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Evangelio Dominical
17 Agosto 2008
20 Tiempo Ordinario (A)
Mateo 15,21-28
EL GRITO DE LA MUJER
Cuando, en los
años ochenta, Mateo escribe su evangelio, la Iglesia tiene planteada una grave
cuestión: ¿Qué han de hacer los seguidores de Jesús? ¿Encerrarse en el marco
del pueblo judío o abrirse también a los paganos?
Jesús sólo
había actuado dentro de las fronteras de Israel. Ejecutado rápidamente por los
dirigentes del templo, no había podido hacer nada más. Sin embargo, rastreando
en su vida, los discípulos recordaron dos cosas muy iluminadoras. Primero,
Jesús era capaz de descubrir entre los paganos una fe más grande que entre sus
propios seguidores. Segundo, Jesús no había reservado su compasión sólo para
los judíos. El Dios de la compasión es de todos.
La escena es
conmovedora. Una mujer sale al encuentro de Jesús. No pertenece al pueblo
elegido. Es pagana. Proviene del maldito pueblo de los cananeos que tanto había
luchado contra Israel. Es una mujer sola y sin nombre. No tiene esposo ni hermanos
que la defiendan. Tal vez, es madre soltera, viuda, o ha sido abandonada por
los suyos.
Mateo sólo
destaca su fe. Es la primera mujer que habla en su evangelio. Toda su vida se
resume en un grito que expresa lo profundo de su desgracia. Viene detrás de los
discípulos «gritando». No se detiene ante el silencio de Jesús ni ante
el malestar de sus discípulos. La desgracia de su hija, poseída por «un
demonio muy malo», se ha convertido en su propio dolor: «Señor ten
compasión de mí».
En un momento
determinado la mujer alcanza al grupo, detiene a Jesús, se postra ante él y de
rodillas le dice: «Señor socórreme». No acepta las explicaciones de
Jesús dedicado a su quehacer en Israel. No acepta la exclusión étnica,
política, religiosa y de sexos en que se encuentran tantas mujeres, sufriendo
en su soledad y marginación.
Es entonces
cuando Jesús se manifiesta en toda su humildad y grandeza: «Mujer, qué
grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». La mujer tiene razón. De
nada sirven otras explicaciones. Lo primero es aliviar el sufrimiento. Su
petición coincide con la voluntad de Dios.
¿Qué hacemos
los cristianos de hoy ante los gritos de tantas mujeres solas, marginadas,
maltratadas y olvidadas? ¿Las dejamos de lado justificando nuestro abandono por
exigencias de otros quehaceres? Jesús no lo hizo.
José
Antonio Pagola
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