|
Lengua y Literatura
Capítulo 5
Don Quijote de la Mancha
Miguel
de Cervantes Saavedra
Capítulo V. Donde
se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero
Viendo, pues, que, en efeto, no
podía menearse, acordó de acogerse a su ordinario remedio, que era pensar en
algún paso de sus libros; y trújole su locura a la memoria aquel de Valdovinos
y del marqués de Mantua, cuando Carloto le dejó herido en la montiña, historia
sabida de los niños, no ignorada de los mozos, celebrada y aun creída de los
viejos; y, con todo esto, no más verdadera que los milagros de Mahoma. Ésta,
pues, le pareció a él que le venía de molde para el paso en que se hallaba; y
así, con muestras de grande sentimiento, se comenzó a volcar por la tierra y a
decir con debilitado aliento lo mesmo que dicen decía el herido caballero del
bosque:
–¿Donde estás, señora mía,
que no te duele mi mal?
O no lo sabes, señora,
o eres falsa y desleal.
Y, desta manera, fue prosiguiendo
el romance hasta aquellos versos que dicen:
–¡Oh noble marqués de Mantua,
mi tío y señor carnal!
Y quiso la suerte que, cuando
llegó a este verso, acertó a pasar por allí un labrador de su mesmo lugar y
vecino suyo, que venía de llevar una carga de trigo al molino; el cual, viendo
aquel hombre allí tendido, se llegó a él y le preguntó que quién era y qué mal
sentía que tan tristemente se quejaba. Don Quijote creyó, sin duda, que aquél
era el marqués de Mantua, su tío; y así, no le respondió otra cosa si no fue
proseguir en su romance, donde le daba cuenta de su desgracia y de los amores
del hijo del Emperante con su esposa, todo de la mesma manera que el romance lo
canta.
El labrador estaba admirado
oyendo aquellos disparates; y, quitándole la visera, que ya estaba hecha
pedazos de los palos, le limpió el rostro, que le tenía cubierto de polvo; y
apenas le hubo limpiado, cuando le conoció y le dijo:
–Señor Quijana –que así se debía
de llamar cuando él tenía juicio y no había pasado de hidalgo sosegado a
caballero andante–, ¿quién ha puesto a vuestra merced desta suerte?
Pero él seguía con su romance a
cuanto le preguntaba. Viendo esto el buen hombre, lo mejor que pudo le quitó el
peto y espaldar, para ver si tenía alguna herida; pero no vio sangre ni señal
alguna. Procuró levantarle del suelo, y no con poco trabajo le subió sobre su
jumento, por parecer caballería más sosegada. Recogió las armas, hasta las
astillas de la lanza, y liólas sobre Rocinante, al cual tomó de la rienda, y
del cabestro al asno, y se encaminó hacia su pueblo, bien pensativo de oír los
disparates que don Quijote decía; y no menos iba don Quijote, que, de puro
molido y quebrantado, no se podía tener sobre el borrico, y de cuando en cuando
daba unos suspiros que los ponía en el cielo; de modo que de nuevo obligó a que
el labrador le preguntase le dijese qué mal sentía; y no parece sino que el
diablo le traía a la memoria los cuentos acomodados a sus sucesos, porque, en
aquel punto, olvidándose de Valdovinos, se acordó del moro Abindarráez, cuando
el alcaide de Antequera, Rodrigo de Narváez, le prendió y llevó cautivo a su
alcaidía. De suerte que, cuando el labrador le volvió a preguntar que cómo
estaba y qué sentía, le respondió las mesmas palabras y razones que el cautivo
Abencerraje respondía a Rodrigo de Narváez, del mesmo modo que él había leído
la historia en La Diana, de Jorge de Montemayor, donde se escribe;
aprovechándose della tan a propósito, que el labrador se iba dando al diablo de
oír tanta máquina de necedades; por donde conoció que su vecino estaba loco, y
dábale priesa a llegar al pueblo, por escusar el enfado que don Quijote le
causaba con su larga arenga. Al cabo de lo cual, dijo:
–Sepa vuestra merced, señor don
Rodrigo de Narváez, que esta hermosa Jarifa que he dicho es ahora la linda
Dulcinea del Toboso, por quien yo he hecho, hago y haré los más famosos hechos
de caballerías que se han visto, vean ni verán en el mundo.
A esto respondió el labrador:
–Mire vuestra merced, señor,
pecador de mí, que yo no soy don Rodrigo de Narváez, ni el marqués de Mantua,
sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestra merced es Valdovinos, ni Abindarráez,
sino el honrado hidalgo del señor Quijana.
–Yo sé quién soy –respondió don
Quijote–; y sé que puedo ser no sólo los que he dicho, sino todos los Doce
Pares de Francia, y aun todos los Nueve de la Fama, pues a todas las hazañas
que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron, se aventajarán las mías.
En estas pláticas y en otras
semejantes, llegaron al lugar a la hora que anochecía, pero el labrador aguardó
a que fuese algo más noche, porque no viesen al molido hidalgo tan mal
caballero. Llegada, pues, la hora que le pareció, entró en el pueblo, y en la
casa de don Quijote, la cual halló toda alborotada; y estaban en ella el cura y
el barbero del lugar, que eran grandes amigos de don Quijote, que estaba
diciéndoles su ama a voces:
–¿Qué le parece a vuestra merced,
señor licenciado Pero Pérez –que así se llamaba el cura–, de la desgracia de mi
señor? Tres días ha que no parecen él, ni el rocín, ni la adarga, ni la lanza
ni las armas. ¡Desventurada de mí!, que me doy a entender, y así es ello la
verdad como nací para morir, que estos malditos libros de caballerías que él
tiene y suele leer tan de ordinario le han vuelto el juicio; que ahora me
acuerdo haberle oído decir muchas veces, hablando entre sí, que quería hacerse
caballero andante e irse a buscar las aventuras por esos mundos. Encomendados
sean a Satanás y a Barrabás tales libros, que así han echado a perder el más
delicado entendimiento que había en toda la Mancha.
La sobrina decía lo mesmo, y aun
decía más:
–Sepa, señor maese Nicolás –que
éste era el nombre del barbero–, que muchas veces le aconteció a mi señor tío
estarse leyendo en estos desalmados libros de desventuras dos días con sus
noches, al cabo de los cuales, arrojaba el libro de las manos, y ponía mano a
la espada y andaba a cuchilladas con las paredes; y cuando estaba muy cansado,
decía que había muerto a cuatro gigantes como cuatro torres, y el sudor que
sudaba del cansancio decía que era sangre de las feridas que había recebido en
la batalla; y bebíase luego un gran jarro de agua fría, y quedaba sano y
sosegado, diciendo que aquella agua era una preciosísima bebida que le había
traído el sabio Esquife, un grande encantador y amigo suyo. Mas yo me tengo la
culpa de todo, que no avisé a vuestras mercedes de los disparates de mi señor
tío, para que lo remediaran antes de llegar a lo que ha llegado, y quemaran
todos estos descomulgados libros, que tiene muchos, que bien merecen ser
abrasados, como si fuesen de herejes.
–Esto digo yo también –dijo el
cura–, y a fee que no se pase el día de mañana sin que dellos no se haga acto
público y sean condenados al fuego, porque no den ocasión a quien los leyere de
hacer lo que mi buen amigo debe de haber hecho.
Todo esto estaban oyendo el
labrador y don Quijote, con que acabó de entender el labrador la enfermedad de
su vecino; y así, comenzó a decir a voces:
–Abran vuestras mercedes al señor
Valdovinos y al señor marqués de Mantua, que viene malferido, y al señor moro
Abindarráez, que trae cautivo el valeroso Rodrigo de Narváez, alcaide de
Antequera.
A estas voces salieron todos, y,
como conocieron los unos a su amigo, las otras a su amo y tío, que aún no se
había apeado del jumento, porque no podía, corrieron a abrazarle. Él dijo:
–Ténganse todos, que vengo
malferido por la culpa de mi caballo. Llévenme a mi lecho y llámese, si fuere
posible, a la sabia Urganda, que cure y cate de mis feridas.
–¡Mirá, en hora maza –dijo a este
punto el ama–, si me decía a mí bien mi corazón del pie que cojeaba mi señor!
Suba vuestra merced en buen hora, que, sin que venga esa Hurgada, le sabremos
aquí curar. ¡Malditos, digo, sean otra vez y otras ciento estos libros de
caballerías, que tal han parado a vuestra merced!
Lleváronle luego a la cama, y,
catándole las feridas, no le hallaron ninguna; y él dijo que todo era
molimiento, por haber dado una gran caída con Rocinante, su caballo,
combatiéndose con diez jayanes, los más desaforados y atrevidos que se pudieran
fallar en gran parte de la tierra.
–¡Ta, ta! –dijo el cura–.
¿Jayanes hay en la danza? Para mi santiguada, que yo los queme mañana antes que
llegue la noche.
Hiciéronle a don Quijote mil
preguntas, y a ninguna quiso responder otra cosa sino que le diesen de comer y
le dejasen dormir, que era lo que más le importaba. Hízose así, y el cura se
informó muy a la larga del labrador del modo que había hallado a don Quijote.
Él se lo contó todo, con los disparates que al hallarle y al traerle había
dicho; que fue poner más deseo en el licenciado de hacer lo que otro día hizo,
que fue llamar a su amigo el barbero maese Nicolás, con el cual se vino a casa
de don Quijote,
http://www.loseskakeados.com
|