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La Verdad de los Siete Sellos del Apocalipsis
El Tercer Jinete del Tercer Sello
Los Autosuficientes
Cuando abrió el tercer sello, oí al tercer
viviente que decía: “Ven”. Miré entonces y había un caballo negro; el que lo
montaba tenía en la mano una balanza y oí como una voz en medio de los cuatro
vivientes que decía: “Un litro de trigo
por denario, tres litros de cebada por un denario. Pero no causes daño
al aceite y al vino”
(Ap.6,5-6).
El
color negro es todo lo contrario del color blanco. Si el primer caballo blanco simboliza la
pureza, al que llega con un corazón limpio, este caballo negro simboliza un corazón impuro, un corazón de
piedra que no se dejó transformar por la Palabra.
Representa a aquéllos que por sus obras creen
salvarse, lo tienen todo medido, que es lo que está simbolizando esta balanza.
Este
jinete aporta sus denarios. Y la
balanza mide, valora sus denarios y los compensa con trigo y cebada. Según ellos vivieron, se
encontrarán con la medida que les trae la balanza. “Con la medida que midáis seréis medidos” (Mc. 24,4). Ellos creyeron comprar con sus obras
su salvación. Son los que se creen
satisfechos, los ricos espiritualmente, como los de la iglesia de Laodicea
(Ap. 3,17). Son los ricos que se nombran en otras citas bíblicas, como el mismo
joven rico de la parábola, (Lc.18,23) que muestra una actitud
autosuficiente, y se creía salvado con cumplir. No quiso dar un paso adelante,
despojarse, y seguir a Jesús más de cerca.
¿Por qué se les entrega trigo y cebada? Porque
ellos vivieron trabajando su
propio "pan". ¿De qué les sirve en ese momento? Con esto ya ellos no podrán hacer nada. Es su
final. El año de gracia también ya pasó para ellos. Ellos quisieron trabajar
para sí mismos, para comprar su salvación y se les da la misma medida: la
materia prima para los que quieren amasar su propio pan y no se acogieron al
pan gratuito. “Yo soy el pan vivo bajado del cielo... el que me coma vivirá por Mí”
(Jn.6,51-57). No comieron éstos del Pan de Vida.
Aunque
por nosotros mismos no podamos alcanzar la salvación, por muchos méritos que
creamos tener, Jesús dice: “Lo
imposible para los hombres es posible para Dios” (Lc.18,27). El apóstol
Pablo afirma: “Todo lo puedo en Aquél
que me conforta” (Flp.4,13). Es un corazón puro donde mora Dios de
donde brotarán obras buenas, porque Dios obra a través de nosotros y somos
instrumentos de Él. Es una gracia que a pesar de nuestra condición de humanidad
caída en el pecado, podamos ser instrumentos de Dios, y ser cauce de buenas
obras.
¿Quién podría ser tan importante como Jesús,
exhibir tantas obras como Él? Porque
obras hizo que ningún otro había hecho. ¿Cuál fue su tentación en el desierto?
Presentarse como un "superhombre" haciendo toda clase de cosas
extraordinarias, convirtiendo las piedras en pan, bajando y subiendo montes
como los ángeles por encima de la ley de la gravedad, y así tener la gloria del
mundo, mezclarse con la gloria del mundo, siendo reconocido, admirado, y
aplaudido.
Pero
los planes de Dios eran otros: convertir los corazones, darnos el modelo de la
vida que nos habrá de llevar a la salvación, para que siguiéramos su ejemplo. Y
ello supone una vida sencilla y humilde. Por eso el camino que nos mostró fue
un camino de humildad, incluso, encarnándose en una Virgen humilde y sencilla
que declara: “He aquí la esclava del
Señor (Lc.1,31). Jesús nos
dice: “Aprended de Mí, que soy manso y
humilde de corazón”. Pudo
elegir entrar por la puerta ancha y el camino fácil. Sin embargo, eligió
el camino que nos enseñó y que aconseja: “Cuando hagas limosnas no lo vayas trompeteando por delante como los
hipócritas… con el fin de ser honrado por los hombres... en verdad os digo que
ya recibieron su paga” (Mt.6,2). Y de éstos dice: “Todas sus obras las hacen para ser vistos
por los hombres” (Mt.23,5). Son los
corazones que quieren recibir la gloria del mundo, y no buscan que la gloria
sea para Dios. Por eso no regresan con un corazón puro sino lleno de vanidad.
Aún
así a través de éstos que se endiosaron a sí mismos, pudo haber unción (que es
lo que significa el aceite) y que esa
unción llegara a otros; que esos otros se entregaran a Dios, y que naciera en
aquéllos una Vida nueva (que es lo que simboliza el vino). Pero ellos hicieron de ello un trono para sí mismos,
apropiándose una gloria que sólo es del
Señor. El bien que pudieron hacer permanecerá, porque es obra de Dios y
nosotros no tenemos ningún poder. Por
esto dice la voz:
“Pero no causes daño al aceite y al vino”. Y esta verdad
la había dicho Jesús con estas palabras: “Al que tiene se le dará, y al que no tiene, aún lo que tiene se le
quitará” (Mc.4,25).
Ése
es el sentido de: “Pero no causes daño al aceite y al vino”.
Jesús mismo dice: “No todo el
que diga... Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga
la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel Día: Señor, Señor ¿no
profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre
hicimos muchos milagros? Y entonces yo les declararé: ¡Jamás os conocí;
apartaos de Mí, agentes de iniquidad!” (Mt.7,21-22).
¿Qué
es lo que no tienen éstos? El Amor que habría de llenar sus obras, el Amor
desprendido que no recoge para sí la gloria. Es una actitud equivocada. Es el
aviso del ángel a la iglesia de Sardes:
“No he encontrado tus obras llenas a los ojos de mi Dios” (Ap.3,2). O lo que le dice a la iglesia de
Éfeso: “Pero tengo contra ti que has
perdido tu Amor de antes” (Ap.2,4). Hemos de hacer que vaya siempre el
Amor presidiendo toda obra, y que ellas den testimonio de Dios.
Lo
contrario es la actitud de éstos que hacen obras para justificarse, en un plan de ganar puntos
"para llegar al cielo", o para
propio prestigio ante los demás, por dar una imagen de personas buenas, pero que esas obras no brotan de un
corazón limpio, lleno de Amor, entregado a Dios. Es una actitud de soberbia por
creerse autosuficientes, cuando hasta Pablo decía: “Yo solo nada puedo, pero
en Cristo todo lo puedo.
Puede
ser también una actitud de envidia cuando se trata de competir para hacer o
superar las obras que hace otro, para creerse o hacer ver que se es igual o
mejor, como le pasó a Moisés con Aarón y María
que quisieron igualarse a él
porque Dios también les hablaba a ellos (Núm.12,1-16).
El
gran fallo de los que llegan en este
caballo negro es no haber vivido
desde un corazón entregado a Dios para
que Dios obrara a través de ellos, ni obrar desde la pureza del corazón,
sino por móviles humanos, que les llevó a su propio endiosamiento; no obrar desde un corazón limpio, puro, para
engalanarse de blanco reluciente, no haber cabalgado en el “caballo blanco” que los llevara a
“las Bodas del Cordero”. Lo
que vivieron resultó ser de color negro: la muerte, aunque tenían la Palabra, y en su corazón,
el sello que les hablaba de humildad, de la verdadera Vida. Y podrían haber llegado siendo libres como el “tercer
viviente”.
Porque
este jinete de este tercer sello,
está en correspondencia con el tercer “viviente”. Si el tercer “viviente” lleno
del Amor de Dios, hizo obras pero para la gloria de Dios, éstos en cambio las
hicieron para su propia gloria, para ser aplaudidos, admirados o reconocidos
por los demás, o por autosatisfacción.
El cuarto jinete, el próximo, nos hablará de los que carecen de obras, no
hacen nada, lo contrario que éstos. Serán como aquéllos a los que hace
referencia la parábola de los talentos (Lc.19,11).
Puedes Consultar el Texto Bíblico Sobre el Tema que Acabas de Leer, en Este Enlace
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