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Inmunología: La Células Defensivas - Antígenos y Anticuerpos

Escrito por Administrator el . Publicado en Inmunología

 

 

Las Células Defensivas

Antígenos y Anticuerpos

 

Son muchas las células que componen el sistema inmunitario: leucocitos, linfocitos, macrófagos, neutrófilos, esosinófilos, mastocitos… Andan por la sangre, en el tuétano del hueso, en el bazo, circulando por los ganglios linfáticos o en casi cualquier tejido.

Ahora nos interesa sólo una de ellas: los linfocitos B. Si tomamos una gota de sangre, nos encontraremos con unos cuantos miles de ellos, así que deben de ser importantes. Los linfocitos B son policías de fronteras. Para empezar, los linfocitos B andan por ahí pidiéndole el pasaporte a todo el mundo, a todas las células con las que se topan mientras circulan por los órganos y tejidos del cuerpo. El pasaporte es una colección de proteínas conocidas como sistema HLA. Si el sistema HLA es el correcto, ese policía que es el linfocito B se da por satisfecho y sigue su andadura.

Todas las células de nuestro organismo tienen el sistema HLA correcto, el pasaporte en regla. Perocada individuo tiene un sistema HLA ligeramente diferente del resto. Si nos transplantan un órgano, más nos vale que el donante sea compatible, es decir, que tenga un sistema de proteínas HLA parecido al nuestro. De lo contrario, los linfocitos B (entre otros integrantes del sistema inmune) reconocerán al nuevo órgano como ajeno y lo destruirán a base de anticuerpos. Eso es el rechazo después de un trasplante. Los microbios no son capaces de mostrar proteínas HLA, por lo que son desenmascarados y destruidos de inmediato. Por desgracia, las células de un cáncer surgido en cualquiera de nuestros órganos poseen una copia de HLA en perfecta regla y pasan la revista de los linfocitos B sin dificultad.

Cuando un linfocito B se topa con un elemento extraño, pongamos una bacteria como ejemplo, que no es reconocible por su HLA, se transforma en otro tipo de célula que se llama plasmocito o célula plasmática. Si un linfocito B es un policía, un plasmocito es un policía con una porra. La porra es el anticuerpo. Los plasmocitos son fábricas de anticuerpos; los producen a todo pasto, los segregan al exterior y rocían con ellos al intruso, a la bacteria de nuestro ejemplo. Un anticuerpo es una sustancia química, una proteína, con forma de "Y griega". El palo vertical de la Y se llama fracción constante porque su composición química es siempre igual. La gracia de los anticuerpos está en los brazos, que se llaman fracciones variables. Su estructura física y su composición química son distintas para cada célula plasmática. Pero esa variabilidad, no depende en realidad del plasmocito, sino de la bacteria o de lo que sea que el linfocito B identifica como un invasor.

Imaginémonos por un momento que esa bacteria que estamos usando como ejemplo tiene la estructura de un automóvil. Pronto será descubierta no por uno, sino por multitud de linfocitos B. Unos se fijarán en el color de la carrocería, otros en los números de la matrícula, otros en el dibujo de los tapacubos… Cada linfocito B elige una característica o sustancia química concreta de la superficie de la bacteria, a la que llamamos antígeno. El plasmocito que deriva de cada linfocito B produce anticuerpos cuyas fracciones variables son idénticas entre sí. Todos ellos reconocen un solo antígeno en la superficie de la bacteria. Las fracciones variables de los anticuerpos vienen a ser como los dientes de una llave. Del mismo modo que una llave sólo encaja con una cerradura, porque sus dientes están cortados de una forma concreta, cada anticuerpo se acopla a un solo antígeno, porque sus fracciones variables están constituidas de un modo particular. El anticuerpo segregado por la célula plasmática se acopla y se fija a un antígeno de la superficie de la bacteria con la misma exactitud que una llave a su cerradura. Cada célula plasmática produce y segrega miles de copias de una misma llave, de un mismo anticuerpo. Se dice que los anticuerpos producidos por una sola célula plasmática son monoclonales. En cambio, distintas células plasmáticas producen llaves con dientes diferentes, apropiadas para abrir distintas cerraduras, anticuerpos distintos entre sí que se acoplan a antígenos diferentes; decimos que son anticuerpos policlonales.

Recapitulando, la bacteria del ejemplo se ha visto de pronto descubierta por muchos linfocitos B. Cada uno de ellos se ha fijado en una sustancia química de su superficie (antígeno), la ha memorizado y se ha transformado en una célula plasmática capaz de fabricar y verter al exterior anticuerpos cuyas fracciones variables están diseñadas milimétricamente para encajar en el antígeno correspondiente con la precisión de una llave en su cerradura. La bacteria se ve rodeada de miles de anticuerpos que se clavan como dardos en su superficie. Pero no lo hacen al azar. Cada anticuerpo busca exactamente el antígeno contra el que ha sido programado, como esos misiles que encuentran su objetivo entre decenas de edificios aparentemente idénticos.

Si Paul Ehrlich hubiera conocido las maravillas de la reacción antígeno-anticuerpo se hubiera sentido orgulloso de sus vaticinios: los anticuerpos son las balas de nuestro organismo, los antígenos son las dianas hacia las que vuelan. Pero, ¿qué tiene todo esto que ver con el tratamiento del cáncer?

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