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Lengua y Literatura
Capítulo 21
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
Capítulo XXI. Que
trata de la alta aventura y rica ganancia del yelmo de Mambrino, con otras
cosas sucedidas a nuestro invencible caballero
En esto, comenzó a llover un
poco, y quisiera Sancho que se entraran en el molino de los batanes; mas
habíales cobrado tal aborrecimiento don Quijote, por la pesada burla, que en
ninguna manera quiso entrar dentro; y así, torciendo el camino a la derecha mano,
dieron en otro como el que habían llevado el día de antes.
De allí a poco, descubrió don
Quijote un hombre a caballo, que traía en la cabeza una cosa que relumbraba
como si fuera de oro, y aún él apenas le hubo visto, cuando se volvió a Sancho
y le dijo:
–Paréceme, Sancho, que no hay
refrán que no sea verdadero, porque todos son sentencias sacadas de la mesma
experiencia, madre de las ciencias todas, especialmente aquel que dice:
"Donde una puerta se cierra, otra se abre". Dígolo porque si anoche
nos cerró la ventura la puerta de la que buscábamos, engañándonos con los
batanes, ahora nos abre de par en par otra, para otra mejor y más cierta
aventura; que si yo no acertare a entrar por ella, mía será la culpa, sin que
la pueda dar a la poca noticia de batanes ni a la escuridad de la noche. Digo
esto porque, si no me engaño, hacia nosotros viene uno que trae en su cabeza
puesto el yelmo de Mambrino, sobre que yo hice el juramento que sabes.
–Mire vuestra merced bien lo que
dice, y mejor lo que hace –dijo Sancho–, que no querría que fuesen otros
batanes que nos acabasen de abatanar y aporrear el sentido.
–¡Válate el diablo por hombre!
–replicó don Quijote–. ¿Qué va de yelmo a batanes?
–No sé nada –respondió Sancho–;
mas, a fe que si yo pudiera hablar tanto como solía, que quizá diera tales
razones que vuestra merced viera que se engañaba en lo que dice.
–¿Cómo me puedo engañar en lo que
digo, traidor escrupuloso? –dijo don Quijote–. Dime, ¿no ves aquel caballero
que hacia nosotros viene, sobre un caballo rucio rodado, que trae puesto en la
cabeza un yelmo de oro?
–Lo que yo veo y columbro
–respondió Sancho– no es sino un hombre sobre un asno pardo, como el mío, que
trae sobre la cabeza una cosa que relumbra.
–Pues ése es el yelmo de Mambrino
–dijo don Quijote–. Apártate a una parte y déjame con él a solas: verás cuán
sin hablar palabra, por ahorrar del tiempo, concluyo esta aventura y queda por
mío el yelmo que tanto he deseado.
–Yo me tengo en cuidado el
apartarme –replicó Sancho–, mas quiera Dios, torno a decir, que orégano sea, y
no batanes.
–Ya os he dicho, hermano, que no
me mentéis, ni por pienso, más eso de los batanes –dijo don Quijote–; que
voto..., y no digo más, que os batanee el alma.
Calló Sancho, con temor que su
amo no cumpliese el voto que le había echado, redondo como una bola.
Es, pues, el caso que el yelmo, y
el caballo y caballero que don Quijote veía, era esto: que en aquel contorno
había dos lugares, el uno tan pequeño que ni tenía botica ni barbero, y el
otro, que estaba junto a [él], sí; y así, el barbero del mayor servía al menor,
en el cual tuvo necesidad un enfermo de sangrarse y otro de hacerse la barba,
para lo cual venía el barbero, y traía una bacía de azófar; y quiso la suerte
que, al tiempo que venía, comenzó a llover, y, porque no se le manchase el
sombrero, que debía de ser nuevo, se puso la bacía sobre la cabeza; y, como
estaba limpia, desde media legua relumbraba. Venía sobre un asno pardo, como
Sancho dijo, y ésta fue la ocasión que a don Quijote le pareció caballo rucio
rodado, y caballero, y yelmo de oro; que todas las cosas que veía, con mucha
facilidad las acomodaba a sus desvariadas caballerías y malandantes
pensamientos. Y cuando él vio que el pobre caballero llegaba cerca, sin ponerse
con él en razones, a todo correr de Rocinante le enristró con el lanzón bajo,
llevando intención de pasarle de parte a parte; mas cuando a él llegaba, sin
detener la furia de su carrera, le dijo:
–¡Defiéndete, cautiva criatura, o
entriégame de tu voluntad lo que con tanta razón se me debe!
El barbero, que, tan sin pensarlo
ni temerlo, vio venir aquella fantasma sobre sí, no tuvo otro remedio, para
poder guardarse del golpe de la lanza, si no fue el dejarse caer del asno
abajo; y no hubo tocado al suelo, cuando se levantó más ligero que un gamo y
comenzó a correr por aquel llano, que no le alcanzara el viento. Dejóse la
bacía en el suelo, con la cual se contentó don Quijote, y dijo que el pagano
había andado discreto y que había imitado al castor, el cual, viéndose acosado
de los cazadores, se taraza y arpa con los dientes aquéllo por lo que él, por
distinto natural, sabe que es perseguido. Mandó a Sancho que alzase el yelmo,
el cual, tomándola en las manos, dijo:
–Por Dios, que la bacía es buena
y que vale un real de a ocho como un maravedí.
Y, dándosela a su amo, se la puso
luego en la cabeza, rodeándola a una parte y a otra, buscándole el encaje; y,
como no se le hallaba, dijo:
–Sin duda que el pagano, a cuya
medida se forjó primero esta famosa celada, debía de tener grandísima cabeza, y
lo peor dello es que le falta la mitad.
Cuando Sancho oyó llamar a la
bacía celada, no pudo tener la risa; mas vínosele a las mientes la cólera de su
amo, y calló en la mitad della.
–¿De qué te ríes, Sancho? –dijo
don Quijote.
–Ríome –respondió él– de
considerar la gran cabeza que tenía el pagano dueño deste almete, que no semeja
si[no] una bacía de barbero pintiparada.
–¿Sabes qué imagino, Sancho? Que
esta famosa pieza deste encantado yelmo, por algún estraño acidente, debió de
venir a manos de quien no supo conocer ni estimar su valor, y, sin saber lo que
hacía, viéndola de oro purísimo, debió de fundir la otra mitad para
aprovecharse del precio, y de la otra mitad hizo ésta, que parece bacía de
barbero, como tú dices. Pero, sea lo que fuere; que para mí que la conozco no
hace al caso su trasmutación; que yo la aderezaré en el primer lugar donde haya
herrero, y de suerte que no le haga ventaja, ni aun le llegue, la que hizo y
forjó el dios de las herrerías para el dios de las batallas; y, en este
entretanto, la traeré como pudiere, que más vale algo que no nada; cuanto más,
que bien será bastante para defenderme de alguna pedrada.
–Eso será –dijo Sancho– si no se
tira con honda, como se tiraron en la pelea de los dos ejércitos, cuando le
santiguaron a vuestra merced las muelas y le rompieron el alcuza donde venía
aquel benditísimo brebaje que me hizo vomitar las asaduras.along
–No me da mucha pena el haberle
perdido, que ya sabes tú, Sancho –dijo don Quijote–, que yo tengo la receta en
la memoria.
–También la tengo yo –respondió
Sancho–, pero si yo le hiciere ni le probare más en mi vida, aquí sea mi hora.
Cuanto más, que no pienso ponerme en ocasión de haberle menester, porque pienso
guardarme con todos mis cinco sentidos de ser ferido ni de ferir a nadie. De lo
del ser otra vez manteado, no digo nada, que semejantes desgracias mal se
pueden prevenir, y si vienen, no hay que hacer otra cosa sino encoger los
hombros, detener el aliento, cerrar los ojos y dejarse ir por donde la suerte y
la manta nos llevare.
–Mal cristiano eres, Sancho
–dijo, oyendo esto, don Quijote–, porque nunca olvidas la injuria que una vez
te han hecho; pues sábete que es de pechos nobles y generosos no hacer caso de
niñerías. ¿Qué pie sacaste cojo, qué costilla quebrada, qué cabeza rota, para
que no se te olvide aquella burla? Que, bien apurada la cosa, burla fue y
pasatiempo; que, a no entenderlo yo ansí, ya yo hubiera vuelto allá y hubiera
hecho en tu venganza más daño que el que hicieron los griegos por la robada
Elena. La cual, si fuera en este tiempo, o mi Dulcinea fuera en aquél, pudiera
estar segura que no tuviera tanta fama de hermosa como tiene.
Y aquí dio un sospiro, y le puso
en las nubes. Y dijo Sancho:
–[Pase] por burlas, pues la
venganza no puede pasar en veras; pero yo sé de qué calidad fueron las veras y
las burlas, y sé también que no se me caerán de la memoria, como nunca se
quitarán de las espaldas. Pero, dejando esto aparte, dígame vuestra merced qué
haremos deste caballo rucio rodado, que parece asno pardo, que dejó aquí
desamparado aquel Martino que vuestra merced derribó; que, según él puso los
pies en polvorosa y cogió las de Villadiego, no lleva pergenio de volver por él
jamás; y ¡para mis barbas, si no es bueno el rucio!
–Nunca yo acostumbro –dijo don
Quijote– despojar a los que venzo, ni es uso de caballería quitarles los
caballos y dejarlos a pie, si ya no fuese que el vencedor hubiese perdido en la
pendencia el suyo; que, en tal caso, lícito es tomar el del vencido, como ganado
en guerra lícita. Así que, Sancho, deja ese caballo, o asno, o lo que tú
quisieres que sea, que, como su dueño nos vea alongados de aquí, volverá por
él.
–Dios sabe si quisiera llevarle
–replicó Sancho–, o, por lo menos, trocalle con este mío, que no me parece tan
bueno. Verdaderamente que son estrechas las leyes de caballería, pues no se
estienden a dejar trocar un asno por otro; y querría saber si podría trocar los
aparejos siquiera.
–En eso no estoy muy cierto
–respondió don Quijote–; y, en caso de duda, hasta estar mejor informado, digo
que los trueques, si es que tienes dellos necesidad estrema.
–Tan estrema es –respondió
Sancho– que si fueran para mi misma persona, no los hubiera menester más.
Y luego, habilitado con aquella
licencia, hizo mutatio caparum y puso su jumento a las mil lindezas, dejándole
mejorado en tercio y quinto.
Hecho esto, almorzaron de las
sobras del real que del acémila despojaron, bebieron del agua del arroyo de los
batanes, sin volver la cara a mirallos: tal era el aborrecimiento que les
tenían por el miedo en que les habían puesto.
Cortada, pues, la cólera, y aun
la malenconía, subieron a caballo, y, sin tomar determinado camino, por ser muy
de caballeros andantes el no tomar ninguno cierto, se pusieron a caminar por
donde la voluntad de Rocinante quiso, que se llevaba tras sí la de su amo, y
aun la del asno, que siempre le seguía por dondequiera que guiaba, en buen amor
y compañía. Con todo esto, volvieron al camino real y siguieron por él a la
ventura, sin otro disignio alguno.
Yendo, pues, así caminando, dijo
Sancho a su amo:
–Señor, ¿quiere vuestra merced
darme licencia que departa un poco con él? Que, después que me puso aquel
áspero mandamiento del silencio, se me han podrido más de cuatro cosas en el
estómago, y una sola que ahora tengo en el pico de la lengua no querría que se
mal lograse.
–Dila –dijo don Quijote–, y sé
breve en tus razonamientos, que ninguno hay gustoso si es largo.
–Digo, pues, señor –respondió
Sancho–, que, de algunos días a esta parte, he considerado cuán poco se gana y
granjea de andar buscando estas aventuras que vuestra merced busca por estos
desiertos y encrucijadas de caminos, donde, ya que se venzan y acaben las más
eligrosas, no hay quien las vea ni sepa; y así, se han de quedar en perpetuo
silencio, y en perjuicio de la intención de vuestra merced y de lo que ellas
merecen. Y así, me parece que sería mejor, salvo el mejor parecer de vuestra
merced, que nos fuésemos a servir a algún emperador, o a otro príncipe grande
que tenga alguna guerra, en cuyo servicio vuestra merced muestre el valor de su
persona, sus grandes fuerzas y mayor entendimiento; que, visto esto del señor a
quien sirviéremos, por fuerza nos ha de remunerar, a cada cual según sus
méritos, y allí no faltará quien ponga en escrito las hazañas de vuestra
merced, para perpetua memoria. De las mías no digo nada, pues no han de salir
de los límites escuderiles; aunque sé decir que, si se usa en la caballería
escribir hazañas de escuderos, que no pienso que se han de quedar las mías
entre renglones.
–No dices mal, Sancho –respondió
don Quijote–; mas, antes que se llegue a ese término, es menester andar por el
mundo, como en aprobación, buscando las aventuras, para que, acabando algunas,
se cobre nombre y fama tal que, cuando se fuere a la corte de algún gran
monarca, ya sea el caballero conocido por sus obras; y que, apenas le hayan
visto entrar los muchachos por la puerta de la ciudad, cuando todos le sigan y
rodeen, dando voces, diciendo: ‘‘Éste es el Caballero del Sol’’, o de la
Sierpe, o de otra insignia alguna, debajo de la cual hubiere acabado grandes
hazañas. ‘‘Éste es –dirán– el que venció en singular batalla al gigantazo
Brocabruno de la Gran Fuerza; el que desencantó al Gran Mameluco de Persia del
largo encantamento en que había estado casi novecientos años’’. Así que, de
mano en mano, irán pregonando tus hechos, y luego, al alboroto de los muchachos
y de la demás gente, se parará a las fenestras de su real palacio el rey de
aquel reino, y así como vea al caballero, conociéndole por las armas o por la
empresa del escudo, forzosamente ha de decir: ‘‘¡Ea, sus! ¡Salgan mis
caballeros, cuantos en mi corte están, a recebir a la flor de la caballería,
que allí viene!’’ A cuyo mandamiento saldrán todos, y él llegará hasta la mitad
de la escalera, y le abrazará estrechísimamente, y le dará paz besándole en el
rostro; y luego le llevará por la mano al aposento de la señora reina, adonde
el caballero la hallará con la infanta, su hija, que ha de ser una de las más
fermosas y acabadas doncellas que, en gran parte de lo descubierto de la
tierra, a duras penas se pueda hallar. Sucederá tras esto, luego en continente,
que ella ponga los ojos en el caballero y él en los della, y cada uno parezca a
otro cosa más divina que humana; y, sin saber cómo ni cómo [no], han de quedar
presos y enlazados en la intricable red amorosa, y con gran cuita en sus
corazones por no saber cómo se han de fablar para descubrir sus ansias y
sentimientos. Desde allí le llevarán, sin duda, a algún cuarto del palacio,
ricamente aderezado, donde, habiéndole quitado las armas, le traerán un rico
manto de escarlata con que se cubra; y si bien pareció armado, tan bien y mejor
ha de parecer en farseto. Venida la noche, cenará con el rey, reina e infanta,
donde nunca quitará los ojos della, mirándola a furto de los circustantes, y
ella hará lo mesmo con la mesma sagacidad, porque, como tengo dicho, es muy
discreta doncella. Levantarse han las tablas, y entrará a deshora por la puerta
de la sala un feo y pequeño enano con una fermosa dueña, que, entre dos
gigantes, detrás del enano viene, con cierta aventura, hecha por un antiquísimo
sabio, que el que la acabare será tenido por el mejor caballero del mundo.
Mandará luego el rey que todos los que están presentes la prueben, y ninguno le
dará fin y cima sino el caballero huésped, en mucho pro de su fama, de lo cual
quedará contentísima la infanta, y se tendrá por contenta y pagada además, por
haber puesto y colocado sus pensamientos en tan alta parte. Y lo bueno es que
este rey, o príncipe, o lo que es, tiene una muy reñida guerra con otro tan
poderoso como él, y el caballero huésped le pide (al cabo de algunos días que
ha estado en su corte) licencia para ir a servirle en aquella guerra dicha.
Darásela el rey de muy buen talante, y el caballero le besará cortésmente las
manos por la merced que le face. Y aquella noche se despedirá de su señora la
infanta por las rejas de un jardín, que cae en el aposento donde ella duerme,
por las cuales ya otras muchas veces la había fablado, siendo medianera y
sabidora de todo una doncella de quien la infanta mucho se fiaba. Sospirará él,
desmayaráse ella, traerá agua la doncella, acuitaráse mucho porque viene la
mañana, y no querría que fuesen descubiertos, por la honra de su señora.
Finalmente, la infanta volverá en sí y dará sus blancas manos por la reja al
caballero, el cual se las besará mil y mil veces y se las bañará en lágrimas.
Quedará concertado entre los dos del modo que se han de hacer saber sus buenos
o malos sucesos, y rogarále la princesa que se detenga lo menos que pudiere;
prometérselo ha él con muchos juramentos; tórnale a besar las manos, y
despídese con tanto sentimiento que estará poco por acabar la vida. Vase desde
allí a su aposento, échase sobre su lecho, no puede dormir del dolor de la
partida, madruga muy de mañana, vase a despedir del rey y de la reina y de la
infanta; dícenle, habiéndose despedido de los dos, que la señora infanta está
mal dispuesta y que no puede recebir visita; piensa el caballero que es de pena
de su partida, traspásasele el corazón, y falta poco de no dar indicio
manifiesto de su pena. Está la doncella medianera delante, halo de notar todo,
váselo a decir a su señora, la cual la recibe con lágrimas y le dice que una de
las mayores penas que tiene es no saber quién sea su caballero, y si es de
linaje de reyes o no; asegúrala la doncella que no puede caber tanta cortesía,
gentileza y valentía como la de su caballero sino en subjeto real y grave;
consuélase con esto la cuitada; procura consolarse, por no dar mal indicio de
sí a sus padres, y, a cabo de dos días, sale en público. Ya se es ido el
caballero: pelea en la guerra, vence al enemigo del rey, gana muchas ciudades,
triunfa de muchas batallas, vuelve a la corte, ve a su señora por donde suele,
conciértase que la pida a su padre por mujer en pago de sus servicios. No se la
quiere dar el rey, porque no sabe quién es; pero, con todo esto, o robada o de
otra cualquier suerte que sea, la infanta viene a ser su esposa y su padre lo
viene a tener a gran ventura, porque se vino a averiguar que el tal caballero
es hijo de un valeroso rey de no sé qué reino, porque creo que no debe de estar
en el mapa. Muérese el padre, hereda la infanta, queda rey el caballero en dos
palabras. Aquí entra luego el hacer mercedes a su escudero y a todos aquellos
que le ayudaron a subir a tan alto estado: casa a su escudero con una doncella
de la infanta, que será, sin duda, la que fue tercera en sus amores, que es
hija de un duque muy principal.
–Eso pido, y barras derechas
–dijo Sancho–; a eso me atengo, porque todo, al pie de la letra, ha de suceder
por vuestra merced, llamándose el Caballero de la Triste Figura.
–No lo dudes, Sancho –replicó don
Quijote–, porque del mesmo y por los mesmos pasos que esto he contado suben y
han subido los caballeros andantes a ser reyes y emperadores. Sólo falta agora
mirar qué rey de los cristianos o de los paganos tenga guerra y tenga hija
hermosa; pero tiempo habrá para pensar esto, pues, como te tengo dicho, primero
se ha de cobrar fama por otras partes que se acuda a la corte. También me falta
otra cosa; que, puesto caso que se halle rey con guerra y con hija hermosa, y
que yo haya cobrado fama increíble por todo el universo, no sé yo cómo se podía
hallar que yo sea de linaje de reyes, o, por lo menos, primo segundo de
emperador; porque no me querrá el rey dar a su hija por mujer si no está
primero muy enterado en esto, aunque más lo merezcan mis famosos hechos. Así
que, por esta falta, temo perder lo que mi brazo tiene bien merecido. Bien es verdad
que yo soy hijodalgo de solar conocido, de posesión y propriedad y de devengar
quinientos sueldos; y podría ser que el sabio que escribiese mi historia
deslindase de tal manera mi parentela y decendencia, que me hallase quinto o
sesto nieto de rey. Porque te hago saber, Sancho, que hay dos maneras de
linajes en el mundo: unos que traen y derriban su decendencia de príncipes y
monarcas, a quien poco a poco el tiempo ha deshecho, y han acabado en punta,
como pirámide puesta al revés; otros tuvieron principio de gente baja, y van
subiendo de grado en grado, hasta llegar a ser grandes señores. De manera que
está la diferencia en que unos fueron, que ya no son, y otros son, que ya no
fueron; y podría ser yo déstos que, después de averiguado, hubiese sido mi principio
grande y famoso, con lo cual se debía de contentar el rey, mi suegro, que
hubiere de ser. Y cuando no, la infanta me ha de querer de manera que, a pesar
de su padre, aunque claramente sepa que soy hijo de un azacán, me ha de admitir
por señor y por esposo; y si no, aquí entra el roballa y llevalla donde más
gusto me diere; que el tiempo o la muerte ha de acabar el enojo de sus padres.
–Ahí entra bien también –dijo
Sancho– lo que algunos desalmados dicen: "No pidas de grado lo que puedes
tomar por fuerza"; aunque mejor cuadra decir: "Más vale salto de mata
que ruego de hombres buenos". Dígolo porque si el señor rey, suegro de
vuestra merced, no se quisiere domeñar a entregalle a mi señora la infanta, no
hay sino, como vuestra merced dice, roballa y trasponella. Pero está el daño
que, en tanto que se hagan las paces y se goce pacíficamente el reino, el pobre
escudero se podrá estar a diente en esto de las mercedes. Si ya no es que la
doncella tercera, que ha de ser su mujer, se sale con la infanta, y él pasa con
ella su mala ventura, hasta que el cielo ordene otra cosa; porque bien podrá,
creo yo, desde luego dársela su señor por ligítima esposa.
–Eso no hay quien la quite –dijo
don Quijote.
–Pues, como eso sea –respondió
Sancho–, no hay sino encomendarnos a Dios, y dejar correr la suerte por donde
mejor lo encaminare.
–Hágalo Dios –respondió don
Quijote– como yo deseo y tú, Sancho, has menester; y ruin sea quien por ruin se
tiene.
–Sea par Dios –dijo Sancho–, que
yo cristiano viejo soy, y para ser conde esto me basta.
–Y aun te sobra –dijo don
Quijote–; y cuando no lo fueras, no hacía nada al caso, porque, siendo yo el
rey, bien te puedo dar nobleza, sin que la compres ni me sirvas con nada.
Porque, en haciéndote conde, cátate ahí caballero, y digan lo que dijeren; que
a buena fe que te han de llamar señoría, mal que les pese.
–Y ¡montas que no sabría yo
autorizar el litado! –dijo Sancho.
–Dictado has de decir, que no litado
–dijo su amo.
–Sea ansí –respondió Sancho
Panza–. Digo que le sabría bien acomodar, porque, por vida mía, que un tiempo
fui muñidor de una cofradía, y que me asentaba tan bien la ropa de muñidor, que
decían todos que tenía presencia para poder ser prioste de la mesma cofradía.
Pues, ¿qué será cuando me ponga un ropón ducal a cuestas, o me vista de oro y
de perlas, a uso de conde estranjero? Para mí tengo que me han de venir a ver
de cien leguas.
–Bien parecerás –dijo don
Quijote–, pero será menester que te rapes las barbas a menudo; que, según las
tienes de espesas, aborrascadas y mal puestas, si no te las rapas a navaja,
cada dos días por lo menos, a tiro de escopeta se echará de ver lo que eres.
–¿Qué hay más –dijo Sancho–, sino
tomar un barbero y tenelle asalariado en casa? Y aun, si fuere menester, le
haré que ande tras mí, como caballerizo de grande.
–Pues, ¿cómo sabes tú –preguntó
don Quijote– que los grandes llevan detrás de sí a sus caballerizos?
–Yo se lo diré –respondió
Sancho–: los años pasados estuve un mes en la corte, y allí vi que, paseándose
un señor muy pequeño, que decían que era muy grande, un hombre le seguía a
caballo a todas las vueltas que daba, que no parecía sino que era su rabo.
Pregunté que cómo aquel hombre no se juntaba con el otro, sino que siempre
andaba tras dél. Respondiéronme que era su caballerizo y que era uso de los
grandes llevar tras sí a los tales. Desde entonces lo sé tan bien que nunca se
me ha olvidado.
–Digo que tienes razón –dijo don
Quijote–, y que así puedes tú llevar a tu barbero; que los usos no vinieron
todos juntos, ni se inventaron a una, y puedes ser tú el primero conde que
lleve tras sí su barbero; y aun es de más confianza el hacer la barba que
ensillar un caballo.
–Quédese eso del barbero a mi
cargo –dijo Sancho–, y al de vuestra merced se quede el procurar venir a ser
rey y el hacerme conde.
–Así será –respondió don Quijote.
Y, alzando los ojos, vio lo que
se dirá en el siguiente capítulo.
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