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El Cuarto Jinete del Cuarto Sello - Los Indolentes PDF Imprimir E-Mail

 

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             La Verdad de los Siete Sellos del Apocalipsis

  

 

El Cuarto Jinete del Cuarto Sello

 

 Los Indolentes

 

   

 Cuando abrió el cuarto sello, oí la voz del cuarto Viviente que decía: “Ven”.  Miré entonces y había un caballo verdoso; el que lo montaba se llamaba Muerte y el Hades le seguía. Se les dio poder sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con la espada, con el hambre, con la peste y con las fieras del campo (Ap.6,7-8).

 

Cuando una persona tiene una vida sana, su piel muestra un color saludable; en cambio, cuando está enferma su color es pálido, y si está muerta su color es más bien verdoso. El color verdoso es el símbolo de la muerte, el color de los que aquí parece que viven, pero están muertos por dentro. Son como muertos que se mueven. Son aquéllos a los que parece que les pesa la vida, los que no viven una vida en el Espíritu, sino que su vida es meramente una vida humana.

 Se presentan así, en este cuarto caballo, los que un día pudieron hacer y no hicieron, los que un día pudieron conocer y no conocieron, los que un día pudieron buscar y no buscaron, los que un día pudieron encontrar y no encontraron, los que un día, en fin, pudieron vivir y no vivieron en el Amor y la Verdad, porque ni siquiera se interesaron  por ello. Eran como los huesos secos de la visión del profeta (Ez.37,1ss).

  Fueron todos aquéllos que "cabalgaron" llevados por la pereza, indolentes a su realidad de hijos de Dios, los que dejaban todo para el mañana.

 Los que dándole culto al cuerpo y sin mirar en el Espíritu. "cabalgaron" entregados a los placeres del mundo y de la carne, dándole culto al cuerpo llevados por la gula, por la lujuria, que les llevó a considerarse ellos solos y para sí mismos, envueltos en la comodidad que el mundo les ofrece, en su condición simplemente humana.

Y en general, todos éstos son los que se arrastraban por la vida, sin buscar ni vivir en Dios. Son aquéllos a los que el Señor todavía hoy les está diciendo: “Infundiré mi Espíritu en vosotros y viviréis” (Ez.37,14).

Vivieron como muertos, y al final encuentran su medida: la Muerte eterna,  y el Hades, que conlleva todos los sufrimientos del espíritu por la carencia de la Vida en Dios. Ellos fueron instrumentos de maldad, y su indolencia contribuyó a la muerte de tantos.

 Pero no estaban indefensos: tenían la Palabra, la espada de doble filo, que salva y condena, y que ejecuta aquí la justicia de Dios:

 Con la espada  que les traía el conocimiento de la Verdad podían haber cortado toda maldad  y convertirse, pero no lo hicieron.

 Con el hambre de tantos necesitados que habían visto ante sus ojos, podían haber sacudido su pereza, su carnalidad; mirando y socorriendo, podían haber ablandado sus corazones ayudándoles, pero no lo hicieron.

 Con la peste, que es el hedor del pecado, el distintivo propio de  todo pecado, que no les fue negado, ellos podían haber rechazado la maldad, y luchado en contra de ella, pero no la rechazaron.

Con las fieras del campo, que simboliza la lucha entre los hombres, podían haber reconocido que Dios es un Dios de paz, que Cristo nos trajo la paz, que nos llama ovejas de su rebaño, (Jn.10,14)  y que dice también: “Fuera los perros(Ap. 22.15). Pero ellos no vivieron en la paz, ni trabajaron por ella. Todos ésos que nada hicieron, que vivieron como paralizados en su vida espiritual, fueron con ello colaboradores de la maldad y reciben su medida: la Muerte y el Hades.

Todos éstos que aquí se nombran fueron con su actitud pasiva, con su pereza, con su lujuria, con su gula, causa de muerte para muchos; no sólo no sirvieron de ayuda para que otros pudieran salvarse sino que contribuyeron a que otros imitaran su pasividad, su indolencia o su desenfreno; por eso fueron causa de muerte para otros en su vida aquí -  una cuarta parte de la tierra - y en justa medida también en su final reciben:

 La Muerte: su medida conforme habían vivido.

 El hambre, hambre de la verdadera Vida,  porque al hacerse la Verdad de cuanto habrían podido vivir sienten que ya no podrán jamás saciarse.

La peste, el hedor de sus pecados, el rechazo dramático de cuanto habían vivido, porque ya es tarde para ellos. 

                                         

Las fieras del campo, el quedar a merced de toda la violencia de los que están ya condenados, que son esas  huestes de maldad.                                                  

    

Sí, tenían todos ellos un sello que imprimió Dios en su corazón, pero ellos no buscaron en su interior sino que sus ojos miraban hacia el mundo. Jesús con su Palabra dejó claro que somos como los trabajadores de una viña; (Mt.20,1-15). nos llama a trabajar en su reino de Amor: “Yo soy la vid y mi Padre es el viñador” (Jn.15,1). Nos habló de la parábola de los talentos (Mt.25,14-30) por la que cada uno recibe y puede hacer fructificar lo que recibe para ser compensado con creces, multiplicada su recompensa. Nos invitó a tomar el arado, y a estar alerta y no dormirnos, en la parábola de las vírgenes (Mt.25,1-13) y otras muchas enseñanzas que testificaron esta verdad, además del testimonio de su Vida.

Y esta gracia de conocer a través de la Palabra el Camino, la verdad de la redención de Cristo, es un bien inigualable que hemos de aprovechar. Pero Cristo vino a salvarnos a todos, aunque muchos no  hayan oído hablar de Él, porque todo ser humano que viva en el Amor y la Verdad en autenticidad desde su interior, vive en Cristo. El sello que cada uno lleva en su interior le dice que ha de vivir en el Amor y en la Verdad. Amor a Dios y Amor a los demás, haciendo el bien, ayudándoles. Ese sello todos lo llevan, todos pueden verlo, todos pueden vivirlo. “Pondré mis leyes en su mente, en sus corazones las grabaré, y yo seré su   Dios y ellos serán mi   pueblo” (Hb.8,10). Nadie allá podrá disculparse. Si quisieron vivir como aquella higuera estéril, y no dieron fruto, su fin será secarse para siempre (Mc.11,12-14).

Este cuarto sello está en relación con el cuarto viviente, “con rostro de águila”, porque se elevó sobre todo lo que el mundo y la carne le esclavizaba y eligió vivir en el espíritu. Es la lucha de la que el apóstol  Pablo hablaba, de que nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, y no ha de dominarnos (1Cor.6,12ss). Es el que vive tanto en la vida del espíritu, que le hace ser testigo de Cristo, luz para llevar la Verdad a otros. De éstos salen los evangelistas, apóstoles, profetas… (1Cor. 12,27ss).

 

 
Puedes Consultar el Texto Bíblico Sobre el Tema que Acabas de Leer, en Este Enlace

 

 
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