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Lengua y Literatura
Capítulo 18
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
Capítulo XVIII.
Donde se cuentan las razones que pasó Sancho Panza con su señor Don Quijote,
con otras aventuras dignas de ser contadas
Llegó Sancho a su amo marchito y
desmayado; tanto, que no podía arrear a su jumento. Cuando así le vio don
Quijote, le dijo:
–Ahora acabo de creer, Sancho
bueno, que aquel castillo o venta, de que es encantado sin duda; porque
aquellos que tan atrozmente tomaron pasatiempo contigo, ¿qué podían ser sino
fantasmas y gente del otro mundo? Y confirmo esto por haber visto que, cuando
estaba por las bardas del corral mirando los actos de tu triste tragedia, no me
fue posible subir por ellas, ni menos pude apearme de Rocinante, porque me
debían de tener encantado; que te juro, por la fe de quien soy, que si pudiera
subir o apearme, que yo te hiciera vengado de manera que aquellos follones y
malandrines se acordaran de la burla para siempre, aunque en ello supiera
contravenir a las leyes de la caballería, que, como ya muchas veces te he
dicho, no consienten que caballero ponga mano contra quien no lo sea, si no
fuere en defensa de su propria vida y persona, en caso de urgente y gran necesidad.
–También me vengara yo si
pudiera, fuera o no fuera armado caballero, pero no pude; aunque tengo para mí
que aquellos que se holgaron conmigo no eran fantasmas ni hombres encantados,
como vuestra merced dice, sino hombres de carne y hueso como nosotros; y todos,
según los oí nombrar cuando me volteaban, tenían sus nombres: que el uno se
llamaba Pedro Martínez, y el otro Tenorio Hernández, y el ventero oí que se
llamaba Juan Palomeque el Zurdo. Así que, señor, el no poder saltar las bardas
del corral, ni apearse del caballo, en ál estuvo que en encantamentos. Y lo que
yo saco en limpio de todo esto es que estas aventuras que andamos buscando, al
cabo al cabo, nos han de traer a tantas desventuras que no sepamos cuál es
nuestro pie derecho. Y lo que sería mejor y más acertado, según mi poco
entendimiento, fuera el volvernos a nuestro lugar, ahora que es tiempo de la
siega y de entender en la hacienda, dejándonos de andar de Ceca en Meca y de
zoca en colodra, como dicen.
–¡Qué poco sabes, Sancho
–respondió don Quijote–, de achaque de caballería! Calla y ten paciencia, que
día vendrá donde veas por vista de ojos cuán honrosa cosa es andar en este
ejercicio. Si no, dime: ¿qué mayor contento puede haber en el mundo, o qué gusto
puede igualarse al de vencer una batalla y al de triunfar de su enemigo?
Ninguno, sin duda alguna.
–Así debe de ser –respondió
Sancho–, puesto que yo no lo sé; sólo sé que, después que somos caballeros
andantes, o vuestra merced lo es (que yo no hay para qué me cuente en tan
honroso número), jamás hemos vencido batalla alguna, si no fue la del vizcaíno,
y aun de aquélla salió vuestra merced con media oreja y media celada menos;
que, después acá, todo ha sido palos y más palos, puñadas y más puñadas, llevando
yo de ventaja el manteamiento y haberme sucedido por personas encantadas, de
quien no puedo vengarme, para saber hasta dónde llega el gusto del vencimiento
del enemigo, como vuestra merced dice.
–Ésa es la pena que yo tengo y la
que tú debes tener, Sancho –respondió don Quijote–; pero, de aquí adelante, yo
procuraré haber a las manos alguna espada hecha por tal maestría, que al que la
trujere consigo no le puedan hacer ningún género de encantamentos; y aun podría
ser que me deparase la ventura aquella de Amadís, cuando se llamaba el
Caballero de la Ardiente Espada, que fue una de las mejores espadas que tuvo
caballero en el mundo, porque, fuera que tenía la virtud dicha, cortaba como
una navaja, y no había armadura, por fuerte y encantada que fuese, que se le
parase delante.
–Yo soy tan venturoso –dijo
Sancho– que, cuando eso fuese y vuestra merced viniese a hallar espada
semejante, sólo vendría a servir y aprovechar a los armados caballeros, como el
bálsamo; y los escuderos, que se los papen duelos.
–No temas eso, Sancho –dijo don
Quijote–, que mejor lo hará el cielo contigo.
Es estos coloquios iban don
Quijote y su escudero, cuando vio don Quijote que por el camino que iban venía
hacia ellos una grande y espesa polvareda; y, en viéndola, se volvió a Sancho y
le dijo:
–Éste es el día, ¡oh Sancho!, en
el cual se ha de ver el bien que me tiene guardado mi suerte; éste es el día,
digo, en que se ha de mostrar, tanto como en otro alguno, el valor de mi brazo,
y en el que tengo de hacer obras que queden escritas en el libro de la Fama por
todos los venideros siglos. ¿Ves aquella polvareda que allí se levanta, Sancho?
Pues toda es cuajada de un copiosísimo ejército que de diversas e innumerables
gentes por allí viene marchando.
–A esa cuenta, dos deben de ser
–dijo Sancho–, porque desta parte contraria se levanta asimesmo otra semejante
polvareda.
Volvió a mirarlo don Quijote, y
vio que así era la verdad; y, alegrándose sobremanera, pensó, sin duda alguna,
que eran dos ejércitos que venían a embestirse y a encontrarse en mitad de
aquella espaciosa llanura; porque tenía a todas horas y momentos llena la
fantasía de aquellas batallas, encantamentos, sucesos, desatinos, amores,
desafíos, que en los libros de caballerías se cuentan, y todo cuanto hablaba,
pensaba o hacía era encaminado a cosas semejantes. Y la polvareda que había
visto la levantaban dos grandes manadas de ovejas y carneros que, por aquel
mesmo camino, de dos diferentes partes venían, las cuales, con el polvo, no se
echaron de ver hasta que llegaron cerca. Y con tanto ahínco afirmaba don
Quijote que eran ejércitos, que Sancho lo vino a creer y a decirle:
–Señor, ¿pues qué hemos de hacer
nosotros?
–¿Qué? –dijo don Quijote–:
favorecer y ayudar a los menesterosos y desvalidos. Y has de saber, Sancho, que
este que viene por nuestra frente le conduce y guía el grande emperador
Alifanfarón, señor de la grande isla Trapobana; este otro que a mis espaldas
marcha es el de su enemigo, el rey de los garamantas, Pentapolén del
Arremangado Brazo, porque siempre entra en las batallas con el brazo derecho
desnudo.
–Pues, ¿por qué se quieren tan
mal estos dos señores? –preguntó Sancho.
–Quierénse mal –respondió don
Quijote– porque este Alefanfarón es un foribundo pagano y está enamorado de la
hija de Pentapolín, que es una muy fermosa y además agraciada señora, y es
cristiana, y su padre no se la quiere entregar al rey pagano si no deja primero
la ley de su falso profeta Mahoma y se vuelve a la suya.
–¡Para mis barbas –dijo Sancho–,
si no hace muy bien Pentapolín, y que le tengo de ayudar en cuanto pudiere!
–En eso harás lo que debes,
Sancho –dijo don Quijote–, porque, para entrar en batallas semejantes, no se
requiere ser armado caballero.
–Bien se me alcanza eso
–respondió Sancho–, pero, ¿dónde pondremos a este asno que estemos ciertos de
hallarle después de pasada la refriega? Porque el entrar en ella en semejante
caballería no creo que está en uso hasta agora.
–Así es verdad –dijo don
Quijote–. Lo que puedes hacer dél es dejarle a sus aventuras, ora se pierda o
no, porque serán tantos los caballos que tendremos, después que salgamos
vencedores, que aun corre peligro Rocinante no le trueque por otro. Pero estáme
atento y mira, que te quiero dar cuenta de los caballeros más principales que
en estos dos ejércitos vienen. Y, para que mejor los veas y notes, retirémonos
a aquel altillo que allí se hace, de donde se deben de descubrir los dos
ejércitos.
Hiciéronlo ansí, y pusierónse
sobre una loma, desde la cual se vieran bien las dos manadas que a don Quijote
se le hicieron ejército, si las nubes del polvo que levantaban no les turbara y
cegara la vista; pero, con todo esto, viendo en su imaginación lo que no veía
ni había, con voz levantada comenzó a decir:
–Aquel caballero que allí ves de
las armas jaldes, que trae en el escudo un león coronado, rendido a los pies de
una doncella, es el valeroso Laurcalco, señor de la Puente de Plata; el otro de
las armas de las flores de oro, que trae en el escudo tres coronas de plata en
campo azul, es el temido Micocolembo, gran duque de Quirocia; el otro de los
miembros giganteos, que está a su derecha mano, es el nunca medroso
Brandabarbarán de Boliche, señor de las tres Arabias, que viene armado de aquel
cuero de serpiente, y tiene por escudo una puerta que, según es fama, es una de
las del templo que derribó Sansón, cuando con su muerte se vengó de sus
enemigos. Pero vuelve los ojos a estotra parte y verás delante y en la frente
destotro ejército al siempre vencedor y jamás vencido Timonel de Carcajona,
príncipe de la Nueva Vizcaya, que viene armado con las armas partidas a
cuarteles, azules, verdes, blancas y amarillas, y trae en el escudo un gato de
oro en campo leonado, con una letra que dice: Miau, que es el principio del
nombre de su dama, que, según se dice, es la sin par Miulina, hija del duque
Alfeñiquén del Algarbe; el otro, que carga y oprime los lomos de aquella
poderosa alfana, que trae las armas como nieve blancas y el escudo blanco y sin
empresa alguna, es un caballero novel, de nación francés, llamado Pierres
Papín, señor de las baronías de Utrique; el otro, que bate las ijadas con los
herrados carcaños a aquella pintada y ligera cebra, y trae las armas de los
veros azules, es el poderoso duque de Nerbia, Espartafilardo del Bosque, que
trae por empresa en el escudo una esparraguera, con una letra en castellano que
dice así: Rastrea mi suerte.
Y desta manera fue nombrando
muchos caballeros del uno y del otro escuadrón, que él se imaginaba, y a todos
les dio sus armas, colores, empresas y motes de improviso, llevado de la
imaginación de su nunca vista locura; y, sin parar, prosiguió diciendo:
–A este escuadrón frontero forman
y hacen gentes de diversas naciones: aquí están los que bebían las dulces aguas
del famoso Janto; los montuosos que pisan los masílicos campos; los que criban
el finísimo y menudo oro en la felice Arabia; los que gozan las famosas y
frescas riberas del claro Termodonte; los que sangran por muchas y diversas
vías al dorado Pactolo; los númidas, dudosos en sus promesas; los persas, arcos
y flechas famosos; [los] partos, los medos, que pelean huyendo; los árabes, de
mudables casas; los citas, tan crueles como blancos; los etiopes, de horadados
labios, y otras infinitas naciones, cuyos rostros conozco y veo, aunque de los
nombres no me acuerdo. En estotro escuadrón vienen los que beben las corrientes
cristalinas del olivífero Betis; los que tersan y pulen sus rostros con el
licor del siempre rico y dorado Tajo; los que gozan las provechosas aguas del
divino Genil; los que pisan los tartesios campos, de pastos abundantes; los que
se alegran en los elíseos jerezanos prados; los manchegos, ricos y coronados de
rubias espigas; los de hierro vestidos, reliquias antiguas de la sangre goda;
los que en Pisuerga se bañan, famoso por la mansedumbre de su corriente; los
que su ganado apacientan en las estendidas dehesas del tortuoso Guadiana,
celebrado por su escondido curso; los que tiemblan con el frío del silvoso
Pirineo y con los blancos copos del levantado Apenino; finalmente, cuantos toda
la Europa en sí contiene y encierra.
¡Válame Dios, y cuántas
provincias dijo, cuántas naciones nombró, dándole a cada una, con maravillosa
presteza, los atributos que le pertenecían, todo absorto y empapado en lo que
había leído en sus libros mentirosos!
Estaba Sancho Panza colgado de
sus palabras, sin hablar ninguna, y, de cuando en cuando, volvía la cabeza a
ver si veía los caballeros y gigantes que su amo nombraba; y, como no descubría
a ninguno, le dijo:
–Señor, encomiendo al diablo hombre,
ni gigante, ni caballero de cuantos vuestra merced dice parece por todo esto; a
lo menos, yo no los veo; quizá todo debe ser encantamento, como las fantasmas
de anoche.
–¿Cómo dices eso? –respondió don
Quijote–. ¿No oyes el relinchar de los caballos, el tocar de los clarines, el
ruido de los atambores?
–No oigo otra cosa –respondió
Sancho– sino muchos balidos de ovejas y carneros.
Y así era la verdad, porque ya
llegaban cerca los dos rebaños.
–El miedo que tienes –dijo don
Quijote– te hace, Sancho, que ni veas ni oyas a derechas; porque uno de los
efectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo
que son; y si es que tanto temes, retírate a una parte y déjame solo, que solo
basto a dar la victoria a la parte a quien yo diere mi ayuda.
Y, diciendo esto, puso las
espuelas a Rocinante, y, puesta la lanza en el ristre, bajó de la costezuela
como un rayo. Diole voces Sancho, diciéndole:
–¡Vuélvase vuestra merced, señor
don Quijote, que voto a Dios que son carneros y ovejas las que va a embestir!
¡Vuélvase, desdichado del padre que me engendró! ¿Qué locura es ésta? Mire que
no hay gigante ni caballero alguno, ni gatos, ni armas, ni escudos partidos ni
enteros, ni veros azules ni endiablados. ¿Qué es lo que hace? ¡Pecador soy yo a
Dios!
Ni por ésas volvió don Quijote;
antes, en altas voces, iba diciendo:
–¡Ea, caballeros, los que seguís
y militáis debajo de las banderas del valeroso emperador Pentapolín del
Arremangado Brazo, seguidme todos: veréis cuán fácilmente le doy venganza de su
enemigo Alefanfarón de la Trapobana!
Esto diciendo, se entró por medio
del escuadrón de las ovejas, y comenzó de alanceallas con tanto coraje y
denuedo como si de veras alanceara a sus mortales enemigos. Los pastores y
ganaderos que con la manada venían dábanle voces que no hiciese aquello; pero,
viendo que no aprovechaban, desciñéronse las hondas y comenzaron a saludalle
los oídos con piedras como el puño. Don Quijote no se curaba de las piedras;
antes, discurriendo a todas partes, [decía]:
–¿Adónde estás, soberbio
Alifanfuón? Vente a mí; que un caballero solo soy, que desea, de solo a solo,
probar tus fuerzas y quitarte la vida, en pena de la que das al valeroso
Pentapolín Garamanta.
Llegó en esto una peladilla de
arroyo, y, dándole en un lado, le sepultó dos costillas en el cuerpo. Viéndose
tan maltrecho, creyó sin duda que estaba muerto o malferido, y, acordándose de
su licor, sacó su alcuza y púsosela a la boca, y comenzó a echar licor en el
estómago; mas, antes que acabase de envasar lo que a él le parecía que era
bastante, llegó otra almendra y diole en la mano y en el alcuza tan de lleno
que se la hizo pedazos, llevándole de camino tres o cuatro dientes y muelas de
la boca, y machucándole malamente dos dedos de la mano.
Tal fue el golpe primero, y tal
el segundo, que le fue forzoso al pobre caballero dar consigo del caballo
abajo. Llegáronse a él los pastores y creyeron que le habían muerto; y así, con
mucha priesa, recogieron su ganado, y cargaron de las reses muertas, que
pasaban de siete, y, sin averiguar otra cosa, se fueron.
Estábase todo este tiempo Sancho
sobre la cuesta, mirando las locuras que su amo hacía, y arrancábase las
barbas, maldiciendo la hora y el punto en que la fortuna se le había dado a
conocer. Viéndole, pues, caído en el suelo, y que ya los pastores se habían
ido, bajó de la cuesta y llegóse a él, y hallóle de muy mal arte, aunque no
había perdido el sentido, y díjole:
–¿No le decía yo, señor don
Quijote, que se volviese, que los que iba a acometer no eran ejércitos, sino
manadas de carneros?
–Como eso puede desparecer y
contrahacer aquel ladrón del sabio mi enemigo. Sábete, Sancho, que es muy fácil
cosa a los tales hacernos parecer lo que quieren, y este maligno que me
persigue, envidioso de la gloria que vio que yo había de alcanzar desta
batalla, ha vuelto los escuadrones de enemigos en manadas de ovejas. Si no, haz
una cosa, Sancho, por mi vida, porque te desengañes y veas ser verdad lo que te
digo: sube en tu asno y síguelos bonitamente, y verás cómo, en alejándose de
aquí algún poco, se vuelven en su ser primero, y, dejando de ser carneros, son
hombres hechos y derechos, como yo te los pinté primero... Pero no vayas agora,
que he menester tu favor y ayuda; llégate a mí y mira cuántas muelas y dientes
me faltan, que me parece que no me ha quedado ninguno en la boca.
Llegóse Sancho tan cerca que casi
le metía los ojos en la boca, y fue a tiempo que ya había obrado el bálsamo en
el estómago de don Quijote; y, al tiempo que Sancho llegó a mirarle la boca,
arrojó de sí, más recio que una escopeta, cuanto dentro tenía, y dio con todo
ello en las barbas del compasivo escudero.
–¡Santa María! –dijo Sancho–, ¿y
qué es esto que me ha sucedido? Sin duda, este pecador está herido de muerte,
pues vomita sangre por la boca.
Pero, reparando un poco más en
ello, echó de ver en la color, sabor y olor, que no era sangre, sino el bálsamo
de la alcuza que él le había visto beber; y fue tanto el asco que tomó que,
revolviéndosele el estómago, vomitó las tripas sobre su mismo señor, y quedaron
entrambos como de perlas. Acudió Sancho a su asno para sacar de las alforjas
con qué limpiarse y con qué curar a su amo; y, como no las halló, estuvo a
punto de perder el juicio. Maldíjose de nuevo, y propuso en su corazón de dejar
a su amo y volverse a su tierra, aunque perdiese el salario de lo servido y las
esperanzas del gobierno de la prometida ínsula.
Levantóse en esto don Quijote, y,
puesta la mano izquierda en la boca, porque no se le acabasen de salir los
dientes, asió con la otra las riendas de Rocinante, que nunca se había movido
de junto a su amo –tal era de leal y bien acondicionado–, y fuese adonde su
escudero estaba, de pechos sobre su asno, con la mano en la mejilla, en guisa
de hombre pensativo además. Y, viéndole don Quijote de aquella manera, con
muestras de tanta tristeza, le dijo:
–Sábete, Sancho, que no es un
hombre más que otro si no hace más que otro. Todas estas borrascas que nos
suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos
bien las cosas; porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de
aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca. Así
que, no debes congojarte por las desgracias que a mí me suceden, pues a ti no
te cabe parte dellas.
–¿Cómo no? –respondió Sancho–.
Por ventura, el que ayer mantearon, ¿era otro que el hijo de mi padre? Y las
alforjas que hoy me faltan, con todas mis alhajas, ¿son de otro que del mismo?
–¿Que te faltan las alforjas,
Sancho? –dijo don Quijote.
–Sí que me faltan –respondió
Sancho.
–Dese modo, no tenemos qué comer
hoy –replicó don Quijote.
–Eso fuera –respondió Sancho–
cuando faltaran por estos prados las yerbas que vuestra merced dice que conoce,
con que suelen suplir semejantes faltas los tan malaventurados andantes
caballeros como vuestra merced es.
–Con todo eso –respondió don
Quijote–, tomara yo ahora más aína un cuartal de pan, o una hogaza y dos
cabezas de sardinas arenques, que cuantas yerbas describe Dioscórides, aunque
fuera el ilustrado por el doctor Laguna. Mas, con todo esto, sube en tu
jumento, Sancho el bueno, y vente tras mí; que Dios, que es proveedor de todas
las cosas, no nos ha de faltar, y más andando tan en su servicio como andamos,
pues no falta a los mosquitos del aire, ni a los gusanillos de la tierra, ni a
los renacuajos del agua; y es tan piadoso que hace salir su sol sobre los
buenos y los malos, y llueve sobre los injustos y justos.
–Más bueno era vuestra merced
–dijo Sancho– para predicador que para caballero andante.
–De todo sabían y han de saber
los caballeros andantes, Sancho –dijo don Quijote–, porque caballero andante
hubo en los pasados siglos que así se paraba a hacer un sermón o plática, en
mitad de un campo real, como si fuera graduado por la Universidad de París; de
donde se infiere que nunca la lanza embotó la pluma, ni la pluma la lanza.
–Ahora bien, sea así como vuestra
merced dice –respondió Sancho–, vamos ahora de aquí, y procuremos donde alojar
esta noche, y quiera Dios que sea en parte donde no haya mantas, ni
manteadores, ni fantasmas, ni moros encantados; que si los hay, daré al diablo
el hato y el garabato.
–Pídeselo tú a Dios, hijo –dijo
don Quijote–, y guía tú por donde quisieres, que esta vez quiero dejar a tu
eleción el alojarnos. Pero dame acá la mano y atiéntame con el dedo, y mira
bien cuántos dientes y muelas me faltan deste lado derecho de la quijada alta,
que allí siento el dolor.
Metió Sancho los dedos, y,
estándole tentando, le dijo:
–¿Cuántas muelas solía vuestra
merced tener en esta parte?
–Cuatro –respondió don Quijote–,
fuera de la cordal, todas enteras y muy sanas.
–Mire vuestra merced bien lo que
dice, señor –respondió Sancho.
–Digo cuatro, si no eran cinco
–respondió don Quijote–, porque en toda mi vida me han sacado diente ni muela
de la boca, ni se me ha caído ni comido de neguijón ni de reuma alguna.
–Pues en esta parte de abajo
–dijo Sancho– no tiene vuestra merced más de dos muelas y media, y en la de
arriba, ni media ni ninguna, que toda está rasa como la palma de la mano.
–¡Sin ventura yo! –dijo don
Quijote, oyendo las tristes nuevas que su escudero le daba–, que más quisiera
que me hubieran derribado un brazo, como no fuera el de la espada; porque te
hago saber, Sancho, que la boca sin muelas es como molino sin piedra, y en
mucho más se ha de estimar un diente que un diamante. Mas a todo esto estamos
su-jetos los que profesamos la estrecha orden de la caballería. Sube, amigo, y
guía, que yo te seguiré al paso que quisieres.
Hízolo así Sancho, y encaminóse
hacia donde le pareció que podía hallar acogimiento, sin salir del camino real,
que por allí iba muy seguido.
Yéndose, pues, poco a poco,
porque el dolor de las quijadas de don Quijote no le dejaba sosegar ni atender
a darse priesa, quiso Sancho entretenelle y divertille diciéndole alguna cosa;
y, entre otras que le dijo, fue lo que se dirá en el siguiente capítulo.
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