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La Verdad
de los Siete Sellos del Apocalipsis
El Sexto Sello
La
Gran Tribulación
Y seguí
viendo. Cuando abrió el sexto sello, se produjo un violento terremoto; y el sol
se puso negro como un paño de crin, y la luna toda como sangre, y las estrellas
del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera suelta sus higos verdes al
ser sacudida por un fuerte viento (Ap.6,12-13).
Este violento terremoto coincide
con el anuncio del final que profetizó Jesús (Mt.
24). Y este violento terremoto hará que
muchos clamen a Dios y se conviertan. Simboliza el estremecimiento interior de
muchos. Ante los acontecimientos de aquellos días “se
golpearán el pecho todas las razas de la tierra”, (Mt.24,30) porque muchos se convertirán.
Pero lo que vivan los demás será lo
contrario. Por eso serán para ellos días de confusión: el sol que se pone
negro como un paño de crin. Es la Verdad cuestionada por los hombres, las
conciencias distorsionadas, la Verdad que no ven muchos; es la ausencia de la
Luz, la ausencia de Dios en tantos que estén confundidos, en tinieblas.
Hasta los mismos elegidos sucumben. Y ésa es la
luna que se pone roja como de sangre. Son los elegidos, portadores de la
Luz de Dios, que se dejan influenciar, se dejan apagar, y no reflejan Luz en la noche de tantos que no ven. Por esto
Jesús dijo que “si no se acortaran
aquellos días no se salvaría nadie”, como se citó en el quinto
sello, referente a los mártires.
Lo mismo simbolizan aquí las estrellas que caen.
Son los que estaban luciendo en la noche de tantos como un referente de
Luz, pero sucumben y caen como sacudidos por un viento fuerte
- los días de tribulación - como caen los higos verdes: “Si no se
acortaran aquellos días no se salvaría nadie”. Y se cumple:
Y el cielo
fue retirado como un libro que se enrolla, y todos los montes y las islas
fueron removidos de sus asientos; y los reyes de la tierra, los magnates, los
tribunos, los ricos, los poderosos, y todos, esclavos o libres, se ocultaron en
las cuevas y en las peñas de los montes (Ap.6,14).
Entonces será cuando se cumpla el final de los tiempos: El cielo
fue retirado como un libro que se enrolla… Todo habrá pasado, y el
cielo, que es todo lo velado, todo
lo que no podíamos ver desde nuestra vida aquí, ya pasará. Todo se hará entonces
transparente, ya todos podremos ver
todo. Y es que dice Jesús: “Los cielos y la tierra pasarán, pero mis
palabras no pasarán” (Mt.4,35). Se verá claro que se cumplieron sus
palabras. Es la Luz que se hace en todos. Es
el momento de la Nueva
Jerusalén precedido por la siega final en que se separa la
cizaña del trigo como hemos visto (Mt.13,40-43). Grande y misericordioso es el Señor
que hasta ese momento final, sigue derramando su gracia para que todos puedan
ver la Luz, entregarse a Él y ser salvados.
Porque en esa gran tribulación final será cuando se
verifiquen las palabras que refiere este sexto sello de que “todos los
montes y las islas fueron removidos de sus asientos”...
Los montes son los que se habían elevado a sí mismos, los que se creían en la
verdad completa, los que se habían puesto por encima de todo y de todos. Y ésos son los que son
removidos de sus asientos, de sus "posiciones," de sus
"status".
Lo mismo serán removidas las islas, que son
todos aquéllos que sólo vivían aislados, o
los que se conformaban con salvarse ellos solos. Hoy aún el anuncio de
este violento terremoto, esta conmoción interior, puede convertirlos y
cambiarlos. Aún hoy podrán clamar a Dios, llegar a entender que el Dios Vivo
está en cada uno; vivir en Dios, entregarse completamente a Él.
Porque si no escuchan la llamada, les sorprenderá el
Día final, y les ocurrirá lo de éstos
que aquí se dice:
Y los reyes
de la tierra, los
que habrían de ser vencedores, alcanzar la corona de gloria, los que habrían de
ser verdaderos testigos (1Pe.5,4).
Los
magnates, los que comerciaban con las cosas de Dios, con la verdad de la
salvación.
Los tribunos, los que imponían y defendían leyes
puestas por los hombres como si fuesen dadas por Dios.
Los ricos, los que se creían ya salvados, los
satisfechos espiritualmente, los que se conformaban sólo con cumplir lo que está mandado, con cumplir la ley, con su religión,
y nada más daban de sí, como el siervo inútil de la parábola, (Lc.
17,10) que sólo hace
lo que le está mandado y que refleja una actitud egoísta.
Los poderosos, los que hacían ostentación
de los bienes y dones de Dios, para erigirse en autoridad y dominar a los que
los seguían, (son los mismos de los que
se habló en el tercer sello).
Y todos,
son en general, los que estaban alejados de Dios.
Esclavos, los que se sometieron a la esclavitud
del pecado encadenados por los vicios y apetencias desordenadas.
Y libres, los que vivían según su propia
voluntad, una vida mundana como si no hubiese nada más allá.
Todos esos piden a los montes y a las peñas que
los oculten. Y esos montes son todo lo que ellos habían amontonado, para
elevarse, ponerse encima, y así verse a sí mismos seguros; son todos aquéllos
a los que ellos aquí admiraron y se
confiaron ciegamente. Ahí quieren cobijarse.
Y en las
peñas, que es aquello en los que ellos fundamentaron sus vidas, sobre los
que ellos descansaron. Pero nada ni nadie podrá ya ayudarlos porque todos estarán en confusión y ninguno podrá ya hacer
nada. Todas las verdades de los hombres que pudieron aquí de alguna forma
llenar sus vidas, habrán sucumbido. La
Roca es Cristo, la
Peña de Horeb que brota agua de Vida (1Cor.
10,4).
Y dicen a
los montes y a las peñas: “Caed sobre nosotros y ocultadnos de la vista del que
está sentado en el Trono y de la cólera del Cordero. Porque ha llegado el Gran
Día de su cólera y ¿quién podrá sostenerse?” (Ap.6,15-17).
Nada ni nadie
podrá ya ayudarles. Ante la Luz,
todo es transparente, y no soportarán ver sus maldades. Por eso dicen ante el
Gran Día, ante la Luz
poderosa de la mirada de Dios, del Amor que Es, del Cordero, del Cristo
glorioso: ¿Quién podrá ya sostenerse?
¡Qué preciosa gracia la de este sexto sello! La
fuerza y el poder de Dios manifestado de
forma prodigiosa para rescatar a sus ovejas, y además, profetizando,
avisándonos una vez más, para que los que abran sus ojos, puedan ver y ser salvados. Jesús dice que “no es más el siervo que su amo, ni el
enviado más que el que le envía” (Jn.13,16). Tendremos que sufrir también tribulación. Y nos
advierte: “Mis ovejas escuchan mi voz,
yo las conozco y ellas me siguen” (Jn.10,27).
¿De quién es, pues, la voz que hoy nos
está llamando al desvelar el significado de la visión de estos sellos
inspirados al evangelista? Dios siempre
nos está ayudando y muchos escuchan y se salvan. Esto es lo que se nos revela
en el capítulo siguiente del Apocalipsis, después de esta visión de los que se
condenan, que se nos narra hasta aquí. Cuando el Cordero quita este sexto
sello, aparece después la multitud
de los salvados, que viven ya en Dios, y a continuación, los que estarán en ese
final glorioso, la llamada Nueva Jerusalén.
Estos últimos son los que no serán condenados a
juicio final, sino que al quitar este sello se ve cómo glorifican a Dios
con los ángeles del cielo como Jesús
dijo: “El que escucha mi Palabra y
cree en el que me ha enviado no incurre en juicio, sino que habrá pasado de la
muerte a la vida...saldrán los que han hecho el bien para una resurrección de Vida,
y los que hayan hecho el mal para una resurrección de juicio” (Jn.5,24-29).
El sexto
sello nos habla de que hay un final
para todos, anunciado por los profetas y por Jesús. Es la Luz, que nos hace ver
nuestra condición de peregrinos en nuestra vida aquí; nos hace ver nuestra
realidad de criaturas creadas por Dios ante el que hemos de comparecer de forma
inminente en ese final, que será de salvación para los que crean y vivan, y de
condenación para los que no escucharon, ni vivieron la Palabra que habría de
guiarlos por este camino.
El texto que sigue es el de aquéllos que resucitan a
la Vida, puesto
que la primera parte de este sello hacía referencia a los condenados, cuyo final se nos mostrará
más ampliamente en el capítulo XVI con “las
siete plagas”. Veamos entonces a continuación esta preciosa descripción
de los salvados, después de la separación
definitiva, después de que los ángeles los hayan preservado con el sello
de los hijos de Dios para que se realice la gran siega.
Puedes Consultar el Texto Bíblico Sobre el Tema que Acabas de Leer, en Este Enlace
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