoselo todo, lo bueno y lo malo. El hombre ha matado a su mujer de forma rápida, evitando su sufrimiento. Y después, automáticamente, se ha quitado él, de en medio. Da la impresión de que estamos ante una de esas típicas noticias sobre violencia de género. El varón, harto y doloso de una existencia frustrante al lado de una mujer a la que amó y cuyo amor fue desapareciendo en el desagüe de los días iguales, en un ataque de locura destrozó el cuerpo de su compañera y, luego, se suicida en un disparo rápido y preciso, dejando sobre la alfombra las pruebas de su machismo.

Pero lo que aparece son dos notas firmadas por cada uno de ellos, donde describen las señales de un pacto, un acuerdo secreto, al margen completamente de sus cuatro hijos, por el que deciden optar por la propia eliminación para no resultar ser <<una carga>> para sus herederos. El relato de hechos se queda ahí. Esa es la noticia y allá tú te las compongas para saber el resto. Entramos casi en un proceso de adivinación.

Ya la noticia, descuadrada, no forma parte de una crónica de sucesos. Aunque dé esa impresión no es un asesinato y ni siquiera es un suicidio. Es la muerte, el fin, el broche último, de una pareja que lo ha compartido todo y que ahora, en este momento, ha dejado de ser útil en eso que llamamos “los mecanismos de la productividad”. Ni son competitivos ni productivos. Se sospecha que sus pagas, escuálidas, tal vez inexistentes, sólo les permitía depender de la caridad de sus hijos, los cuales, seguramente, tendrían serios problemas para mantenerse a sí mismos. Puede que uno, dos, tres o cuatro, estén en paro, que teniendo sus propias familias no les alcance el dinero para sobrevivir. Lo cierto es que la pareja de ancianos se sentía una carga. Eran una CARGA para su familia, para ELLOS, y para EL ESTADO.

No hay mucha diferencia entre lo que siente un DESAHUCIADO que decide acabar donde terminaron sus ahorros, y esta pareja de ancianos que se autoextermina porque no ven más camino en la carretera. Y no creo que sea nada fácil combatir esa clase de idea perniciosa que se te mete en la crisma y que no quiere salir. Soy una carga, soy una carga. Sí, soy la carga que impide que mi familia avance, que los presupuestos de mi comunidad autónoma cuadren, que los presupuestos del país se extiendan como una manta que tapen y acojan todas las necesidades de una nación en cuadro.

Te dicen tantas veces usted sobra, usted ha gastado demasiado, usted no trabaja, usted vivió por encima de sus posibilidades, usted está en quiebra…, que llega un momento en que te lo crees y te deslizas por el tobogán de las pesadillas. Seamos sinceros: usted y yo conocemos a varios potenciales suicidas. Probablemente los dos lo seríamos si nuestras circunstancias dieran un viraje brutal y nos robaran todo aquello que nos ha dado dignidad y carácter: ¿Seríamos capaces de levantarnos por la mañana con setenta y cinco años cumplidos sabiendo que todo lo que has hecho en tu larga vida no ha servido para nada? ¿A qué sabe una vida dedicada a la nada? ¿A qué huele la falta de fuerzas, la vejez prematura, la invalidez mental, el que te arrebaten cualquier prestación porque ya no eres necesario?

Me niego a sentir algo sobre esta nada prodigiosa. Sólo quiero pensarlo muy adentro. Y lo que pienso es en Esparta y en su selección natural nada más nacer los bebés. Los fuertes sobrevivían, los débiles eran lanzados al precipicio. Mi cabeza me dice que aquella selección, cruel y terrible, era mil veces más humana que la vida zombie que hoy condena a decenas de miles de personas a ser una carga para el sistema.

Está prohibido mencionar la palabra <<suicidio>>. Y la palabra <<carga>. Y la expresión <<fraude masivo>>. Está prohibido morir cuando te quedas reducido a un pelele. Ya saben, morir es de cobardes… Tiene narices: eres una carga, un don nadie, “material sobrante” y por si fuera poco, si te matas, eres un miedoso y un pusilánime. Y si lo de esa pareja de ancianos, ¿fuera en realidad un acto colosal de amor, de pureza y de respeto extraordinarios hacia sí mismos, héroes septuagenarios de una eutanasia practicada en un caso de extrema enfermedad, un cáncer vertiginoso que ha corroído los órganos vitales  de la convivencia?

¿Cabe en una página de sucesos la hermosura de una historia de amor con el final tragicómico de las grandes obras shakeasperianas?

   

  Francisco J. Chavanel

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