Evangelio
Dominical
4 Mayo 2008
La Ascensión del Señor (A)
Mateo 28,16-20
HACER DISCÍPULOS DE
JESÚS
Mateo describe la despedida de Jesús trazando las líneas de
fuerza que han de orientar para siempre a sus discípulos, los rasgos que han de
marcar a su Iglesia para cumplir fielmente su misión.
El punto de arranque es Galilea. Ahí los convoca
Jesús. La resurrección no los debe llevar a olvidar lo vivido con él en
Galilea. Allí le han escuchado hablar de Dios con parábolas conmovedoras. Allí
lo han visto aliviando el sufrimiento, ofreciendo el perdón de Dios y acogiendo
a los más olvidados. Es eso precisamente lo que han de seguir trasmitiendo.
Entre los discípulos hay «creyentes»
y hay quienes «vacilan». El narrador es realista. Los discípulos «se postran».
Sin duda, quieren creer, pero en algunos se despierta la duda y la indecisión.
Tal vez están asustados, no pueden captar todo lo que aquello significa. Mateo
conoce la fe frágil de las comunidades cristianas. Si no contaran con Jesús
pronto se apagaría.
Jesús «se acerca» y entra en contacto con ellos. Él
tiene la fuerza y el poder que a ellos les falta. El resucitado ha recibido del
Padre la autoridad del Hijo de Dios con «pleno poder en el cielo y en la
tierra». Si se apoyan en él, no vacilarán.
Jesús les indica con toda precisión cuál ha de ser su
misión. No es propiamente «enseñar doctrina». No es sólo «anunciar al
resucitado». Sin duda, los discípulos de Jesús habrán de cuidar diversos
aspectos: «dar testimonio del resucitado», «proclamar el evangelio», «implantar
comunidades»…, pero todo estará finalmente orientado a un objetivo: «hacer
discípulos» de Jesús.
Esta es nuestra misión: hacer «seguidores» de Jesús, que
conozcan su mensaje, sintonicen con su proyecto, aprendan a vivir como él y
reproduzcan hoy su presencia en el mundo. Actividades tan fundamentales como el
bautismo, compromiso de adhesión a Jesús, y la enseñanza de «todo
lo mandado» por él, son vías para aprender a ser sus discípulos. Jesús les
promete su presencia y ayuda constante. No estarán solos ni desamparados. Ni
aunque sean pocos. Ni aunque sean sólo dos o tres.
Así es la comunidad cristiana. La fuerza del resucitado lo
llena todo con su Espíritu. Todo está orientado a aprender y enseñar a vivir
como Jesús y desde Jesús. El sigue vivo en sus comunidades. Sigue con nosotros
y entre nosotros curando, perdonando, acogiendo… humanizando la vida.
José Antonio Pagola