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Enfermedad
Cáncer de Hígado
EL HÍGADO
El hígado es un órgano sólido de color marrón,
situado en la parte superior derecha del abdomen, escondido detrás de las
costillas. Se divide en tres lóbulos,
el derecho, el izquierdo y uno más pequeño denominado cuadrado. Desarrolla
funciones muy importantes para la vida, sin embargo es posible llevar una vida
relativamente normal perdiendo hasta un 75% de tejido hepático. Entre sus
principales funciones destacan la filtración
de la sangre y la eliminación de los desechos tóxicos, elabora
la bilis que es necesaria para la digestión, tiene una función depuradora de
las toxinas del cuerpo y es un almacén de vitaminas, hierro y glucógeno. La
eliminación de las sustancias se realiza por los conductos biliares hacia el
intestino o por liberación de las sustancias metabolizadas al torrente sanguíneo.
Al contrario que la mayoría de los demás órganos del cuerpo, recibe sangre de
dos fuentes: la arteria hepática y sobre todo de la vena porta. La arteria
hepática suple al hígado con sangre rica en oxígeno mientras que la vena aorta
transporta sangre rica en nutrientes desde los intestinos.
Los órganos del sistema digestivo que están en la cavidad abdominal son:
el hígado, la vesícula biliar, el estómago y los intestinos delgado y grueso.
El hígado realiza una gran variedad de funciones en
el cuerpo, entre éstas están la desintoxicación de la sangre y la producción de
bilis que ayuda en la digestión.
CÁNCER DE HÍGADO
El hígado se puede afectar
por el cáncer de 2 formas distintas:
1) Tumor
primario: tumores que se
originan en el hígado (cáncer primario del hígado). Los tumores primarios del
hígado son bastante agresivos desde el principio.
2) Metástasis: en el hígado, las
metástasis son 3 veces más frecuentes que los tumores primarios. Es uno de los
órganos más afectados por metástasis de cánceres de otras localizaciones. Este
hecho, que puede ocurrir prácticamente en cualquier órgano del cuerpo, cobra
especial importancia en el caso del hígado.
Las metástasis hepáticas se producen cuando el tumor ha pasado a la sangre
en su punto de origen y se ha trasladado por los vasos sanguíneos depositándose
en el hígado. Indica que esté donde esté el tumor original, ahora es un tumor
avanzado y que requerirá de algo más que la cirugía del tumor primario para su
tratamiento. Las metástasis en el hígado se pueden detectar a la vez que se
diagnostica el tumor en su origen (y a veces es el motivo por el que se detecta
el tumor primario) o en las revisiones pasado un tiempo tras el tratamiento del
foco primario de tumor. En algún caso se ha conseguido que tras unos ciclos de
quimioterapia se puedan extirpar los tumores hepáticos.
En el hígado pueden aparecer metástasis de prácticamente todos los tipos de
cánceres que existen en el hombre, pero los que con más frecuencia metastatizan
en este órgano son los tumores abdominales, sobre todo los de colon (con
diferencia sobre el resto) estómago y páncreas. De los órganos no abdominales,
los cánceres que con más frecuencia afectan al hígado son los de mama y de
pulmón.
TIPOS DE TUMORES
El cáncer primario de
hígado puede tener fundamentalmente dos orígenes:
• Las células propias
del hígado o hepatocitos, hablamos entonces de hepatocarcinoma
• Los conductos por los que pasa la bilis. Hablamos entonces de
colangiocarcinoma.
Hepatocarcinoma: Se calcula que
aproximadamente el 75% de los cánceres de hígado son de este tipo. Puede
comenzar como un tumor pequeño que va creciendo y luego se extiende a otras
partes del hígado o bien puede surgir en forma de nódulos en varias partes de
este órgano. Es un tumor que afecta fundamentalmente a pacientes que sufren
algún tipo de enfermedad crónica del hígado, sobre todo, la cirrosis hepática (alcohólica
o no) y las hepatitis crónicas virales B y C. Otras situaciones en las que
aumenta el riesgo de hepatocarcinoma son la ingestión de aflatoxinas
(sustancias tóxicas de un hongo), la hemocromatosis y el déficit de
alfa-uno-antitripsina. Este cáncer es mucho más frecuente en los países del
Lejano Oriente que en nuestro medio, y es probable que su incidencia (número de
casos que aparecen al año en una población) disminuya a medida que se extienda
la vacunación contra el virus B de la hepatitis.
Colangiocarcinoma Comienza
en los conductos biliares del hígado y suponen alrededor del 13% de todos los
cánceres hepáticos, es más frecuente según avanza la edad y, como el anterior,
su incidencia aumenta mucho en los países orientales. Aunque normalmente aparecen
de forma espontánea, sin que existan en los pacientes factores de riesgo, en el
caso de los pacientes con colangitis esclerosante (una enfermedad inflamatoria
de los conductos biliares) el riesgo está aumentado al quíntuple. El
colangiocarcinoma se puede presentar tanto en los conductos biliares que hay
dentro del hígado como en los que están fuera. Debido a que a menudo son
demasiado grandes o se encuentran en una parte del hígado a la que no se puede
acceder con la cirugía, la mayoría de los colangiocarcinomas no se pueden
extirpar completamente mediante cirugía.
Angiosarcomas o
hemangiosarcomas: Se trata de un raro tipo de tumor que
comienza en los vasos sanguíneos del hígado. Los angiosarcomas crecen
rápidamente de manera que para cuando son detectados generalmente suelen estar
muy extendidos, lo que imposibilita la cirugía.
Hepatoblastoma:
Se trata de un tipo de cáncer infantil que puede afectar a niños menores de
cuatro años. El desarrollo de la oncología permite asegurar unas tasas de
curación de cerca del 70%.
DIAGNOSTICO
Generalmente estos tumores se diagnostican por alteraciones en los
análisis o en revisiones, bien de un tumor ya tratado o bien de una cirrosis o
hepatitis. Hasta que los tumores no alcanzan un tamaño considerable no empiezan
a dar síntomas.
En la historia clínica el médico recogerá los antecedentes del paciente sobre
la posibilidad de hepatitis crónica o cirrosis, los antecedentes de tumores u
otros síntomas que puedan orientar el diagnóstico.
EXAMEN FÍSICO: el médico palpa el abdomen para examinar el estado del hígado,
el bazo y otros órganos en busca de cualquier posible cambio que haga pensar en
la presencia de un tumor. Además, comprobará si hay ascitis (una acumulación de
líquido), o signos de ictericia, con su característico color amarillo, propio
de las afecciones hepáticas, y que se origina por la acumulación de pigmentos
biliares en la sangre. Los tumores pequeños son difíciles de detectar mediante
un examen físico porque las costillas derechas cubren la mayor parte del
hígado.
ANÁLISIS DE SANGRE: Es frecuente que aparezcan alteraciones en la analítica.
Las transaminasas se suelen elevar (si es que no lo estaban previamente en los
enfermos del hígado) por destrucción de células del hígado por el tumor. Puede
aparecer aumento de la bilirrubina en distinta intensidad por obstrucción de
los conductos biliares o por falta de células hepáticas. Una anemia puede apuntar
a un tumor en el tubo digestivo como origen de metástasis. Los niveles elevados
de alfafetoproteína (AFP), pueden ser indicativos de la presencia de un tumor
en el hígado. Entre el 50% y el 70% de las personas con un cáncer primario de
hígado tiene altos niveles de AFP. Sin embargo, otros tumores como los de
células germinales y, en algunos casos, los de estómago o páncreas también
elevan esta sustancia. Por ello suelen emplearse además otros marcadores para
determinar si el funcionamiento de este órgano es normal.
ECOGRAFÍA: es la prueba más utilizada para el estudio inicial del hígado y, por
lo tanto, suele ser la prueba con la que se detectan los tumores en el mismo.
Con la ecografía se puede comprobar el número, la localización y el aspecto
(ecográfico) de los tumores hepáticos. También aporta información sobre la
posibilidad de enfermedad crónica del hígado, sobre una posible obstrucción de
los conductos biliares y puede apuntar un posible origen si es un tumor
metastásico.
ESCÁNER O TAC ABDOMINAL: es la prueba de mayor valor para establecer el
diagnóstico y para planear el tratamiento, realiza varias fotografías de la
zona, hígado, vasos sanguíneos y otros órganos cercanos. Es más sensible que la
ecografía para encontrar tumores. Aporta información sobre la localización de
los tumores y, por tanto, sobre la posibilidad de extirparlos. Además, se puede
utilizar de guía para realizar una punción y obtener una biopsia. Utilizado con
una sustancia de contraste llamado lipiodol (sustancia que realza las imágenes)
aumenta su rentabilidad diagnóstica en el caso del hepatocarcinoma.
ULTRASONIDOS: esta técnica utiliza los ecos producidos por las ondas sonoras
para emitir una imagen de los órganos internos (sonograma) que permite apreciar
si hay alguna lesión en las paredes del hígado. Los tumores producen una
reverberación distinta a los tejidos sanos que tiene su reflejo en la imagen.
El paciente debe tumbarse en una camilla mientras el técnico mueve el
transductor (el instrumento que emite las ondas sonoras) sobre el abdomen,
previamente lubricado con un aceite o gel para ultrasonidos.
RESONANCIA MAGNÉTICA: Un ordenador traduce el patrón de ondas emitido por los
tejidos del organismo en una imagen muy detallada de las partes del cuerpo que
se quieran analizar. El detalle de esta técnica permite distinguir un tumor
benigno de uno maligno. Para obtener la 'fotografía' el paciente es introducido
en una estructura en forma de tubo que emite un sonido retumbante, que
corresponde a la emisión de las ondas.
ANGIOGRAMA: esta prueba requiere que el paciente ingrese en el hospital y
reciba anestesia general, aunque muchas veces se practica sólo con sedación. El
médico le administrará un tinte que permite ver los vasos sanguíneos del hígado
en una imagen de rayos X. De esta manera se puede comprobar si existe algún
nódulo en el órgano.
BIOPSIA: en ocasiones es necesario analizar una muestra de tejido bajo el
microscopio para determinar la naturaleza de la lesión. Para ello el médico
puede insertar una aguja directamente en el hígado (aguja de aspiración fina),
mientras sigue el procedimiento desde el exterior mediante otras técnicas de
imagen como el escáner computerizado (CT) o los ultrasonidos. Otras veces se
elije una aguja más gruesa o bien se recurre a una laparoscopia, que consiste
en la inserción de un pequeño tubo mediante una incisión practicada en el
abdomen. Otra opción es la colangiopancreatografía (CPRE), que consiste en
introducir un endoscopio por la boca hasta que llega al duodeno, donde
desembocan las vías biliares.
Una vez que se ha diagnosticado el cáncer, se hacen pruebas para determinar si
el cáncer se ha diseminado del hígado a otras partes del cuerpo y poder
planificar el tratamiento más adecuado. Se puede considerar necesario completar
el estudio con otras exploraciones como endoscopia, colonoscopia,
arteriografía, laparoscopia, etc.
ESTADIOS DEL TUMOR
El cáncer de hígado se divide en tres categorías:
1) TUMOR LOCALIZADO Y QUE SE PUEDE OPERAR
El tumor es solitario, o existen varios tumores menores de 5 centímetros y que
se pueden extirpación con márgenes de seguridad de 1 centímetro. Para poder
operarse es preciso que la función hepática sea buena y sin cirrosis.
2) TUMOR LOCALIZADO PERO QUE NO SE PUEDE OPERAR
El tumor está en el hígado o afectando a los órganos vecinos pero no está
indicada la intervención quirúrgica, bien por la localización del tumor o bien
porque hay cirrosis. En este caso se puede plantear la quimioembolización
arterial, inyección percutánea de etanol, la ablación con radiofrecuencia, y en
casos más excepcionales se puede plantear un trasplante hepático.
3) TUMOR AVANZADO.
En esta situación el hepatocarcinoma se ha extendido a otros lugares del cuerpo
como por ejemplo los ganglios linfáticos, o los huesos o el pulmón. Se puede
realizar tratamientos paliativos como por ejemplo la quimioterapia sistémica.
TRATAMIENTO
En general el mejor tratamiento es la extirpación quirúrgica. Para
esto es necesario que la lesión o las lesiones estén en una porción del hígado
que permita extirparlas todas sin sacrificar excesivo hígado como para impedir
la supervivencia. En ocasiones esto sólo puede ser comprobado durante la
intervención quirúrgica, teniendo entonces que decidir si seguir adelante con
la resección hepática (extirpación de parte del tejido hepático incluyendo la
lesión) u optar por otro tipo de tratamiento.
Cuando los tumores no son operables se puede optar por otras alternativas en
función del tipo de tumor de que se trate, aunque en general como tratamiento
paliativo. Generalmente las opciones dependen del tipo de tumor y su estadío en
el momento de comenzar la terapia.
TRATAMIENTO DE CÁNCER LOCALIZADO OPERABLE
Como su propio nombre indica, se trata de tumores que pueden ser extirpados mediante
cirugía. No hay evidencias de que la enfermedad se haya
extendido a los ganglios linfáticos cercanos ni a otros órganos sanos. La
intervención para extirpar el tumor se denomina hepatectomía (extirpación de
una parte del hígado que debe incluir el tumor y bordes libres de enfermedad) y
su extensión dependerá fundamentalmente del tamaño, localización y número de
tumores.
Puede que sea necesario extirpar una porción del hígado, o incluso que haya que
pensar en el trasplante.
En algunos casos el cirujano extirpa completamente el órgano del paciente y lo
sustituye por otro sano procedente de un donante. Esta opción sólo es válida si
el cáncer no ha comenzado a extenderse y si se encuentra un donante compatible.
Mientras eso ocurre, el equipo médico controlará la evolución del paciente
oncológico administrándole otros tratamientos si fuese necesario. Si el tumor
es inextirpable no hay evidencia de que el trasplante pueda ser curativo, pues
casi siempre hay una recaída precoz en el órgano nuevo. Hoy por hoy, esta
opción es experimental.
La supervivencia a tres años en este tipo de cáncer es de cerca del 50%.
TRATAMIENTO DE CÁNCER LOCALIZADO INOPERABLE
Incluso aunque las células cancerosas no hayan abandonado todavía el tumor
original, éste no puede ser extirpado por diversas razones: porque el paciente
tenga cirrosis, por su localización (cerca de estructuras vitales o poco
accesibles para los cirujanos), o bien por otros problemas de salud que impiden
llevar al paciente al quirófano. Las opciones para ellos son:
Ablación por
radiofrecuencia. Se emplea una sonda especial que contiene
pequeños electrodos capaces de eliminar las células enfermas mediante calor de
fricción. Puede hacerse directamente a través de la piel, con anestesia local,
o bien mediante una pequeña incisión que se practica en el abdomen,
generalmente con anestesia general. Mediante una tomografía computerizada (CT)
se sigue desde el exterior la colocación de la sonda en el tumor.
Inyección percutánea de
etanol. El paciente recibirá una inyección de alcohol
directamente en el hígado bajo control ecográfico, destinada a eliminar las
células cancerosas. Aunque suele ser suficiente con anestesia local, algunos
pacientes pueden requerir general. Es posible que el paciente desarrolle fiebre
y dolor después del procedimiento, aunque no son efectos secundarios graves. En
algunas ocasiones es preciso volver a repetirlo si el tumor crece de nuevo.
Criocirugía.
El médico hace una incisión en el abdomen a través de la cuál inserta una sonda
de metal que congela y elimina las células cancerosas. Para guiar el
instrumento puede ayudarse de una técnica de ultrasonidos. La recuperación y
las posibilidades de infección son menores que con otras cirugías más
invasivas.
Infusión arterial hepática.
Se inserta un catéter en la arteria hepática, la principal vía de entrada de
flujo sanguíneo al hígado. A través de este conducto se inyectan fármacos
antineoplásicos directamente en el órgano enfermo. Existe otra variante de esta
técnica que consiste en la implantación de una pequeña bomba que continuamente
segrega estos fármacos hacia el hígado. Este tipo de quimioterapia suele
producir menos efectos secundarios que la que se administra de forma sistémica,
precisamente porque no llega a todo el organismo.
Quimioembolización.
Se coloca un pequeño catéter en una arteria de la pierna. Empleando rayos X
como guía, el médico mueve el catéter hasta la arteria hepática e inyecta
entonces los fármacos anticancerosos. Empleando pequeñas partículas bloquea el
flujo sanguíneo a través de esta arteria, lo que permite que los fármacos
permanezcan en el hígado durante mucho más tiempo. Este procedimiento requiere
ingreso hospitalario y suele producir menos efectos secundarios que la que se
administra de forma sisttémica, precisamente porque ésta no llega a todo el
organismo, aunque sí puede producir náuseas, vómitos, fiebre y dolor abdominal.
Debido a que reduce el suministro de sangre al tejido sano del hígado, puede
ser peligroso para pacientes con enfermedades como la hepatitis o la cirrosis.
Hepatectomía total con
trasplante de hígado. Si la extirpación del tumor es imposible
por culpa del mal funcionamiento del hígado, algunos pacientes pueden
beneficiarse de un trasplante. Mientras aparece un donante adecuado, el equipo
médico continuará monitorizando el estado del paciente y, si fuese necesario,
administrándole tratamiento. El trasplante de hígado es también una opción para
pacientes con tumores pequeños pero que no pueden operarse porque tienen
cirrosis.
TRATAMIENTO DE CÁNCER AVANZADO
Por cáncer avanzado se entiende aquel que afecta a ambos lóbulos del hígado o
bien que se ha extendido ya a otras partes del organismo. Algunos pacientes
reciben tratamientos paliativos que pueden prolongar su supervivencia y mejorar
su calidad de vida. No hay un tratamiento estándar para estas situaciones.
Quimioterapia:
El paciente puede recibir un sólo fármaco o una combinación de varios agentes.
Para ello se puede recurrir a la quimioembolización o bien a la infusión
arterial hepática. En otras ocasiones el oncólogo prescribe una quimioterapia
sistémica, que fluye por todo el organismo a través de una inyección intravenosa
que alcanza a todo el flujo sanguíneo. Generalmente la quimioterapia es un
tratamiento ambulatorio, que permite al paciente regresar a su casa después de
recibir las sesiones, aunque en algunas situaciones, por la agresividad de la
terapia o el estado general del paciente, puede necesitar ingreso hospitalario.
Los efectos secundarios de esta terapia dependen en gran medida del tipo de
fármaco utilizado, así como de la reacción de cada paciente.
Otras: las
nuevas formas de radioterapia, así como de inmunoterapia y terapia génica están
siendo estudiadas actualmente en diversos estudios clínicos.
TRATAMIENTO DE CÁNCER RECURRENTE
Después del tratamiento inicial, la enfermedad puede reaparecer. En ocasiones,
incluso aunque el cáncer haya sido extirpado completamente, existe la
posibilidad de recaída debido a la existencia aún de células enfermas que no
fueron detectadas en su momento. Es lo que se conoce como cáncer recurrente y
suele tener lugar al cabo de unos dos años. En estos casos el paciente puede
volver a someterse a una intervención o bien recibir una combinación de
tratamientos, como la quimioterapia o la radioterapia.
Las radiaciones pueden usarse para reducir el tumor y paliar ciertos síntomas
como el dolor, aunque no mejora la supervivencia. Generalmente no pueden usarse
dosis muy altas porque la radioterapia destruye también el resto de tejido sano
del órgano, aunque las nuevas técnicas tridimensionales permiten cada vez más
delinear exactamente el tumor para evitar radiar otros tejidos no enfermos
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