Evangelio Dominical
11 Noviembre 2007
32 Tiempo Ordinario
C
Lucas 20,27-38
¿ES RIDÍCULA LA
ESPERANZA?
Los saduceos no gozaban
de popularidad entre las gentes de las aldeas. Eran un sector compuesto de
familias ricas pertenecientes a la elite de Jerusalén, de tendencia
conservadora, tanto en su manera de vivir la religión como en su política de
buscar un entendimiento con el poder de Roma. No sabemos mucho más.
Lo que podemos decir es
que «negaban la resurrección». La consideraban una «novedad» propia de gente
ingenua. No les preocupaba la vida más allá de la muerte. A ellos les iba bien
en esta vida. ¿Para qué preocuparse de más?
Un día se acercan a
Jesús para ridiculizar la fe en la resurrección. La presentan en caso
absolutamente irreal, fruto de su «fantasía machista». Le hablan de siete
hermanos que se han ido casando sucesivamente con la misma mujer, para asegurar
la continuidad del nombre, el honor y la herencia a la rama masculina de
aquellas poderosas familias saduceas de Jerusalén. Es de lo único que
entienden.
Jesús critica su visión
de la resurrección: lo ridículo es pensar que la vida definitiva junto a Dios
vaya a consistir en reproducir y prolongar la situación de esta vida y, en
concreto, de esas estructuras patriarcales de las que se benefician los varones
ricos.
La fe de Jesús en la otra
vida no consiste en algo tan ridículo e injusto: «El Dios de Abraham, de
Isaac y de Jacob, no es un Dios de muertos sino de vivos». Jesús no puede
ni imaginarse que a Dios se le vayan muriendo sus criaturas; Dios no vive por
toda la eternidad rodeado de muertos. Tampoco puede imaginar que la vida junto
a Dios consista en perpetuar las desigualdades, injusticias y abusos de este
mundo.
Cuando se vive de manera
frívola y satisfecha, disfrutando del propio bienestar y olvidando a quienes no
saben lo que es vivir, es fácil pensar sólo en esta vida. Puede parecer hasta
ridículo alimentar otra esperanza.
Cuando se comparte un
poco el sufrimiento de las mayorías pobres, las cosas cambian: ¿qué decir de
los que mueren sin haber conocido el pan, la salud ni el amor?, ¿qué decir de
tantas vidas malogradas o sacrificadas injustamente? ¿Es ridículo alimentar la
esperanza en Dios?
José Antonio Pagola