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Lengua y Literatura
Capítulo 9
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
Capítulo IX.
Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla que el gallardo vizcaíno y el
valiente manchego tuvieron
Dejamos en la primera parte desta
historia al valeroso vizcaíno y al famoso don Quijote con las espadas altas y
desnudas, en guisa de descargar dos furibundos fe[n]dientes, tales que, si en
lleno se acertaban, por lo menos se dividirían y fenderían de arriba abajo y
abrirían como una granada; y que en aquel punto tan dudoso paró y quedó
destroncada tan sabrosa historia, sin que nos diese noticia su autor dónde se
podría hallar lo que della faltaba.
Causóme esto mucha pesadumbre,
porque el gusto de haber leído tan poco se volvía en disgusto, de pensar el mal
camino que se ofrecía para hallar lo mucho que, a mi parecer, faltaba de tan
sabroso cuento. Parecióme cosa imposible y fuera de toda buena costumbre que a
tan buen caballero le hubiese faltado algún sabio que tomara a cargo el
escrebir sus nunca vistas hazañas, cosa que no faltó a ninguno de los
caballeros andantes,
de los que dicen las gentes
que van a sus aventuras,
porque cada uno dellos tenía uno
o dos sabios, como de molde, que no solamente escribían sus hechos, sino que
pintaban sus más mínimos pensamientos y niñerías, por más escondidas que
fuesen; y no había de ser tan desdichado tan buen caballero, que le faltase a
él lo que sobró a Platir y a otros semejantes. Y así, no podía inclinarme a creer
que tan gallarda historia hubiese quedado manca y estropeada; y echaba la culpa
a la malignidad del tiempo, devorador y consumidor de todas las cosas, el cual,
o la tenía oculta o consumida.
Por otra parte, me parecía que,
pues entre sus libros se habían hallado tan modernos como Desengaño de celos y
Ninfas y Pastores de Henares, que también su historia debía de ser moderna; y
que, ya que no estuviese escrita, estaría en la memoria de la gente de su aldea
y de las a ella circunvecinas. Esta imaginación me traía confuso y deseoso de
saber, real y verdaderamente, toda la vida y milagros de nuestro famoso español
don Quijote de la Mancha, luz y espejo de la caballería manchega, y el primero
que en nuestra edad y en estos tan calamitosos tiempos se puso al trabajo y
ejercicio de las andantes armas, y al desfacer agravios, socorrer viudas,
amparar doncellas, de aquellas que andaban con sus azotes y palafrenes, y con
toda su virginidad a cuestas, de monte en monte y de valle en valle; que, si no
era que algún follón, o algún villano de hacha y capellina, o algún descomunal
gigante las forzaba, doncella hubo en los pasados tiempos que, al cabo de
ochenta años, que en todos ellos no durmió un día debajo de tejado, y se fue
tan entera a la sepultura como la madre que la había parido. Digo, pues, que,
por estos y otros muchos respetos, es digno nuestro gallardo Quijote de
continuas y memorables alabanzas; y aun a mí no se me deben negar, por el
trabajo y diligencia que puse en buscar el fin desta agradable historia; aunque
bien sé que si el cielo, el caso y la fortuna no me ayudan, el mundo quedará
falto y sin el pasatiempo y gusto que bien casi dos horas podrá tener el que
con atención la leyere. Pasó, pues, el hallarla en esta manera:
Estando yo un día en el Alcaná de
Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un
sedero; y, como yo soy aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las
calles, llevado desta mi natural inclinación, tomé un cartapacio de los que el
muchacho vendía, y vile con caracteres que conocí ser arábigos. Y, puesto que,
aunque los conocía, no los sabía leer, anduve mirando si parecía por allí algún
morisco aljamiado que los leyese; y no fue muy dificultoso hallar intérprete
semejante, pues, aunque le buscara de otra mejor y más antigua lengua, le
hallara. En fin, la suerte me deparó uno, que, diciéndole mi deseo y poniéndole
el libro en las manos, le abrió por medio, y, leyendo un poco en él, se comenzó
a reír.
Preguntéle yo que de qué se reía,
y respondióme que de una cosa que tenía aquel libro escrita en el margen por
anotación. Díjele que me la dijese; y él, sin dejar la risa, dijo:
–Está, como he dicho, aquí en el
margen escrito esto: "Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta
historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra
mujer de toda la Mancha".
Cuando yo oí decir "Dulcinea
del Toboso", quedé atónito y suspenso, porque luego se me representó que
aquellos cartapacios contenían la historia de don Quijote. Con esta imaginación,
le di priesa que leyese el principio, y, haciéndolo ansí, volviendo de
improviso el arábigo en castellano, dijo que decía: Historia de don Quijote de
la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo. Mucha
discreción fue menester para disimular el contento que recebí cuando llegó a
mis oídos el título del libro; y, salteándosele al sedero, compré al muchacho
todos los papeles y cartapacios por medio real; que, si él tuviera discreción y
supiera lo que yo los deseaba, bien se pudiera prometer y llevar más de seis
reales de la compra. Apartéme luego con el morisco por el claustro de la
iglesia mayor, y roguéle me volviese aquellos cartapacios, todos los que
trataban de don Quijote, en lengua castellana, sin quitarles ni añadirles nada,
ofreciéndole la paga que él quisiese. Contentóse con dos arrobas de pasas y dos
fanegas de trigo, y prometió de traducirlos bien y fielmente y con mucha
brevedad. Pero yo, por facilitar más el negocio y por no dejar de la mano tan
buen hallazgo, le truje a mi casa, donde en poco más de mes y medio la tradujo
toda, del mesmo modo que aquí se refiere.
Estaba en el primero cartapacio,
pintada muy al natural, la batalla de don Quijote con el vizcaíno, puestos en
la mesma postura que la historia cuenta, levantadas las espadas, el uno
cubierto de su rodela, el otro de la almohada, y la mula del vizcaíno tan al
vivo, que estaba mostrando ser de alquiler a tiro de ballesta. Tenía a los pies
escrito el vizcaíno un título que decía: Don Sancho de Azpetia, que, sin duda,
debía de ser su nombre, y a los pies de Rocinante estaba otro que decía: Don
Quijote. Estaba Rocinante maravillosamente pintado, tan largo y tendido, tan
atenuado y flaco, con tanto espinazo, tan hético confirmado, que mostraba bien
al descubierto con cuánta advertencia y propriedad se le había puesto el nombre
de Rocinante. Junto a él estaba Sancho Panza, que tenía del cabestro a su asno,
a los pies del cual estaba otro rétulo que decía: Sancho Zancas, y debía de ser
que tenía, a lo que mostraba la pintura, la barriga grande, el talle corto y
las zancas largas; y por esto se le debió de poner nombre de Panza y de Zancas,
que con estos dos sobrenombres le llama algunas veces la historia. Otras
algunas menudencias había que advertir, pero todas son de poca importancia y
que no hacen al caso a la verdadera relación de la historia; que ninguna es
mala como sea verdadera.
Si a ésta se le puede poner
alguna objeción cerca de su verdad, no podrá ser otra sino haber sido su autor
arábigo, siendo muy propio de los de aquella nación ser mentirosos; aunque, por
ser tan nuestros enemigos, antes se puede entender haber quedado falto en ella
que demasiado. Y ansí me parece a mí, pues, cuando pudiera y debiera estender
la pluma en las alabanzas de tan buen caballero, parece que de industria las
pasa en silencio: cosa mal hecha y peor pensada, habiendo y debiendo ser los
historiadores puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el interés
ni el miedo, el rancor ni la afición, no les hagan torcer del camino de la verdad,
cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo
de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir. En
ésta sé que se hallará todo lo que se acertare a desear en la más apacible; y
si algo bueno en ella faltare, para mí tengo que fue por culpa del galgo de su
autor, antes que por falta del sujeto. En fin, su segunda parte, siguiendo la
tradución, comenzaba desta manera:
Puestas y levantadas en alto las
cortadoras espadas de los dos valerosos y enojados combatientes, no parecía
sino que estaban amenazando al cielo, a la tierra y al abismo: tal era el
denuedo y continente que tenían. Y el primero que fue a descargar el golpe fue
el colérico vizcaíno, el cual fue dado con tanta fuerza y tanta furia que, a no
volvérsele la espada en el camino, aquel solo golpe fuera bastante para dar fin
a su rigurosa contienda y a todas las aventuras de nuestro caballero; mas la
buena suerte, que para mayores cosas le tenía guardado, torció la espada de su
contrario, de modo que, aunque le acertó en el hombro izquierdo, no le hizo
otro daño que desarmarle todo aquel lado, llevándole de camino gran parte de la
celada, con la mitad de la oreja; que todo ello con espantosa ruina vino al
suelo, dejándole muy maltrecho.
¡Válame Dios, y quién será aquel
que buenamente pueda contar ahora la rabia que entró en el corazón de nuestro
manchego, viéndose parar de aquella manera! No se diga más, sino que fue de
manera que se alzó de nuevo en los estribos, y, apretando más la espada en las
dos manos, con tal furia descargó sobre el vizcaíno, acertándole de lleno sobre
la almohada y sobre la cabeza, que, sin ser parte tan buena defensa, como si
cayera sobre él una montaña, comenzó a echar sangre por las narices, y por la
boca y por los oídos, y a dar muestras de caer de la mula abajo, de donde
cayera, sin duda, si no se abrazara con el cuello; pero, con todo eso, sacó los
pies de los estribos y luego soltó los brazos; y la mula, espantada del
terrible golpe, dio a correr por el campo, y a pocos corcovos dio con su dueño
en tierra.
Estábaselo con mucho sosiego
mirando don Quijote, y, como lo vio caer, saltó de su caballo y con mucha
ligereza se llegó a él, y, poniéndole la punta de la espada en los ojos, le
dijo que se rindiese; si no, que le cortaría la cabeza. Estaba el vizcaíno tan
turbado que no podía responder palabra, y él lo pasara mal, según estaba ciego
don Quijote, si las señoras del coche, que hasta entonces con gran desmayo
habían mirado la pendencia, no fueran adonde estaba y le pidieran con mucho
encarecimiento les hiciese tan gran merced y favor de perdonar la vida a aquel
su escudero. A lo cual don Quijote respondió, con mucho entono y gravedad:
–Por cierto, fermosas señoras, yo
soy muy contento de hacer lo que me pedís; mas ha de ser con una condición y
concierto, y es que este caballero me ha de prometer de ir al lugar del Toboso
y presentarse de mi parte ante la sin par doña Dulcinea, para que ella haga dél
lo que más fuere de su voluntad.
La temerosa y desconsolada señora,
sin entrar en cuenta de lo que don Quijote pedía, y sin preguntar quién
Dulcinea fuese, le prometió que el escudero haría todo aquello que de su parte
le fuese mandado.
–Pues en fe de esa palabra, yo no
le haré más daño, puesto que me lo tenía bien merecido.
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