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Evangelio Dominical
15 Junio 2008
11 Tiempo Ordinario (A)
Mateo 9,36 – 10,8
AUTORIDAD PARA
HACER EL BIEN
Jesús vivía
muy atento a las personas necesitadas que encontraba en su camino. Mira al
paralítico de Cafarnaún, a los dos ciegos de Jericó o a la anciana encorvada
por la enfermedad, y se le conmueven las entrañas. No es capaz de pasar de
largo, sin hacer algo por aliviar su sufrimiento.
Pero los
evangelios nos lo presentan, además, fijando con frecuencia su mirada sobre las
«muchedumbres». Veía a las gentes con hambre o con toda clase de
enfermedades y dolencias, y le sucedía siempre lo mismo: sentía compasión.
Había algo
que le dolía de manera especial. Nos lo
recuerda Mateo: «al ver a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban
extenuadas y abandonadas como ovejas que no tienen pastor». Ni los
representantes de Roma ni los dirigentes religiosos de Jerusalén se preocupan
de aquella gente de pueblo.
Esta
compasión de Jesús no es un sentimiento pasajero. Es su manera de mirar a la
gente y de vivir buscando el bien. Su forma de encarnar la misericordia de
Dios. De esta compasión nace su decisión de llamar a los «doce apóstoles» para
enviarlos a las «ovejas perdidas de Israel».
Para ello, él
mismo les da «autoridad», pero lo que les regala no es un poder sagrado
para que lo utilicen según su propia voluntad. No es un poder de gobernar al
pueblo como los romanos que «gobiernan a las naciones con su poder». Es un
poder orientado a hacer el bien «expulsando espíritus malignos» y «curando toda
enfermedad y dolencia».
Toda la
autoridad que hay en la Iglesia arranca y se basa en esta compasión de Jesús
por el pueblo. Está orientada a curar, aliviar el sufrimiento y hacer el bien.
Es un regalo de Jesús. Los que lo ejercen lo han de hacer «gratis», pues la
Iglesia es un regalo de Jesús a las gentes.
Por eso los
discípulos han de predicar lo que predicaba él, no otra cosa: «predicad que
el reino de Dios está cerca»; que la gente pueda escuchar esa noticia y
entrar en el proyecto de Dios. Pero lo han de hacer poniendo salud, vida,
convivencia y liberación de lo demoníaco. Así lo indican las cuatro órdenes de
Jesús: «curad enfermos», «resucitad muertos», «limpiad
leprosos», «arrojad demonios».
José Antonio Pagola
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