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Psicopedagogía - Las Primeras Interacciones Familiares (0 a 2 Años)

Escrito por Administrator el . Publicado en Psicopedagogía

 Psicopedagogía

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Familia y Desarrollo Psicosocial

 

LAS PRIMERAS INTERACCIONES FAMILIARES (0 A 2 AÑOS)

Las interacciones familiares durante los primeros meses de vida

Durante los primeros meses de vida, los bebés parecen ser seres pasivos, que casi no reaccionan ante los estímulos y que pasan la mayor parte del tiempo durmiendo. A pesar de esta apariencia, hay que destacar que los bebés disponen de formas de comunicación rudimentarias que ponen en funcionamiento desde los primeros momentos de vida. Por ejemplo, lloran cuando tienen hambre, transmiten algunas de las emociones básicas a través de expresiones faciales y muestran más interés por estímulos sociales como las caras y las voces humanas.

Uno de los principales cambios se produce hacia los tres meses, cuando el bebé empieza a reaccionar de forma especial ante los gestos y señales de sus cuidadores habituales. A partir de este momento, las madres y los padres establecen una forma de comunicación diferente, que incluye el juego cara a cara y que supone la base de muchos progresos cognitivos y sociales posteriores.

Cuando un adulto se dirige a un bebé adopta una forma de hablar bastante peculiar que no aparece en otras situaciones comunicativas. Así por ejemplo, se producen muchas repeticiones, se exagera la entonación, se varía el tono, se hacen muchas preguntas, las frases son cortas, etc. Este conjunto de rasgos conforman lo que se ha denominado el habla de estilo maternal. El adulto observa las reacciones del bebé. Este puede mirar al adulto, abrir los ojos, sonreír, llorar o moverse pero, en todo caso, queda claro que está interactuando.

Aunque existen diferencias culturales en cuanto a cómo se produce esta interacción, parece ser una pauta común y universal.

En un principio las interacciones son asimétricas, es el adulto el que las dirige y parece realizar toda la actividad. El adulto mantiene en las interacciones un alto grado de orden. Esto permite que el niño aprenda a predecir lo que va a suceder y conozca la secuencia de acciones tal y como se realiza. Poco a poco, el bebé se va haciendo mas activo y aumenta su papel hasta que llega a utilizar su turno de la interacción para introducir algún elemento nuevo. Estos juegos se denominan formatos y constituyen un contexto en el que el niño aprende uno de los fenómenos mas relevantes de la comunicación: la existencia de turnos.

Mediante estas interacciones coordinadas se establece un verdadero dialogo entre el bebé y el adulto. Hay veces en que la interacción está perfectamente coordinada y se produce un ajuste muy satisfactorio para los dos. No obstante, estos momentos son en general breves y poco frecuentes y no superan el 30% del tiempo total de juego entre padres e hijos. (Berger y Thompsom).

Es posible que los cuidadores realicen interacciones inadecuadas, en unos casos por estimular demasiado al bebé y, en otras, por estimularlo demasiado poco. En el primer caso se trata de madres o padres que, por ejemplo, intentan jugar con su bebé cuando este prefiere realizar otra actividad. Para defenderse, estos bebés ponen en marcha una serie de gestos que indican de forma clara que quieren evitar la interacción como apartar la mirada, intentar separarse del adulto o llorar. Los adultos que estimulan poco a sus bebés consiguen que éstos reaccionen poco, tanto con sus cuidadores habituales como con otros adultos. Así, miran, sonríen y vocalizan menos que los bebés que reciben más estimulación. Los bebés de madres deprimidas suelen ajustarse a este patrón.

El temperamento del bebé es otro factor que influye en el establecimiento de estas primeras interacciones familiares. En ocasiones, los bebés con temperamentos difíciles provocan respuestas de indefensión en los padres que terminan pensando “da igual, haga lo que haga va a seguir llorando”. Esta sensación de incontrolabilidad puede llegar a disminuir las interacciones e interferir en el establecimiento de los lazos afectivos, lo cual puede tener importantes repercusiones en diversos aspectos del desarrollo social, emocional y cognitivo del bebé.

Cuando se aprende a andar: las interacciones familiares en niños de uno a dos años.

Cuando un niño empieza a dar los primeros pasos, las relaciones con los objetos y las personas que le rodean cambian significativamente. Esta novedad implica un cambio en las relaciones con los padres. Además, para la mayor parte de los niños de esta edad existen otros entornos como la guardería o los juegos con otros niños que también suponen un cambio en las relaciones sociales y familiares.

Las interacciones coordinadas y el establecimiento del apego constituyen la base para la relación entre el niño de uno a dos años y sus padres. Durante este periodo parece fundamental que se estimule la curiosidad del niño y que los padres se impliquen en sus actividades diarias.

Existe una escala de medida denominada HOME que evalúa si las condiciones de interacción y establecimiento de vínculos que los padres imponen en este periodo son adecuadas para el desarrollo del niño. Esta escala está formada por seis subescalas que miden la capacidad de respuesta emocional y verbal de la madre, si se evita el castigo, cómo está organizado el entorno físico, si el niño dispone de juguetes adecuados, si la estimulación es variada y hasta qué punto el cuidador se implica en la actividad del niño.

Según diversos estudios, las puntuaciones en esta escala resultan buenos predictores del desarrollo cognitivo posterior del niño, incluso más que el CI. Si los adultos que cuidad del niño consiguen responder adecuadamente a sus demandas e implicarse en su actividad, evitar el castigo y organizar el entorno de tal forma que no haya peligros y la estimulación sea variada, es probable que el niño adquiera las capacidades y herramientas cognitivas adecuadas aunque posea un CI más bajo que otros niños cuyos padres no realizan bien todas estas funciones.

Esto no quiere decir que los niños que no disfruten de unas interacciones sincronizadas y satisfactorias vayan a sufrir graves secuelas a lo largo de toda la vida. Los acontecimientos que se vivan con posterioridad podrán modificar el desarrollo tanto de los niños que hayan tenido experiencias positivas, como los que han tenido experiencias negativas durante estos primeros años de vida.

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