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El Libro de la Vida PDF Imprimir E-Mail

 

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La Verdad de los Siete Sellos del Apocalipsis

 

 

El Libro de la Vida

 

 

 Vi también en la mano derecha del que estaba sentado en el trono un libro, escrito  por el anverso y el reverso, sellado con siete sellos (Ap.5,1 ).

 

 El libro escrito por el anverso es la Vida que Dios nos ha dado para llegar a Él con su gracia, sus dones, la Vida perfecta en Dios que Él preparó para nosotros, el ideal, el modelo de Cristo.

 El reverso es lo que nosotros hemos vivido con nuestros pecados. Por un lado, lo que podemos vivir en la Verdad y por el otro lo que podemos vivir si nos dejamos guiar por el engaño. Tenemos dos opciones: de Vida, o de Muerte (Rom. 6,23).

             Los sellos aquí son siete, porque son como los distintivos que dan la Verdad y nos ayudan a ver con claridad cuando miramos en nuestro interior, nos hacen detectar los pecados que pueden anidar en nuestro corazón y que son la raíz de todo el mal que podemos acarrearnos y acarrear a otros. Y además, nos confirman nuestro principio, la tribulación en nuestro peregrinar y el final, con la ejecución de la justicia de Dios. Todo está bien claro ante nuestros ojos, si buscamos a Dios.  

 Cada sello además de ser el distintivo que nos hace ver la Verdad para salvarnos, distinguiendo el pecado, nos hace ver a su vez la gracia que Dios nos da: la oración y la escucha, y el poder para rechazar todo lo que no viene de Dios, como se nos muestra en la visión de los que están en la gloria de los cielos.

Sólo tenemos que buscar en nuestro interior para ver con claridad porque: “El mal sale del corazón del hombre, nada que viene de fuera puede contaminar al hombre” (Mc.7,15). La decisión es nuestra.

Sin embargo, es el reconocimiento de nuestra maldad el principio necesario para el arrepentimiento verdadero, para la liberación, para un cambio radical de actitud, para perdonarnos y sentirnos perdonados por Dios, y libres. 

Y es que Dios ha puesto en nuestro corazón un sello para que distingamos cada uno de esos pecados, y cuanto Él nos da: “Pondré mis leyes en su mente, en sus corazones las grabaré y Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (Hb.8,10).

 

Continúa aquí la proclamación de Cristo, como nuestro Salvador. Nuestras vidas están es su mano. Y el ángel hace la pregunta:

 

Y  vi un ángel poderoso que proclamaba con fuerte voz: "¿Quién es digno de abrir el libro y soltar sus siete sellos?” (Ap.5,2).

 

Él ha puesto el sello de su Vida en nosotros ¿Quién compartió nuestra humanidad mezclándose con nosotros? Jesús, misericordia y Amor, que comprende todo lo de nosotros desde su propia experiencia compartida. Él es nuestro abogado y mediador entre nosotros y el Padre. Y así nos lo presenta este versículo y todo el capítulo:

 

 Pero nadie era capaz, ni en el cielo, ni en la tierra, ni bajo la tierra, de abrir el libro ni leerlo. Y yo lloraba mucho porque no se había encontrado a nadie digno de abrir el libro ni leerlo. Pero uno de los ancianos me dice: “No llores, mira, ha triunfado el León de la tribu de Judá, el Retoño de David; Él podrá abrir el libro y sus siete sellos” (Ap.5,3-5).

 

 Sólo Cristo que nos ha salvado, es el que tiene todo el poder para que en ese final los siete sellos, cumplida ya su misión, queden al descubierto a los ojos de todos los que habremos de confrontar lo que hayamos vivido y cuanto Él nos ha dado.

 Dios no sólo nos da el conocimiento, sino que derrama la gracia, el poder, para que podamos superar el pecado, las tribulaciones. Estas gracias provienen según esta visión  de las “siete antorchas de fuego que arden delante del Trono, que son los Siete Espíritus de Dios” que se han nombrado ya en el capítulo anterior, y que ahora veremos que son enviados a la tierra; son los  dones del Espíritu Santo, que derrama la Luz, el fuego del Amor, la Verdad, poder, sabiduría, fortaleza… que nos ayudan a  vencer en la lucha contra el pecado.

 

Visión del Cordero

 Entonces vi, de pie, en medio del Trono y de los cuatro vivientes y de los ancianos, un Cordero, como degollado; tenía siete cuernos y siete ojos, que son los Siete Espíritus de Dios, enviados a la tierra. Y se acercó y tomó el libro de la mano derecha del que está sentado en el Trono (Ap.5,6-7).

 

El Cordero, simboliza a nuestro Señor Jesucristo, la Palabra viva entre nosotros. Palabra perfecta. Por esto se nombran siete cuernos, la proclamación de la Palabra. Se presenta con siete ojos, porque la mirada de Dios, la mirada que nos mostró Jesús es la mirada perfecta, de Amor, de pureza, de misericordia… que derrama sus gracia y sus dones, los Siete Espíritus. En el versículo cinco se dice que son “siete antorchas de fuego”. Nos quiere hacer ver que la Palabra y la mirada de Jesús nos llegan a nosotros a través del Espíritu Santo.

 Aquí se refleja la Trinidad Santa. El Espíritu Santo con sus dones, el Padre que entrega al Cordero el libro de la Vida, porque el Hijo tomó al redimirnos el cargo de nuestras vidas. Todos, los vivientes y ancianos, reconocen la soberanía y el poder en unidad con el Padre y lo adoran, cantan la gloria de Dios.

 

Cuando lo tomó, los cuatro vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero. Tenía cada uno una cítara y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos. Y cantan un cántico nuevo diciendo: 

“Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos porque fuiste degollado y compraste para Dios con tu sangre  hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; y has hecho de ellos para nuestro Dios  un reino de sacerdotes, y reinan sobre la tierra” (Ap.5, 8-10).

   

La alegría de la alabanza, con las cítaras y las oraciones porque todos son santos, se gozan en Dios por todos los salvados rescatados por  el Cordero.

Por la infinita misericordia de Dios se nos ha concedido a todos el poder ser sacerdotes de Cristo: “Ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre” (Ap. 1,6). Y también leemos: “Pero vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación Santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquél que os ha llamado de las tinieblas a la Luz” (1Pe.2,9). Todos nosotros, si vivimos en Cristo, somos portadores de la Luz, en el medio en el que nos desenvolvamos: la familia, el trabajo, la vecindad, etc. Cristo al rescatarnos, nos ha hecho “sal de la tierra y luz del mundo”. Luz que no puede esconderse (Mt. 5,13-16). Y cada uno que es luz en medio de los demás está compartiendo ese sacerdocio de Cristo, el Único sacerdote, del que Melquisedec fue símbolo.  Cristo es el único digno de tomar el libro y abrir sus sellos.

¿Y por qué habrá de quitar el Cordero los sellos? Porque cuando vivamos ya en la Presencia definitiva del Uno que está sentado en el Trono, según representa esta visión,  ya no necesitaremos estas gracias para distinguir el pecado. Ya se  habrá acabado esta lucha por buscar y permanecer en la Luz, que Dios nos ha concedido para que cambiemos nuestra condición pecadora y nos convirtamos en hijos suyos para siempre.

 Cuando nos encontremos delante de la Presencia de Dios ya no habrá pecados, ya veremos todo claro como  un mar de cristal” y será el momento de vernos limpios, libres para siempre.

¿Quién otro habrá de ser digno de quitar los sellos? Él es el único que conoce de nosotros absolutamente todo, y el único que pagó el más alto precio: el Cordero como degollado, que resucitó y está en pie junto al Trono del Padre, con quien es Uno.

La visión del evangelista nos acerca a entender esa cercanía de Cristo en nosotros. El único digno de abrir el libro y quitar sus sellos  nos da la  imagen del Defensor, de Abogado nuestro ante el grandioso encuentro con la Verdad Única, cuando dejemos esta forma de vida y veamos el verdadero Rostro de Dios, la verdadera Vida en Dios. Todos lo glorifican:

 

 Y en la visión oí la voz de una multitud de ángeles alrededor del Trono, de los vivientes y de los ancianos. Su número era miríadas de miríadas y millares de millares, y decían con fuerte voz: “Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor y la alabanza”. Y toda criatura, del cielo, de la tierra, de debajo de la tierra y del mar, todo lo que hay en ellos, oí que respondían: “Al que está sentado en el Trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y potencia por los siglos de los siglos”. Y los cuatro vivientes decían: Amén”; y los ancianos se postraron para adorar (Ap.5,11-14).

 

A continuación vemos cómo el Cordero va abriendo los sellos, uno a uno. Éste conocimiento que hoy se nos da es un aviso para que despertemos, reconozcamos las gracias de las que aún podemos saciarnos porque todavía estamos en “el año de gracia”, (Lc.4,19) a tiempo de "cabalgar" encaballo blanco” que es el único jinete de los cuatro que nombra el Apocalipsis, que llega como vencedor.

 

 

 Puedes Consultar el Texto Bíblico Sobre el Tema que Acabas de Leer, en Este Enlace

 


 

 
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