Evangelio
Dominical
6 Abril 2008
3 Pascua (A)
Lucas 24, 13-35
DOS EXPERIENCIAS
CLAVE
Al pasar los años, en las comunidades cristianas se fue
planteando espontáneamente un problema muy real. Pedro, María Magdalena y los
demás discípulos habían vivido unas experiencias muy «especiales» de encuentro
con Jesús vivo después de su muerte. Unas experiencias que a ellos los llevaron
a «creer» en Jesús resucitado. Pero los que se acercaron más tarde al
grupo de seguidores, ¿cómo podían despertar y alimentar esa misma fe?
Éste es también hoy nuestro problema. Nosotros no hemos
vivido el encuentro con el resucitado que vivieron los primeros discípulos.
¿Con qué experiencias podemos contar nosotros? Esto es lo que plantea el relato
de los discípulos de Emaús.
Los dos caminan hacia sus casas, tristes y desolados. Su fe
en Jesús se ha apagado. Ya no esperan nada de él. Todo ha sido una ilusión.
Jesús que los sigue sin hacerse notar, los alcanza y camina con ellos. Lucas
expone así la situación: «Jesús se puso a caminar con ellos, pero sus ojos
no eran capaces de reconocerlo». ¿Qué pueden hacer para poder reconocer su
presencia viva junto a ellos?
Lo importante es que estos discípulos no olvidan a Jesús; «conversan
y discuten» sobre él; recuerdan sus «palabras» y sus «hechos»
de gran profeta; dejan que aquel desconocido les vaya explicando todo lo
ocurrido. Sus ojos no se abren enseguida, pero «su corazón comienza a arder».
Es lo primero que necesitamos en nuestras comunidades:
recordar a Jesús, ahondar en su mensaje y en su actuación, meditar en su
crucifixión… Si, en algún momento, Jesús nos conmueve, sus palabras nos llegan
muy dentro y nuestro corazón comienza a arder, es señal de que nuestra fe se
está despertando.
No basta. Según Lucas es necesaria la experiencia de la
cena eucarística. Aunque todavía no saben quién es, los dos caminantes sienten
necesidad de Jesús. Les hace bien su compañía. No quieren que los deje «Quédate
con nosotros». Lucas lo subraya con gozo: «Jesús entró para quedarse con
ellos». En la cena se les abren los ojos.
Estas son las dos experiencias clave: sentir que nuestro
corazón arde al actualizar su mensaje, su actuación y su vida entera; sentir
que, al celebrar la eucaristía, su persona nos alimenta, nos fortalece y nos
consuela. Así crece en la Iglesia la fe en el Resucitado.
José Antonio Pagola