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Lengua y Literatura
Capítulo 14
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
Capítulo
XIV. Donde se ponen los versos desesperados del difunto pastor, con otros no
esperados sucesos.
Canción de Grisóstomo
Ya que quieres, cruel, que se
publique,
de lengua en lengua y de una en
otra gente,
del áspero rigor tuyo la fuerza,
haré que el mesmo infierno
comunique
al triste pecho mío un son
doliente,
con que el uso común de mi voz
tuerza.
Y al par de mi deseo, que se
esfuerza
a decir mi dolor y tus hazañas,
de la espantable voz irá el
acento,
y en él mezcladas, por mayor
tormento,
pedazos de las míseras entrañas.
Escucha, pues, y presta atento
oído,
no al concertado son, sino al
rüido
que de lo hondo de mi amargo
pecho,
llevado de un forzoso desvarío,
por gusto mío sale y tu despecho.
El rugir del león, del lobo fiero
el temeroso aullido, el silbo
horrendo
de escamosa serpiente, el
espantable
baladro de algún monstruo, el
agorero
graznar de la corneja, y el
estruendo
del viento contrastado en mar
instable;
del ya vencido toro el implacable
bramido, y de la viuda tortolilla
el sentible arrullar; el triste
canto
del envidiado búho, con el llanto
de toda la infernal negra
cuadrilla,
salgan con la doliente ánima fuera,
mezclados en un son, de tal
manera
que se confundan los sentidos
todos,
pues la pena cruel que en mí se
halla
para contalla pide nuevos modos.
De tanta confusión no las arenas
del padre Tajo oirán los tristes
ecos,
ni del famoso Betis las olivas:
que allí se esparcirán mis duras
penas
en altos riscos y en profundos
huecos,
con muerta lengua y con palabras
vivas;
o ya en escuros valles, o en
esquivas
playas, desnudas de contrato
humano,
o adonde el sol jamás mostró su
lumbre,
o entre la venenosa muchedumbre
de fieras que alimenta el libio
llano;
que, puesto que en los páramos
desiertos
los ecos roncos de mi mal,
inciertos,
suenen con tu rigor tan sin
segundo,
por privilegio de mis cortos
hados,
serán llevados por el ancho
mundo.
Mata un desdén, atierra la
paciencia,
o verdadera o falsa, una
sospecha;
matan los celos con rigor más
fuerte;
desconcierta la vida larga
ausencia;
contra un temor de olvido no
aprovecha
firme esperanza de dichosa
suerte.
En todo hay cierta, inevitable
muerte;
mas yo, ¡milagro nunca visto!,
vivo
celoso, ausente, desdeñado y
cierto
de las sospechas que me tienen
muerto;
y en el olvido en quien mi fuego
avivo,
y, entre tantos tormentos, nunca
alcanza
mi vista a ver en sombra a la
esperanza,
ni yo, desesperado, la procuro;
antes, por estremarme en mi
querella,
estar sin ella eternamente juro.
¿Puédese, por ventura, en un
instante
esperar y temer, o es bien
hacello,
siendo las causas del temor más
ciertas?
¿Tengo, si el duro celo está
delante,
de cerrar estos ojos, si he de
vello
por mil heridas en el alma
abiertas?
¿Quién no abrirá de par en par
las puertas
a la desconfianza, cuando mira
descubierto el desdén, y las
sospechas,
¡oh amarga conversión!, verdades
hechas,
y la limpia verdad vuelta en
mentira?
¡Oh, en el reino de amor fieros
tiranos
celos, ponedme un hierro en estas
manos!
Dame, desdén, una torcida soga.
Mas, ¡ay de mí!, que, con cruel
vitoria,
vuestra memoria el sufrimiento
ahoga.
Yo muero, en fin; y, porque nunca
espere
buen suceso en la muerte ni en la
vida,
pertinaz estaré en mi fantasía.
Diré que va acertado el que bien
quiere,
y que es más libre el alma más
rendida
a la de amor antigua tiranía.
Diré que la enemiga siempre mía
hermosa el alma como el cuerpo
tiene,
y que su olvido de mi culpa nace,
y que, en fe de los males que nos
hace,
amor su imperio en justa paz
mantiene.
Y, con esta opinión y un duro
lazo,
acelerando el miserable plazo
a que me han conducido sus desdenes,
ofreceré a los vientos cuerpo y
alma,
sin lauro o palma de futuros
bienes.
Tú, que con tantas sinrazones
muestras
la razón que me fuerza a que la
haga
a la cansada vida que aborrezco,
pues ya ves que te da notorias
muestras
esta del corazón profunda llaga,
de cómo, alegre, a tu rigor me
ofrezco,
si, por dicha, conoces que
merezco
que el cielo claro de tus bellos
ojos
en mi muerte se turbe, no lo
hagas;
que no quiero que en nada
satisfagas,
al darte de mi alma los despojos.
Antes, con risa en la ocasión
funesta,
descubre que el fin mío fue tu
fiesta;
mas gran simpleza es avisarte
desto,
pues sé que está tu gloria
conocida
en que mi vida llegue al fin tan
presto.
Venga, que es tiempo ya, del
hondo abismo
Tántalo con su sed; Sísifo venga
con el peso terrible de su canto;
Ticio traya su buitre, y
ansimismo
con su rueda Egïón no se detenga,
ni las hermanas que trabajan
tanto;
y todos juntos su mortal
quebranto
trasladen en mi pecho, y en voz
baja
–si ya a un desesperado son
debidas–
canten obsequias tristes,
doloridas,
al cuerpo a quien se niegue aun
la mortaja.
Y el portero infernal de los tres
rostros,
con otras mil quimeras y mil
monstros,
lleven el doloroso contrapunto;
que otra pompa mejor no me parece
que la merece un amador difunto.
Canción desesperada, no te quejes
cuando mi triste compañía dejes;
antes, pues que la causa do
naciste
con mi desdicha augmenta su
ventura,
aun en la sepultura no estés
triste.
Bien les pareció, a los que
escuchado habían, la canción de Grisóstomo, puesto que el que la leyó dijo que
no le parecía que conformaba con la relación que él había oído del recato y
bondad de Marcela, porque en ella se quejaba Grisóstomo de celos, sospechas y
de ausencia, todo en perjuicio del buen crédito y buena fama de Marcela. A lo
cual respondió Ambrosio, como aquel que sabía bien los más escondidos
pensami[e]ntos de su amigo:
–Para que, señor, os satisfagáis
desa duda, es bien que sepáis que cuando este desdichado escribió esta canción
estaba ausente de Marcela, de quien él se había ausentado por su voluntad, por
ver si usaba con él la ausencia de sus ordinarios fueros. Y, como al enamorado
ausente no hay cosa que no le fatigue ni temor que no le dé alcance, así le
fatigaban a Grisóstomo los celos imaginados y las sospechas temidas como si
fueran verdaderas. Y con esto queda en su punto la verdad que la fama pregona
de la bondad de Marcela; la cual, fuera de ser cruel, y un poco arrogante y un
mucho desdeñosa, la mesma envidia ni debe ni puede ponerle falta alguna.
–Así es la verdad –respondió
Vivaldo.
Y, queriendo leer otro papel de
los que había reservado del fuego, lo estorbó una maravillosa visión –que tal
parecía ella– que improvisamente se les ofreció a los ojos; y fue que, por cima
de la peña donde se cavaba la sepultura, pareció la pastora Marcela, tan
hermosa que pasaba a su fama su hermosura. Los que hasta entonces no la habían
visto la miraban con admiración y silencio, y los que ya estaban acostumbrados
a verla no quedaron menos suspensos que los que nunca la habían visto. Mas,
apenas la hubo visto Ambrosio, cuando, con muestras de ánimo indignado, le
dijo:
–¿Vienes a ver, por ventura, ¡oh
fiero basilisco destas montañas!, si con tu presencia vierten sangre las
heridas deste miserable a quien tu crueldad quitó la vida? ¿O vienes a ufanarte
en las crueles hazañas de tu condición, o a ver desde esa altura, como otro
despiadado Nero, el incendio de su abrasada Roma, o a pisar, arrogante, este
desdichado cadáver, como la ingrata hija al de su padre Tarquino? Dinos presto
a lo que vienes, o qué es aquello de que más gustas; que, por saber yo que los
pensamientos de Grisóstomo jamás dejaron de obedecerte en vida, haré que, aun
él muerto, te obedezcan los de todos aquellos que se llamaron sus amigos.
–No vengo, ¡oh Ambrosio!, a
ninguna cosa de las que has dicho –respondió Marcela–, sino a volver por mí
misma, y a dar a entender cuán fuera de razón van todos aquellos que de sus
penas y de la muerte de Grisóstomo me culpan; y así, ruego a todos los que aquí
estáis me estéis atentos, que no será menester mucho tiempo ni gastar muchas
palabras para persuadir una verdad a los discretos.
»Hízome el cielo, según vosotros
decís, hermosa, y de tal manera que, sin ser poderosos a otra cosa, a que me
améis os mueve mi hermosura; y, por el amor que me mostráis, decís, y aun
queréis, que esté yo obligada a amaros. Yo conozco, con el natural
entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no
alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso
a amar a quien le ama. Y más, que podría acontecer que el amador de lo hermoso
fuese feo, y, siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir
‘‘Quiérote por hermosa; hasme de amar aunque sea feo’’. Pero, puesto caso que
corran igualmente las hermosuras, no por eso han de correr iguales los deseos,
que no todas hermosuras enamoran; que algunas alegran la vista y no rinden la
voluntad; que si todas las bellezas enamorasen y rindiesen, sería un andar las
voluntades confusas y descaminadas, sin saber en cuál habían de parar; porque,
siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habían de ser los deseos. Y,
según yo he oído decir, el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario,
y no forzoso. Siendo esto así, como yo creo que lo es, ¿por qué queréis que
rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decís que me queréis bien?
Si no, decidme: si como el cielo me hizo hermosa me hiciera fea, ¿fuera justo
que me quejara de vosotros porque no me amábades? Cuanto más, que habéis de
considerar que yo no escogí la hermosura que tengo; que, tal cual es, el cielo
me la dio de gracia, sin yo pedilla ni escogella. Y, así como la víbora no
merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella mata, por
habérsela dado naturaleza, tampoco yo merezco ser reprehendida por ser hermosa;
que la hermosura en la mujer honesta es como el fuego apartado o como la espada
aguda, que ni él quema ni ella corta a quien a ellos no se acerca. La honra y
las virtudes son adornos del alma, sin las cuales el cuerpo, aunque lo sea, no
debe de parecer hermoso. Pues si la honestidad es una de las virtudes que al
cuerpo y al alma más adornan y hermosean, ¿por qué la ha de perder la que es
amada por hermosa, por corresponder a la intención de aquel que, por sólo su
gusto, con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda?
»Yo nací libre, y para poder
vivir libre escogí la soledad de los campos. Los árboles destas montañas son mi
compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con
las aguas comunico mis pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado y espada
puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he desengañado con las
palabras. Y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado
alguna a Grisóstomo ni a otro alguno, el fin de ninguno dellos bien se puede
decir que antes le mató su porfía que mi crueldad. Y si se me hace cargo que
eran honestos sus pensamientos, y que por esto estaba obligada a corresponder a
ellos, digo que, cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su sepultura me
descubrió la bondad de su intención, le dije yo que la mía era vivir en
perpetua soledad, y de que sola la tierra gozase el fruto de mi recogimiento y
los despojos de mi hermosura; y si él, con todo este desengaño, quiso porfiar
contra la esperanza y navegar contra el viento, ¿qué mucho que se anegase en la
mitad del golfo de su desatino? Si yo le entretuviera, fuera falsa; si le
contentara, hiciera contra mi mejor intención y prosupuesto. Porfió
desengañado, desesperó sin ser aborrecido: ¡mirad ahora si será razón que de su
pena se me dé a mí la culpa! Quéjese el engañado, desespérese aquel a quien le
faltaron las prometidas esperanzas, confíese el que yo llamare, ufánese el que
yo admitiere; pero no me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo,
engaño, llamo ni admito.
»El cielo aún hasta ahora no ha
querido que yo ame por destino, y el pensar que tengo de amar por elección es
escusado. Este general desengaño sirva a cada uno de los que me solicitan de su
particular provecho; y entiéndase, de aquí adelante, que si alguno por mí
muriere, no muere de celoso ni desdichado, porque quien a nadie quiere, a
ninguno debe dar celos; que los desengaños no se han de tomar en cuenta de
desdenes. El que me llama fiera y basilisco, déjeme como cosa perjudicial y
mala; el que me llama ingrata, no me sirva; el que desconocida, no me conozca;
quien cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta
cruel y esta desconocida, ni los buscará, servirá, conocerá ni seguirá en
ninguna manera. Que si a Grisóstomo mató su impaciencia y arrojado deseo, ¿por
qué se ha de culpar mi honesto proceder y recato? Si yo conservo mi limpieza
con la compañía de los árboles, ¿por qué ha de querer que la pierda el que
quiere que la tenga con los hombres? Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y
no codicio las ajenas; tengo libre condición y no gusto de sujetarme: ni quiero
ni aborrezco a nadie. No engaño a éste ni solicito aquél, ni burlo con uno ni
me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas destas aldeas
y el cuidado de mis cabras me entretiene. Tienen mis deseos por término estas
montañas, y si de aquí salen, es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con
que camina el alma a su morada primera.
Y, en diciendo esto, sin querer
oír respuesta alguna, volvió las espaldas y se entró por lo más cerrado de un
monte que allí cerca estaba, dejando admirados, tanto de su discreción como de
su hermosura, a todos los que allí estaban. Y algunos dieron muestras –de
aquellos que de la poderosa flecha de los rayos de sus bellos ojos estaban
heridos– de quererla seguir, sin aprovecharse del manifiesto desengaño que
habían oído. Lo cual visto por don Quijote, pareciéndole que allí venía bien
usar de su caballería, socorriendo a las doncellas menesterosas, puesta la mano
en el puño de su espada, en altas e inteligibles voces, dijo:
–Ninguna persona, de cualquier
estado y condición que sea, se atreva a seguir a la hermosa Marcela, so pena de
caer en la furiosa indignación mía. Ella ha mostrado con claras y suficientes
razones la poca o ninguna culpa que ha tenido en la muerte de Grisóstomo, y
cuán ajena vive de condescender con los deseos de ninguno de sus amantes, a
cuya causa es justo que, en lugar de ser seguida y perseguida, sea honrada y
estimada de todos los buenos del mundo, pues muestra que en él ella es sola la
que con tan honesta intención vive.
O ya que fuese por las amenazas
de don Quijote, o porque Ambrosio les dijo que concluyesen con lo que a su buen
amigo debían, ninguno de los pastores se movió ni apartó de allí hasta que,
acabada la sepultura y abrasados los papeles de Grisóstomo, pusieron su cuerpo
en ella, no sin muchas lágrimas de los circunstantes. Cerraron la sepultura con
una gruesa peña, en tanto que se acababa una losa que, según Ambrosio dijo,
pensaba mandar hacer, con un epitafio que había de decir desta manera:
Yace aquí de un amador
el mísero cuerpo helado,
que fue pastor de ganado,
perdido por desamor.
Murió a manos del rigor
de una esquiva hermosa ingrata,
con quien su imperio dilata
la tiranía de su amor.
Luego esparcieron por cima de la
sepultura muchas flores y ramos, y, dando todos el pésame a su amigo Ambrosio,
se despidieron dél. Lo mesmo hicieron Vivaldo y su compañero, y don Quijote se
despidió de sus huéspedes y de los caminantes, los cuales le rogaron se viniese
con ellos a Sevilla, por ser lugar tan acomodado a hallar aventuras, que en
cada calle y tras cada esquina se ofrecen más que en otro alguno. Don Quijote
les agradeció el aviso y el ánimo que mostraban de hacerle merced, y dijo que
por entonces no quería ni debía ir a Sevilla, hasta que hubiese despojado todas
aquellas sierras de ladrones malandrines, de quien era fama que todas estaban
llenas. Viendo su buena determinación, no quisieron los caminantes importunarle
más, sino, tornándose a despedir de nuevo, le dejaron y prosiguieron su camino,
en el cual no les faltó de qué tratar, así de la historia de Marcela y
Grisóstomo como de las locuras de don Quijote. El cual determinó de ir a buscar
a la pastora Marcela y ofrecerle todo lo que él podía en su servicio. Mas no le
avino como él pensaba, según se cuenta en el discurso desta verdadera historia,
dando aquí fin la segunda parte.
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