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Lengua y Literatura
Capítulo 4
Don Quijote de la Mancha
Miguel
de Cervantes Saavedra
Capítulo
IV. De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió de la venta
La del alba sería cuando don
Quijote salió de la venta, tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse
ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo. Mas,
viniéndole a la memoria los consejos de su huésped cerca de las prevenciones
tan necesarias que había de llevar consigo, especial la de los dineros y
camisas, determinó volver a su casa y acomodarse de todo, y de un escudero,
haciendo cuenta de recebir a un labrador vecino suyo, que era pobre y con
hijos, pero muy a propósito para el oficio escuderil de la caballería. Con este
pensamiento guió a Rocinante hacia su aldea, el cual, casi conociendo la
querencia, con tanta gana comenzó a caminar, que parecía que no ponía los pies
en el suelo.
No había andado mucho, cuando le
pareció que a su diestra mano, de la espesura de un bosque que allí estaba,
salían unas voces delicadas, como de persona que se quejaba; y apenas las hubo
oído, cuando dijo:
–Gracias doy al cielo por la
merced que me hace, pues tan presto me pone ocasiones delante donde yo pueda
cumplir con lo que debo a mi profesión, y donde pueda coger el fruto de mis
buenos deseos. Estas voces, sin duda, son de algún menesteroso o menesterosa,
que ha menester mi favor y ayuda.
Y, volviendo las riendas,
encaminó a Rocinante hacia donde le pareció que las voces salían. Y, a pocos
pasos que entró por el bosque, vio atada una yegua a una encina, y atado en
otra a un muchacho, desnudo de medio cuerpo arriba, hasta de edad de quince
años, que era el que las voces daba; y no sin causa, porque le estaba dando con
una pretina muchos azotes un labrador de buen talle, y cada azote le acompañaba
con una reprehensión y consejo. Porque decía:
–La lengua queda y los ojos
listos.
Y el muchacho respondía:
–No lo haré otra vez, señor mío;
por la pasión de Dios, que no lo haré otra vez; y yo prometo de tener de aquí
adelante más cuidado con el hato.
Y, viendo don Quijote lo que
pasaba, con voz airada dijo:
–Descortés caballero, mal parece
tomaros con quien defender no se puede; subid sobre vuestro caballo y tomad
vuestra lanza –que también tenía una lanza arrimada a la encima adonde estaba
arrendada la yegua–, que yo os haré conocer ser de cobardes lo que estáis
haciendo.
El labrador, que vio sobre sí
aquella figura llena de armas blandiendo la lanza sobre su rostro, túvose por
muerto, y con buenas palabras respondió:
–Señor caballero, este muchacho
que estoy castigando es un mi criado, que me sirve de guardar una manada de
ovejas que tengo en estos contornos, el cual es tan descuidado, que cada día me
falta una; y, porque castigo su descuido, o bellaquería, dice que lo hago de miserable,
por no pagalle la soldada que le debo, y en Dios y en mi ánima que miente.
–¿"Miente", delante de
mí, ruin villano? –dijo don Quijote–. Por el sol que nos alumbra, que estoy por
pasaros de parte a parte con esta lanza. Pagadle luego sin más réplica; si no,
por el Dios que nos rige, que os concluya y aniquile en este punto. Desatadlo
luego.
El labrador bajó la cabeza y, sin
responder palabra, desató a su criado, al cual preguntó don Quijote que cuánto
le debía su amo. Él dijo que nueve meses, a siete reales cada mes. Hizo la
cuenta don Quijote y halló que montaban setenta y tres reales, y díjole al
labrador que al momento los desembolsase, si no quería morir por ello.
Respondió el medroso villano que para el paso en que estaba y juramento que había
hecho –y aún no había jurado nada–, que no eran tantos, porque se le habían de
descontar y recebir en cuenta tres pares de zapatos que le había dado y un real
de dos sangrías que le habían hecho estando enfermo.
–Bien está todo eso –replicó don
Quijote–, pero quédense los zapatos y las sangrías por los azotes que sin culpa
le habéis dado; que si él rompió el cuero de los zapatos que vos pagastes, vos
le habéis rompido el de su cuerpo; y si le sacó el barbero sangre estando
enfermo, vos en sanidad se la habéis sacado; ansí que, por esta parte, no os
debe nada.
–El daño está, señor caballero,
en que no tengo aquí dineros: véngase Andrés conmigo a mi casa, que yo se los
pagaré un real sobre otro.
–¿Irme yo con él? –dijo el
muchacho–. Mas, ¡mal año! No, señor, ni por pienso; porque, en viéndose solo,
me desuelle como a un San Bartolomé.
–No hará tal –replicó don
Quijote–: basta que yo se lo mande para que me tenga respeto; y con que él me
lo jure por la ley de caballería que ha recebido, le dejaré ir libre y
aseguraré la paga.
–Mire vuestra merced, señor, lo
que dice –dijo el muchacho–, que este mi amo no es caballero ni ha recebido
orden de caballería alguna; que es Juan Haldudo el rico, el vecino del
Quintanar.
–Importa eso poco –respondió don
Quijote–, que Haldudos puede haber caballeros; cuanto más, que cada uno es hijo
de sus obras.
–Así es verdad –dijo Andrés–;
pero este mi amo, ¿de qué obras es hijo, pues me niega mi soldada y mi sudor y
trabajo?
–No niego, hermano Andrés
–respondió el labrador–; y hacedme placer de veniros conmigo, que yo juro por
todas las órdenes que de caballerías hay en el mundo de pagaros, como tengo
dicho, un real sobre otro, y aun sahumados.
–Del sahumerio os hago gracia
–dijo don Quijote–; dádselos en reales, que con eso me contento; y mirad que lo
cumpláis como lo habéis jurado; si no, por el mismo juramento os juro de volver
a buscaros y a castigaros, y que os tengo de hallar, aunque os escondáis más
que una lagartija. Y si queréis saber quién os manda esto, para quedar con más
veras obligado a cumplirlo, sabed que yo soy el valeroso don Quijote de la
Mancha, el desfacedor de agravios y sinrazones; y a Dios quedad, y no se os
parta de las mientes lo prometido y jurado, so pena de la pena pronunciada.
Y, en diciendo esto, picó a su
Rocinante, y en breve espacio se apartó dellos. Siguióle el labrador con los
ojos, y, cuando vio que había traspuesto del bosque y que ya no parecía,
volvióse a su criado Andrés y díjole:
–Venid acá, hijo mío, que os
quiero pagar lo que os debo, como aquel deshacedor de agravios me dejó mandado.
–Eso juro yo –dijo Andrés–; y
¡cómo que andará vuestra merced acertado en cumplir el mandamiento de aquel
buen caballero, que mil años viva; que, según es de valeroso y de buen juez,
vive Roque, que si no me paga, que vuelva y ejecute lo que dijo!
–También lo juro yo –dijo el
labrador–; pero, por lo mucho que os quiero, quiero acrecentar la deuda por
acrecentar la paga.
Y, asiéndole del brazo, le tornó
a atar a la encina, donde le dio tantos azotes, que le dejó por muerto.
–Llamad, señor Andrés, ahora
–decía el labrador– al desfacedor de agravios, veréis cómo no desface aquéste;
aunque creo que no está acabado de hacer, porque me viene gana de desollaros
vivo, como vos temíades.
Pero, al fin, le desató y le dio
licencia que fuese a buscar su juez, para que ejecutase la pronunciada
sentencia. Andrés se partió algo mohíno, jurando de ir a buscar al valeroso don
Quijote de la Mancha y contalle punto por punto lo que había pasado, y que se
lo había de pagar con las setenas. Pero, con todo esto, él se partió llorando y
su amo se quedó riendo.
Y desta manera deshizo el agravio
el valeroso don Quijote; el cual, contentísimo de lo sucedido, pareciéndole que
había dado felicísimo y alto principio a sus caballerías, con gran satisfación
de sí mismo iba caminando hacia su aldea, diciendo a media voz:
–Bien te puedes llamar dichosa
sobre cuantas hoy viven en la tierra, ¡oh sobre las bellas bella Dulcinea del
Toboso!, pues te cupo en suerte tener sujeto y rendido a toda tu voluntad e
talante a un tan valiente y tan nombrado caballero como lo es y será don
Quijote de la Mancha, el cual, como todo el mundo sabe, ayer rescibió la orden
de caballería, y hoy ha desfecho el mayor tuerto y agravio que formó la
sinrazón y cometió la crueldad: hoy quitó el látigo de la mano a aquel
despiadado enemigo que tan sin ocasión vapulaba a aquel delicado infante.
En esto, llegó a un camino que en
cuatro se dividía, y luego se le vino a la imaginación las encrucejadas donde
los caballeros andantes se ponían a pensar cuál camino de aquéllos tomarían, y,
por imitarlos, estuvo un rato quedo; y, al cabo de haberlo muy bien pensado,
soltó la rienda a Rocinante, dejando a la voluntad del rocín la suya, el cual
siguió su primer intento, que fue el irse camino de su caballeriza.
Y, habiendo andado como dos
millas, descubrió don Quijote un grande tropel de gente, que, como después se
supo, eran unos mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia. Eran
seis, y venían con sus quitasoles, con otros cuatro criados a caballo y tres
mozos de mulas a pie. Apenas los divisó don Quijote, cuando se imaginó ser cosa
de nueva aventura; y, por imitar en todo cuanto a él le parecía posible los
pasos que había leído en sus libros, le pareció venir allí de molde uno que
pensaba hacer. Y así, con gentil continente y denuedo, se afirmó bien en los
estribos, apretó la lanza, llegó la adarga al pecho, y, puesto en la mitad del
camino, estuvo esperando que aquellos caballeros andantes llegasen, que ya él
por tales los tenía y juzgaba; y, cuando llegaron a trecho que se pudieron ver
y oír, levantó don Quijote la voz, y con ademán arrogante dijo:
–Todo el mundo se tenga, si todo
el mundo no confiesa que no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la
emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso.
Paráronse los mercaderes al son
destas razones, y a ver la estraña figura del que las decía; y, por la figura y
por las razones, luego echaron de ver la locura de su dueño; mas quisieron ver
despacio en qué paraba aquella confesión que se les pedía, y uno dellos, que
era un poco burlón y muy mucho discreto, le dijo:
–Señor caballero, nosotros no
conocemos quién sea esa buena señora que decís; mostrádnosla: que si ella fuere
de tanta hermosura como significáis, de buena gana y sin apremio alguno
confesaremos la verdad que por parte vuestra nos es pedida.
–Si os la mostrara –replicó don
Quijote–, ¿qué hiciérades vosotros en confesar una verdad tan notoria? La
importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar
y defender; donde no, conmigo sois en batalla, gente descomunal y soberbia.
Que, ahora vengáis uno a uno, como pide la orden de caballería, ora todos
juntos, como es costumbre y mala usanza de los de vuestra ralea, aquí os
aguardo y espero, confiado en la razón que de mi parte tengo.
–Señor caballero –replicó el
mercader–, suplico a vuestra merced, en nombre de todos estos príncipes que
aquí estamos, que, porque no encarguemos nuestras conciencias confesando una
cosa por nosotros jamás vista ni oída, y más siendo tan en perjuicio de las
emperatrices y reinas del Alcarria y Estremadura, que vuestra merced sea
servido de mostrarnos algún retrato de esa señora, aunque sea tamaño como un
grano de trigo; que por el hilo se sacará el ovillo, y quedaremos con esto
satisfechos y seguros, y vuestra merced quedará contento y pagado; y aun creo
que estamos ya tan de su parte que, aunque su retrato nos muestre que es tuerta
de un ojo y que del otro le mana bermellón y piedra azufre, con todo eso, por
complacer a vuestra merced, diremos en su favor todo lo que quisiere.
–No le mana, canalla infame
–respondió don Quijote, encendido en cólera–; no le mana, digo, eso que decís,
sino ámbar y algalia entre algodones; y no es tuerta ni corcovada, sino más
derecha que un huso de Guadarrama. Pero vosotros pagaréis la grande blasfemia
que habéis dicho contra tamaña beldad como es la de mi señora.
Y, en diciendo esto, arremetió
con la lanza baja contra el que lo había dicho, con tanta furia y enojo que, si
la buena suerte no hiciera que en la mitad del camino tropezara y cayera
Rocinante, lo pasara mal el atrevido mercader. Cayó Rocinante, y fue rodando su
amo una buena pieza por el campo; y, queriéndose levantar, jamás pudo: tal embarazo
le causaban la lanza, adarga, espuelas y celada, con el peso de las antiguas
armas. Y, entretanto que pugnaba por levantarse y no podía, estaba diciendo:
–¡Non fuyáis, gente cobarde;
gente cautiva, atended!; que no por culpa mía, sino de mi caballo, estoy aquí
tendido.
Un mozo de mulas de los que allí
venían, que no debía de ser muy bien intencionado, oyendo decir al pobre caído
tantas arrogancias, no lo pudo sufrir sin darle la respuesta en las costillas.
Y, llegándose a él, tomó la lanza, y, después de haberla hecho pedazos, con uno
dellos comenzó a dar a nuestro don Quijote tantos palos que, a despecho y pesar
de sus armas, le molió como cibera. Dábanle voces sus amos que no le diese
tanto y que le dejase, pero estaba ya el mozo picado y no quiso dejar el juego
hasta envidar todo el resto de su cólera; y, acudiendo por los demás trozos de
la lanza, los acabó de deshacer sobre el miserable caído, que, con toda aquella
tempestad de palos que sobre él vía, no cerraba la boca, amenazando al cielo y a
la tierra, y a los malandrines, que tal le parecían.
Cansóse el mozo, y los mercaderes
siguieron su camino, llevando qué contar en todo él del pobre apaleado. El
cual, después que se vio solo, tornó a probar si podía levantarse; pero si no
lo pudo hacer cuando sano y bueno, ¿cómo lo haría molido y casi deshecho? Y aún
se tenía por dichoso, pareciéndole que aquélla era propia desgracia de
caballeros andantes, y toda la atribuía a la falta de su caballo, y no era
posible levantarse, según tenía brumado todo el cuerpo.
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