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Psicopedagogía - El Desarrollo Emocional

Escrito por Administrator el . Publicado en Psicopedagogía

 Psicopedagogía

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El Desarrollo Emocional
Casi sobra decir, y es fácil de comprender, que las personas no solo pensamos, también sentimos. Tradicionalmente, el pensamiento y la emoción se han considerado como procesos separados, incluso independientes. Es mas, puede pensarse incluso que la emoción está asociada a procesos biológicos y de carácter innato que dejan poco lugar al dominio cultural o a la re-construcción intelectual. Otras veces, la emoción se ha asociado a vivencias de las personas, casi siempre de carácter individual, prestando muy poca atención a las situaciones interactivas en las que se produce.

Recientemente, otros trabajos han analizado las emociones entendiéndolas como procesos humanos dinámicos, que han de entenderse en relación con la situaciones de interacción personal en las que surgen y, definidas, además, por patrones culturales. Cuando nos situamos en este marco, la emoción y el conocimiento intelectual comienzan a acercarse y ello porque ambos procesos sólo pueden comprenderse en relación con un conjunto de significados que las personas atribuyen a sus acciones a las de los demás.

LA PRESENCIA DE LAS EMOCIONES EN LA ACTIVIDAD HUMANA

Saardani, Mumme y Campos señalan que el estudio de las emociones ha sufrido profundos cambios en los últimos 25 años. Dos razones explicarían quizás ese olvido.

La primera puede relacionarse con la naturaleza que algunos estudios clásicos han atribuido a los procesos emocionales en el conjunto de la vida mental. Pensemos, por ejemplo, en el conductismo y en el lugar que puede quedar para las vivencias emocionales cuando, prescindiendo del “yo”, de la conciencia personal, lo único que cuenta es aquello que puede ser observado directamente en la conducta humana. No es extraño que de las emociones interesaran únicamente sus manifestaciones mas visibles, por ejemplo, las reacciones corporales, los gestos, etc. , pero se olvidara integrarlas en el contexto de una actividad general. Pero, en el polo opuesto queda siempre el psicoanálisis, que las convirtió en una dimensión básica para entender el funcionamiento mental, aunque olvidando su relación con otras dimensiones de lo humano, por ejemplo, la actividad cognitiva.

Una segunda razón que puede explicar por qué las emociones han sido, en ocasiones, olvidadas son las dificultades que pueden encontrarse cuando se trata de lograr un conocimiento objetivo en relación con ellas, de acuerdo con criterios de verdad marcados por las ciencias de la naturaleza. Trevarthen y Logoheti, en 1991, por ejemplo, reconocen que la investigación científica se ha movido entre dos extremos cuando se trata de plantear este tema. Por una parte, se busca probar con medidas objetivas de respuesta, en entornos bien definidos, que los niños y las niñas poseen habilidades psíquicas relacionadas con la actividad emocional; por otra parte, el investigador no puede renunciar a realizar una evaluación interpretativa de las acciones infantiles en el entorno físico y social.

Campos y sus colaboradores tratan de trascender esta situación y prefieren, entre los estudios que se han propuesto, modelos funcionales de las emociones. Estos modelos pueden caracterizarse por los siguientes rasgos:

  • Primero, las emociones se explorarán como fenómenos en estrecha relación con otros, por ejemplo, procesos cognitivos, perceptuales, sociales o de auto-regulación.
  • Segundo, interesa desentrañar su papel como mecanismos que hacen mas fácil la adaptación de la persona al medio físico, social y cultural.
  • Tercero, se incluyen nuevos núcleos temáticos relacionados con el tema y que interesan a los investigadores, por ejemplo, el estrecho lazo entre las emociones y la acción, las funciones sociales de la emoción y un relleno del hueco que existía en la teoría de las emociones entre la infancia y la adolescencia.
Pero, ¿qué son las emociones? Veamos una primera definición:

“La emoción es un intento o preparación de la persona por establecer, mantener o cambiar su relación con el entorno en función del significado que éste tiene para ella”. (Saardani).

La emoción es aquí el sinónimo de una interacción con el entorno y se hace hincapié en la acción personal, dando importancia a sus consecuencias.

Podemos ahora preguntarnos cuáles son, concretamente, esas formas de actividad humana a las que hemos dado el nombre de “emociones”, ello nos lleva a considerar el modo en que se hacen presentes. Habitualmente se han presentado listas de posibles estados emocionales y, en muchas ocasiones, de forma descontextualizada. Todo ello hace difícil clasificarlas. Para evitar estos problemas, existe una importante aportación de Frijda que introduce el concepto de tendencias de la acción. Este concepto no se refiere a algo que pueda ser medido de forma estrictamente cuantitativa, sino que indica mas bien un conjunto de fenómenos organizados de forma flexible que sirven para una determinada función que es inferida por la organización de la conducta, por presuposiciones de lo que la persona está intentado hacer y por el modo en que logra alcanzar una meta. Sobra decir que estas acciones están unidas al contexto.

Las emociones han de entenderse en el contexto de un sistema de actividad humana y en interacción con otras dimensiones; por otra parte, serian difíciles de entender prescindiendo del hecho de que somos seres sociales.

Alan Fogel y sus colaboradores quieren comprender a las emociones en el contexto de sistemas dinámicas. Quieren evitar la propuesta de un organizador central y prefieren centrarse en la búsqueda de patrones de actividad que explican la interacción del niño con el entorno. Es decir, les interesa mas la regularidad en los intercambios con el mundo físico y social, que el hecho de controlarlo desde un mecanismo especifico. En este sentido se interesan por la actividad emocional relacionada con patrones interdependientes de conducta que evolucionan de forma organizada. Esos sistemas dinámicos generan interés en dos aspectos de la conducta, estabilidad y nuevos niveles de organización. Las aportaciones de Alan Fogel y colaboradores se pueden resumir en los siguientes puntos:
  1. La emoción se presenta como un sistema autoorganizado, constituido por la interacción de muchos componentes relacionados con los individuos y su contexto social.
  2. Las emociones se relacionan con secuencias de acción que evolucionan de forma continua.
  3. El desarrollo emocional consiste en una construcción de información categórica y las relaciones cambiantes entre acción e información. Es decir, la emoción no es independiente del conocimiento y esos dos procesos solo pueden entenderse uno en relación a otro. Pensemos en cómo surge en el niño el miedo a desplazarse en el espacio. Es obvio que éste no puede aparecer hasta que no comienza a gatear; en ese momento, su conocimiento espacial es mas amplio que cuando se limita a estar en la cuna o en cualquier otro lugar, sin desplazarse libremente. Esto significa que para sentir miedo se necesita información que haga notar el peligro de la situación.
Trevarthen ha señalado el papel de las emociones en los procesos de comunicación. A su juicio, una aproximación ecológica o cognitiva al tema no es suficientes en cuanto se fijan en el entorno que rodea al individuo, prescindiendo de los procesos interpersonales o intersubjetivos de comunicación y también en las bases emocionales que subyacen a ellos. Las emociones regulan los intercambios entre el yo y los otro, son dinámicas por naturaleza y están organizadas como un conjunto de campos de valores que se oponen.

Todo esto significa que las emociones sirven para regular las relaciones con otras personas y, por tanto, es preciso entenderlas en el marco de procesos de comunicación progresivamente significativos. Lo que parece estar claro es que, desde los primeros meses, los niños tienen la habilidad de percibir y expresar determinadas emociones que les permiten mantener relaciones con otras personas. Los adultos atienden a los mensajes infantiles, los interpretan y reorganizan su conducta de acuerdo con ellos.

En este contexto, otros muchos investigadores, por ejemplo Oatley y Jenkins, han señalado cómo las emociones pueden contribuir a la cooperación entre las personas, incluso en momentos muy tempranos de la infancia. El mundo infantil está mediado por situaciones comunicativas desde el principio. Se atribuye, incluso, un carácter innato a las primeras emociones para hacer posible la comunicación y las recompensas en las primeras relaciones con los demás se consideran de carácter emocional. No puede olvidarse además, que la comprensión simbólica está presente en esos actos comunicativos, al menos por parte de las personas adultas y algunos auotores como Vygotsky, en la primera mitad del siglo XX, han señalado cómo la adquisición del pensamiento simbólico no es ajena a la búsqueda de significados en los intereses y actividades de los demás, así como la acción de usar los instrumentos de la cultura de forma compartida y convencional.

Todo esto nos lleva a reflexionar sobre la relación de las emociones con la inteligencia. Los seres humanos tienen instintos y poderes cognitivos para usar el conocimiento social con fines culturales y es aquí donde se trata de buscar el lugar de las emociones. Para comprender la realidad social necesitamos buscar explicaciones fuera de los temas cognitivos de la psicología tradicional, necesitamos observar qué ocurre entre las personas.

Podemos señalar cuatro tipos de acontecimientos que pueden relacionarse con la génesis de las emociones en relación con el significado que los acontecimientos adquieren para las personas y en las que se observa la necesidad de combinar ese doble carácter de las emociones, sistémico y social:
  • En primer lugar, la relevancia de la meta de la actividad. La naturaleza especifica de la meta podría intervenir en el hecho de vivir una emoción u otra, por tanto, afectaría a la experiencia de la emoción. Las emociones pueden, por tanto, variar en función de su objeto y si nos fijamos en la primera infancia hablaremos, por una parte, de emociones relacionadas con determinados estados carenciales del recién nacido, y por otra, aludiremos también a estados emocionales con profundo carácter social.
  • Un segundo acontecimiento son las señales de los otros ante las manifestaciones emocionales de quien las vive . esas reacciones del otro se convierten en instrumentos poderosos de significación de nuestra propia conducta. Es decir, el significado social podría generar un contagio emocional y una respuesta que lleva consigo una tendencia a la acción en quien lo percibe. Esta dimensión puede tener gran importancia en emociones como la culpa, la timidez o el orgullo.
  • Una tercera fuente procede de los estímulos hedónicos, asociados a sensaciones de placer. La estimulación hedónica se refiere a dimensiones sensoriales de los estímulos que producen sensaciones irreductibles de placer o dolor. En esta línea, el deseo y la aversión pueden llegar a ser el núcleo de intercambios emocionales mas complejos.
  • El cuarto factor procede de la memoria y de las relaciones con el pasado. Podría insistirse aquí en la importancia del pasado para seleccionar estrategias de respuesta emocional.
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