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La Verdad de los Siete Sellos del
Apocalipsis
El Primer Jinete del Primer Sello
Los Salvados
Seguí viendo: cuando el Cordero
abrió el primero de los siete sellos oí al primero de los cuatro vivientes que
decía con voz de trueno: “Ven”. Miré y había un caballo blanco; y el que lo montaba
tenía un arco; se le dio una corona, y salió como vencedor, y para seguir
venciendo (Ap.6, 1-2).
El
color blanco del primer caballo, refleja la pureza, la vida
limpia, del que llega a la Presencia de
Dios y puede verse con transparencia,
porque vivió siguiendo el camino del Amor y la Verdad; siguió el camino de
Aquél que dijo: “Yo soy el Camino (el Amor), la Verdad y la Vida” (Jn.14,5). El Amor y la Verdad vividos nos dan la Vida, que son los fundamentos que
Dios nos concede para que seamos vencedores del mal y para que no nos dejemos
enredar en sus tramas.
El
jinete de este caballo blanco enarbola su arco en un gesto de
triunfo, pero no lleva flecha. Digamos que no vivió hiriendo, sino por encima de
todo conflicto. Siguió el ejemplo de Jesús y de su Palabra que dice: “El
que se humilla será ensalzado”. Este jinete que llega en caballo blanco queda
como vencedor, y para siempre.
Éste
y todos los que así llegan, son en general, todos los que se salvan porque
usaron las armas de Dios. Vivieron luchando en este combate espiritual según
escribe San Pablo: “¡En pie!, pues; ceñida vuestra cintura con la Verdad y revestidos de la
justicia como coraza, calzados los pies con el celo por el Evangelio de la paz,
embrazando siempre el escudo de la fe, para que podáis apagar con él todos los
encendidos dardos del enemigo. Tomad, también, el yelmo de la salvación y la
espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios; siempre en
oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu” (Ef. 6,14ss).
Se
le dio una corona. Alcanzaron la promesa a su fidelidad: “Sé fiel hasta el final y yo te daré la corona de la Vida”, promete el ángel de
las siete iglesias (Ap.2,10). Pablo habla de sus esfuerzos por esta
corona incorruptible (1Cor. 9,24-27). Nosotros le habíamos coronado con una
corona de espinas, y Él nos devuelve una corona de gloria por su misericordia
hacia nosotros (Jn.19,2).
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