Evangelio Dominical
30 Marzo 2008
2 Pascua (A)
Juan 20,19-31
NO OCULTAR AL
RESUCITADO
María de Magdala ha comunicado a los discípulos su
experiencia y les ha anunciado que Jesús vive, pero ellos siguen encerrados en
una casa con las puertas atrancadas por miedo a los judíos. El anuncio de la
resurrección no disipa sus miedos. No tiene fuerza para despertar su alegría.
El evangelista evoca en pocas palabras su desamparo en
medio de un ambiente hostil. Va a «anochecer». Su miedo los lleva a
cerrar bien todas las puertas. Solo buscan seguridad. Es su única preocupación.
Nadie piensa en la misión recibida de Jesús.
No basta saber que el Señor ha resucitado. No es suficiente
escuchar el mensaje pascual. A aquellos discípulos les falta lo más importante:
la experiencia de sentirle a Jesús vivo en medio de ellos. Solo cuando Jesús
ocupa el centro de la comunidad, se convierte en fuente de vida, de alegría y
de paz para los creyentes.
Los discípulos «se llenan de alegría al ver al Señor».
Siempre es así. En una comunidad cristiana se despierta la alegría, cuando
allí, en medio de todos, es posible «ver» a Jesús vivo. Nuestras
comunidades no vencerán los miedos, ni sentirán la alegría de la fe, ni conocerán
la paz que solo Cristo puede dar, mientras Jesús no ocupe el centro de nuestros
encuentros, reuniones y asambleas, sin que nadie lo oculte.
A veces somos nosotros mismos quienes lo hacemos
desaparecer. Nos reunimos en su nombre, pero Jesús está ausente de nuestro
corazón. Nos damos la paz del Señor, pero todo queda reducido a un saludo entre
nosotros. Se lee el evangelio y decimos que es «Palabra del Señor», pero
a veces solo escuchamos lo que dice el predicador.
En la Iglesia siempre estamos hablando de Jesús. En teoría
nada hay más importante para nosotros. Jesús es predicado, enseñado y celebrado
constantemente, pero en el corazón de no pocos cristianos hay un vacío: Jesús
está como ausente, ocultado por tradiciones, costumbres y rutinas que lo dejan
en segundo plano.
Tal vez, nuestra primera tarea sea hoy «centrar»
nuestras comunidades en Jesucristo, conocido, vivido, amado y seguido con
pasión. Es lo mejor que tenemos en la parroquia y en la diócesis.
José Antonio Pagola