Evangelio Dominical
18 Noviembre 2007
33 Tiempo Ordinario
C
Lucas 21,5-19
DAR POR TERMINADO
Es la última visita de
Jesús a Jerusalén. Algunos de los que lo acompañan se admiran al contemplar «la
belleza del templo». Jesús, por el contrario, siente algo muy diferente.
Sus ojos de profeta ven el templo de manera más profunda: en aquel lugar
grandioso no se está acogiendo el reino de Dios. Por eso, Jesús lo da por
acabado: «Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra
sobre piedra: todo será destruido».
De pronto, sus palabras
han roto la insensibilidad y el autoengaño que se vive en el entorno del
templo. Aquel edificio espléndido está alimentando una ilusión falsa de
eternidad. Aquella manera de vivir la religión sin acoger la justicia de Dios
ni escuchar el clamor de los que sufren es engañosa y perecedera: «todo
aquello será destruido».
Las palabras de Jesús no
nacen de la ira. Menos aún, del desprecio o el resentimiento. El mismo Lucas
nos dice un poco antes que, al acercarse a Jerusalén y ver la ciudad, Jesús «se
echó a llorar». Su llanto es profético. Los poderosos no lloran. El profeta
de la compasión sí.
Jesús llora ante
Jerusalén porque ama la ciudad más que nadie. Llora por una «religión vieja»
que no se abre al reino de Dios. Sus lágrimas expresan su solidaridad con el
sufrimiento de su pueblo, y, al mismo tiempo, su crítica radical a aquel
sistema religioso que obstaculiza la visita de Dios: Jerusalén (¡la ciudad de
la paz!) «no conoce lo que conduce a la paz» porque «está oculto a
sus ojos».
La actuación de Jesús
arroja no poca luz sobre la situación actual. A veces, en tiempos de crisis,
como los nuestros, la única manera de abrir caminos a la novedad creadora del
reino de Dios es dar por terminado aquello que alimenta una religión caduca,
pero no genera la vida que Dios quiere introducir en el mundo.
Dar por terminado algo
vivido de manera sacra durante siglos no es fácil. No se hace condenando a
quienes lo quieren conservar como eterno y absoluto. Se hace «llorando»
pues los cambios exigidos por la conversión al reino de Dios hacen sufrir a
muchos. Los profetas denuncian el pecado de la Iglesia llorando.
José Antonio Pagola