Evangelio Dominical
18 Mayo 2008
La Santísima Trinidad (A)
Juan 3,16-18
DIOS AMA ESTE MUNDO
Jesús puede ser
considerado desde perspectivas diversas. Puede ser visto como problema
histórico, gran líder religioso, un dogma, el inspirador de un camino
liberador… El evangelista Juan nos invita a acogerlo como el «mejor regalo» que
Dios ha hecho al mundo.
Jesús está hablando con
un maestro judío, llamado Nicodemo. No conversan sobre los problemas
conflictivos de la Ley judía. Jesús centra la atención en temas de los que
apenas se habla en Israel: cómo «renacer» a una vida nueva, qué camino
seguir para «tener vida eterna»…
De pronto Jesús
pronuncia unas palabras que trascienden cualquier conversación humana, y
resumen de manera grandiosa todo el misterio que se encierra en él: «Tanto
amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de
los que creen en él, sino que tengan vida eterna».
¿Qué podemos sentir, al
escuchar estas palabras, los hombres y mujeres de hoy, atraídos por todo
bienestar inmediato y tan escépticos ante promesas lejanas de vida eterna? ¿Qué
nos puede decir el amor de Dios en una sociedad llena de intereses, objetivos y
luchas tan contrarios al amor?
Las palabras de Jesús
destacan lo inmenso y universal del amor de Dios. No podía ser de otra manera.
Dios ha amado al «mundo», no sólo a Israel, a la Iglesia, a los
cristianos… Ha enviado a su Hijo, no para «condenar», sino para «salvar»,
no para destruir, sino para dar vida eterna. Lo sepa o no, el mundo existe,
evoluciona y progresa bajo la mirada amorosa de Dios.
Para saber algo de ese
Misterio de Amor que sostiene el mundo, el mejor camino es el mismo Jesús.
Acercándonos al Hijo, podemos ver, palpar e intuir cómo es el Padre con todos
sus hijos. Viéndolo actuar, podemos captar cómo es el Espíritu que anima a
Dios.
Todos los gestos,
símbolos, palabras, doctrinas, objetivos y estrategias del cristianismo han de
nacer, alimentarse y reflejar ese misterio del Amor de Dios al mundo entero. Si
no es así, la religión se encierra en sí misma; los signos se «sacralizan»; el
anuncio cristiano pierde en buena parte su significado más auténtico; pueden
incluso inventarse prácticas, costumbres y estilos de vivir alejados de la
verdad cristiana original.
José
Antonio Pagola