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La Verdad de los Siete Sellos del
Apocalipsis
El
Segundo Jinete del Segundo Sello
Los Violentos
Cuando abrió el segundo sello, oí al segundo viviente que decía: “Ven”.
Entonces salió otro caballo, rojo; al que lo montaba se le concedió quitar de
la tierra la paz para que se degollaran
unos a otros; se le dio una espada grande (Ap.6,3-4).
Este
segundo caballo, y el tercero y el cuarto, representan a los que no se
salvan. Los que llegan en este caballo color rojo, símbolo de la sangre,
de la muerte violenta, simbolizan a todos aquéllos que únicamente les interesó
conseguir sus objetivos sin importarles
los demás, hiriendo a otros no sólo en el cuerpo sino en el alma; son los
que arrastrados por sus maldades, por sus afanes, cabalgan en la ira, avaricia,
soberbia, envidia, arrebatando las paz a otros, sembrando discordias,
enemistades, rencillas, guerras... Nunca les importó la paz, no vivieron en
paz, y reciben al final la medida según vivieron. Ya no tendrán más paz y
vivirán en lucha unos contra los otros, porque la espada grande es la Palabra con la que han de
confrontarse, la Verdad con la que se encuentran, y esa Verdad les da
su propia medida.
Se les concedió quitar la paz tiene su sentido completo, si
consideramos que aquí estamos en esta lucha, en la que unos se dejan hacer
instrumentos de maldad - y no instrumentos de Dios - y vienen y nos quitan la
paz. Únicamente podemos ser eso: el que no es instrumento de Dios, es instrumento
de maldad. Tenemos que estar luchando por conservar la paz que aquéllos puedan
quitarnos para no involucrarnos en sus maldades con ellos, aunque muchas veces consigan
dañarnos.
Dios
permite esta lucha para purificación nuestra; podemos con ella salir
fortalecidos (Flp.1). Pero lo principal de esta lucha es
que tenemos el poder de salir vencedores de la situación que cada uno lleva
como ser caído en las tinieblas, como parte de esta humanidad caída en el
pecado porque nos dejamos engañar. Y
Dios con su gracia y su Luz nos da la oportunidad de salir victoriosos. Y esto
ha de ser voluntariamente, porque Él nos creó tan libres que no nos impidió
siquiera que nos apartáramos de Él. Esta lucha es un bien para nosotros. Los
que hoy nos pueden quitar la paz, tienen su función permitida por Dios en su
infinito Amor, porque al mismo tiempo Él nos da toda la ayuda que necesitamos
para vencer y salvarnos libremente.
Esta
lucha está simbolizada en la quinta trompeta, (Ap.9,3-6) en donde “los escorpiones” nos pueden "picar”, hacer daño, pero no tienen poder
sobre nosotros. Esta lucha en la que los hijos de Dios nos encontramos inmersos
con aquéllos otros que se dejan hacer instrumentos de la maldad, y no de Dios,
es una concesión de Dios hacia nosotros. De esta forma nosotros podemos
distinguir lo que es bueno y lo que está mal, y viendo esta diferencia, elegir
y salir de nuestras tinieblas para vivir más en la Luz.
Habíamos claudicado ante el engaño. Tenemos
que vencer al engaño, y para ello Dios nos da cuanto necesitamos para poder
vencer. ¿De qué otra forma podríamos ser vencedores? “Porque nuestra lucha no es contra la carne y
la sangre sino contra principados, contra potestades, contra las dominaciones
de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal que están en las alturas”
(Ef. 6,12).
Para
todos aquéllos que se dejan así utilizar por el mal, mejor es como dice S.
Pedro: “Pedid a Dios una buena conciencia por medio de la resurrección de
Jesucristo“ (1Pe.3,21). Cada uno de nosotros podemos resucitar
de nuestra condición pecadora, llenarnos de la Luz que es Cristo. Y esto puede hacer ver también
a otros la Luz, y
así ellos igualmente vencer con las armas de Dios.
La
palabra de Jesús nos dice: “Mi paz os
dejo, mi paz os doy, no os la doy como os la da el mundo” (Jn.14,27). El mundo nos puede ofrecer una paz
aparente y transitoria basada en el disfrute de los placeres meramente humanos,
pero la paz que Dios nos da está por encima de las circunstancias, y nos lleva
al disfrute de la paz interior. Es la paz del Espíritu.
Ése es el sello que vive en nuestro corazón.
Los hijos de Dios anhelan la paz. Es una sed del alma, que cuando lleguemos
limpios será saciada plenamente. Y será entonces cuando ya no necesitaremos ese
sello, porque viviremos en plenitud.
Es el
Cordero el único digno de quitar ese sello. Hoy podemos sentirnos bienaventurados por pacíficos porque seremos
llamados hijos de Dios (Mt.5,9). Somos hoy como “hijos adoptivos” de Dios, (Ef.1,5) y un día podremos ser una unidad en
Él. Pero no así aquéllos que hayan "cabalgado," en la violencia: el caballo rojo.
La
gracia que este sello nos da es conocer que quien quiera vivir en Dios ha de
amar la paz, vivir la paz, para que al final no se diga otra vez de nosotros: “El camino de la paz no lo conocieron”
(Rom.3,17).
Descubramos que la felicidad está en la paz, que la paz nos lleva a la Presencia de Dios.
Los que vencieron en la lucha que
simboliza este segundo sello, están representado ante el Trono por el segundo viviente con rostro de “novillo”. Como aquí todavía cada uno puede arrepentirse,
se nos muestra para animarnos a luchar, el segundo viviente, con “rostro de novillo”, animal de lucha, que sí se salvó.
Aquél
que se salvó, luchó por el Reino de Dios. Es una lucha espiritual por salvarse,
desde el negarnos a nosotros mismos, dejar nuestro “yo”, lo que nos produce
tantas veces que interiormente nos violentemos. Pero venciendo nuestro ego es
como entramos en el Reino de los Cielos: “El Reino de los Cielos sufre
violencia y los violentos lo arrebatan” (Mt.11,12). Jesús sufrió muchas veces situaciones
violentas y siempre las venció y consiguió su propósito.
Puedes Consultar el Texto Bíblico Sobre el Tema que Acabas de Leer, en Este Enlace
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