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Lengua y Literatura
Capítulo
30
Don Quijote de la Mancha
Miguel
de Cervantes Saavedra
Capítulo XXX.
Que trata del gracioso artificio y orden que se tuvo en sacar a nuestro
enamorado caballero de la asperísima penitencia en que se había puesto
No
hubo bien acabado el cura, cuando Sancho dijo:
–Pues
mía fe, señor licenciado, el que hizo esa fazaña fue mi amo, y no porque yo
no le dije antes y le avisé que mirase lo que hacía, y que era pecado darles
libertad, porque todos iban allí por grandísimos bellacos.
–¡Majadero!
–dijo a esta sazón don Quijote–, a los caballeros andantes no les toca ni
atañe averiguar si los afligidos, encadenados y opresos que encuentran por
los caminos van de aquella manera, o están en aquella angustia, por sus
culpas o por sus gracias; sólo le toca ayudarles como a menesterosos,
poniendo los ojos en sus penas y no en sus bellaquerías. Yo topé un rosario y
sarta de gente mohína y desdichada, y hice con ellos lo que mi religión me
pide, y lo demás allá se avenga; y a quien mal le ha parecido, salvo la santa
dignidad del señor licenciado y su honrada persona, digo que sabe poco de
achaque de caballería, y que miente como un hideputa y mal nacido; y esto le
haré conocer con mi espada, donde más largamente se contiene.
Y
esto dijo afirmándose en los estribos y calándose el morrión; porque la bacía
de barbero, que a su cuenta era el yelmo de Mambrino, llevaba colgado del
arzón delantero, hasta adobarla del mal tratamiento que la hicieron los
galeotes.
Dorotea,
que era discreta y de gran donaire, como quien ya sabía el menguado humor de
don Quijote y que todos hacían burla dél, sino Sancho Panza, no quiso ser
para menos, y, viéndole tan enojado, le dijo:
–Señor
caballero, miémbresele a la vuestra merced el don que me tiene prometido, y
que, conforme a él, no puede entremeterse en otra aventura, por urgente que
sea; sosiegue vuestra merced el pecho, que si el señor licenciado supiera que
por ese invicto brazo habían sido librados los galeotes, él se diera tres
puntos en la boca, y aun se mordiera tres veces la lengua, antes que haber
dicho palabra que en despecho de vuestra merced redundara.
–Eso
juro yo bien –dijo el cura–, y aun me hubiera quitado un bigote.
–Yo
callaré, señora mía –dijo don Quijote–, y reprimiré la justa cólera que ya en
mi pecho se había levantado, y iré quieto y pacífico hasta tanto que os
cumpla el don prometido; pero, en pago deste buen deseo, os suplico me
digáis, si no se os hace de mal, cuál es la vuestra cuita y cuántas, quiénes
y cuáles son las personas de quien os tengo de dar debida, satisfecha y
entera venganza.
–Eso
haré yo de gana –respondió Dorotea–, si es que no os enfadan oír lástimas y
desgracias.
–No
enfadará, señora mía –respondió don Quijote.
A
lo que respondió Dorotea:
–Pues
así es, esténme vuestras mercedes atentos.
No
hubo ella dicho esto, cuando Cardenio y el barbero se le pusieron al lado,
deseosos de ver cómo fingía su historia la discreta Dorotea; y lo mismo hizo
Sancho, que tan engañado iba con ella como su amo. Y ella, después de haberse
puesto bien en la silla y prevenídose con toser y hacer otros ademanes, con
mucho donaire, comenzó a decir desta manera:
–«Primeramente,
quiero que vuestras mercedes sepan, señores míos, que a mí me llaman...»
Y
detúvose aquí un poco, porque se le olvidó el nombre que el cura le había
puesto; pero él acudió al remedio, porque entendió en lo que reparaba, y
dijo:
–No
es maravilla, señora mía, que la vuestra grandeza se turbe y empache contando
sus desventuras, que ellas suelen ser tales, que muchas veces quitan la
memoria a los que maltratan, de tal manera que aun de sus mesmos nombres no
se les acuerda, como han hecho con vuestra gran señoría, que se ha olvidado
que se llama la princesa Micomicona, legítima heredera del gran reino
Micomicón; y con este apuntamiento puede la vuestra grandeza reducir ahora
fácilmente a su lastimada memoria todo aquello que contar quisiere.
–Así
es la verdad –respondió la doncella–, y desde aquí adelante creo que no será
menester apuntarme nada, que yo saldré a buen puerto con mi verdadera
historia. «La cual es que el rey mi padre, que se llama Tinacrio el Sabidor,
fue muy docto en esto que llaman el arte mágica, y alcanzó por su ciencia que
mi madre, que se llamaba la reina Jaramilla, había de morir primero que él, y
que de allí a poco tiempo él también había de pasar desta vida y yo había de
quedar huérfana de padre y madre. Pero decía él que no le fatigaba tanto esto
cuanto le ponía en confusión saber, por cosa muy cierta, que un descomunal
gigante, señor de una grande ínsula, que casi alinda con nuestro reino,
llamado Pandafilando de la Fosca Vista (porque es cosa averiguada que, aunque
tiene los ojos en su lugar y derechos, siempre mira al revés, como si fuese
bizco, y esto lo hace él de maligno y por poner miedo y espanto a los que
mira); digo que supo que este gigante, en sabiendo mi orfandad, había de
pasar con gran poderío sobre mi reino y me lo había de quitar todo, sin
dejarme una pequeña aldea donde me recogiese; pero que podía escusar toda
esta ruina y desgracia si yo me quisiese casar con él; mas, a lo que él
entendía, jamás pensaba que me vendría a mí en voluntad de hacer tan desigual
casamiento; y dijo en esto la pura verdad, porque jamás me ha pasado por el
pensamiento casarme con aquel gigante, pero ni con otro alguno, por grande y
desaforado que fuese. Dijo también mi padre que, después que él fuese muerto
y viese yo que Pandafilando comenzaba a pasar sobre mi reino, que no
aguardase a ponerme en defensa, porque sería destruirme, sino que libremente
le dejase desembarazado el reino, si quería escusar la muerte y total
destruición de mis buenos y leales vasallos, porque no había de ser posible
defenderme de la endiablada fuerza del gigante; sino que luego, con algunos
de los míos, me pusiese en camino de las Españas, donde hallaría el remedio
de mis males hallando a un caballero andante, cuya fama en este tiempo se
estendería por todo este reino, el cual se había de llamar, si mal no me
acuerdo, don Azote o don Gigote.»
–Don
Quijote diría, señora –dijo a esta sazón Sancho Panza–, o, por otro nombre,
el Caballero de la Triste Figura.
–Así
es la verdad –dijo Dorotea–. «Dijo más: que había de ser alto de cuerpo, seco
de rostro, y que en el lado derecho, debajo del hombro izquierdo, o por allí
junto, había de tener un lunar pardo con ciertos cabellos a manera de
cerdas.»
En
oyendo esto don Quijote, dijo a su escudero:
–Ten
aquí, Sancho, hijo, ayúdame a desnudar, que quiero ver si soy el caballero
que aquel sabio rey dejó profetizado.
–Pues,
¿para qué quiere vuestra merced desnudarse? –dijo Dorotea.
–Para
ver si tengo ese lunar que vuestro padre dijo –respondió don Quijote.
–No
hay para qué desnudarse –dijo Sancho–, que yo sé que tiene vuestra merced un
lunar desas señas en la mitad del espinazo, que es señal de ser hombre
fuerte.
–Eso
basta –dijo Dorotea–, porque con los amigos no se ha de mirar en pocas cosas,
y que esté en el hombro o que esté en el espinazo, importa poco; basta que
haya lunar, y esté donde estuviere, pues todo es una mesma carne; y, sin
duda, acertó mi buen padre en todo, y yo he acertado en encomendarme al señor
don Quijote, que él es por quien mi padre dijo, pues las señales del rostro
vienen con las de la buena fama que este caballero tiene no sólo en España,
pero en toda la Mancha, pues apenas me hube desembarcado en Osuna, cuando oí
decir tantas hazañas suyas, que luego me dio el alma que era el mesmo que
venía a buscar.
–Pues,
¿cómo se desembarcó vuestra merced en Osuna, señora mía –preguntó don
Quijote–, si no es puerto de mar?
Mas,
antes que Dorotea respondiese, tomó el cura la mano y dijo:
–Debe
de querer decir la señora princesa que, después que desembarcó en Málaga, la
primera parte donde oyó nuevas de vuestra merced fue en Osuna.
–Eso
quise decir –dijo Dorotea.
–Y
esto lleva camino –dijo el cura–, y prosiga vuestra majestad adelante.
–No
hay que proseguir –respondió Dorotea–, sino que, finalmente, mi suerte ha
sido tan buena en hallar al señor don Quijote, que ya me cuento y tengo por
reina y señora de todo mi reino, pues él, por su cortesía y magnificencia, me
ha prometido el don de irse conmigo dondequiera que yo le llevare, que no
será a otra parte que a ponerle delante de Pandafilando de la Fosca Vista,
para que le mate y me restituya lo que tan contra razón me tiene usurpado: que
todo esto ha de suceder a pedir de boca, pues así lo dejó profetizado
Tinacrio el Sabidor, mi buen padre; el cual también dejó dicho y escrito en
letras caldeas, o griegas, que yo no las sé leer, que si este caballero de la
profecía, después de haber degollado al gigante, quisiese casarse conmigo,
que yo me otorgase luego sin réplica alguna por su legítima esposa, y le
diese la posesión de mi reino, junto con la de mi persona.
–¿Qué
te parece, Sancho amigo? –dijo a este punto don Quijote–. ¿No oyes lo que pasa?
¿No te lo dije yo? Mira si tenemos ya reino que mandar y reina con quien
casar.
–¡Eso
juro yo –dijo Sancho– para el puto que no se casare en abriendo el gaznatico
al señor Pandahilado! Pues, ¡monta que es mala la reina! ¡Así se me vuelvan
las pulgas de la cama!
Y,
diciendo esto, dio dos zapatetas en el aire, con muestras de grandísimo
contento, y luego fue a tomar las riendas de la mula de Dorotea, y,
haciéndola detener, se hincó de rodillas ante ella, suplicándole le diese las
manos para besárselas, en señal que la recibía por su reina y señora. ¿Quién
no había de reír de los circustantes, viendo la locura del amo y la
simplicidad del criado? En efecto, Dorotea se las dio, y le prometió de
hacerle gran señor en su reino, cuando el cielo le hiciese tanto bien que se
lo dejase cobrar y gozar. Agradecióselo Sancho con tales palabras que renovó
la risa en todos.
–Ésta,
señores –prosiguió Dorotea–, es mi historia: sólo resta por deciros que de
cuanta gente de acompañamiento saqué de mi reino no me ha quedado sino sólo
este buen barbado escudero, porque todos se anegaron en una gran borrasca que
tuvimos a vista del puerto, y él y yo salimos en dos tablas a tierra, como
por milagro; y así, es todo milagro y misterio el discurso de mi vida, como
lo habréis notado. Y si en alguna cosa he andado demasiada, o no tan acertada
como debiera, echad la culpa a lo que el señor licenciado dijo al principio
de mi cuento: que los trabajos continuos y extraordinarios quitan la memoria
al que los padece.
–Ésa
no me quitarán a mí, ¡oh alta y valerosa señora! –dijo don Quijote–, cuantos
yo pasare en serviros, por grandes y no vistos que sean; y así, de nuevo
confirmo el don que os he prometido, y juro de ir con vos al cabo del mundo,
hasta verme con el fiero enemigo vuestro, a quien pienso, con el ayuda de
Dios y de mi brazo, tajar la cabeza soberbia con los filos desta... no quiero
decir buena espada, merced a Ginés de Pasamonte, que me llevó la mía.
Esto
dijo entre dientes, y prosiguió diciendo:
–Y
después de habérsela tajado y puéstoos en pacífica posesión de vuestro
estado, quedará a vuestra voluntad hacer de vuestra persona lo que más en
talante os viniere; porque, mientras que yo tuviere ocupada la memoria y
cautiva la voluntad, perdido el entendimiento, a aquella..., y no digo más,
no es posible que yo arrostre, ni por pienso, el casarme, aunque fuese con el
ave fénix.
Parecióle
tan mal a Sancho lo que últimamente su amo dijo acerca de no querer casarse,
que, con grande enojo, alzando la voz, dijo:
–Voto
a mí, y juro a mí, que no tiene vuestra merced, señor don Quijote, cabal
juicio. Pues, ¿cómo es posible que pone vuestra merced en duda el casarse con
tan alta princesa como aquésta? ¿Piensa que le ha de ofrecer la fortuna, tras
cada cantillo, semejante ventura como la que ahora se le ofrece? ¿Es, por
dicha, más hermosa mi señora Dulcinea? No, por cierto, ni aun con la mitad, y
aun estoy por decir que no llega a su zapato de la que está delante. Así,
noramala alcanzaré yo el condado que espero, si vuestra merced se anda a
pedir cotufas en el golfo. Cásese, cásese luego, encomiéndole yo a Satanás, y
tome ese reino que se le viene a las manos de vobis, vobis, y, en siendo rey,
hágame marqués o adelantado, y luego, siquiera se lo lleve el diablo todo.
Don
Quijote, que tales blasfemias oyó decir contra su señora Dulcinea, no lo pudo
sufrir, y, alzando el lanzón, sin hablalle palabra a Sancho y sin decirle
esta boca es mía, le dio tales dos palos que dio con él en tierra; y si no
fuera porque Dorotea le dio voces que no le diera más, sin duda le quitara
allí la vida.
–¿Pensáis
–le dijo a cabo de rato–, villano ruin, que ha de haber lugar siempre para
ponerme la mano en la horcajadura, y que todo ha de ser errar vos y
perdonaros yo? Pues no lo penséis, bellaco descomulgado, que sin duda lo
estás, pues has puesto lengua en la sin par Dulcinea. ¿Y no sabéis vos,
gañán, faquín, belitre, que si no fuese por el valor que ella infunde en mi
brazo, que no le tendría yo para matar una pulga? Decid, socarrón de lengua
viperina, ¿y quién pensáis que ha ganado este reino y cortado la cabeza a
este gigante, y héchoos a vos marqués, que todo esto doy ya por hecho y por
cosa pasada en cosa juzgada, si no es el valor de Dulcinea, tomando a mi
brazo por instrumento de sus hazañas? Ella pelea en mí, y vence en mí, y yo
vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser. ¡Oh hideputa bellaco, y cómo sois
desagradecido: que os veis levantado del polvo de la tierra a ser señor de
título, y correspondéis a tan buena obra con decir mal de quien os la hizo!
No
estaba tan maltrecho Sancho que no oyese todo cuanto su amo le decía, y,
levantándose con un poco de presteza, se fue a poner detrás del palafrén de
Dorotea, y desde allí dijo a su amo:
–Dígame,
señor: si vuestra merced tiene determinado de no casarse con esta gran
princesa, claro está que no será el reino suyo; y, no siéndolo, ¿qué mercedes
me puede hacer? Esto es de lo que yo me quejo; cásese vuestra merced una por
una con esta reina, ahora que la tenemos aquí como llovida del cielo, y
después puede volverse con mi señora Dulcinea; que reyes debe de haber habido
en el mundo que hayan sido amancebados. En lo de la hermosura no me
entremeto; que, en verdad, si va a decirla, que entrambas me parecen bien,
puesto que yo nunca he visto a la señora Dulcinea.
–¿Cómo
que no la has visto, traidor blasfemo? –dijo don Quijote–. Pues, ¿no acabas
de traerme ahora un recado de su parte?
–Digo
que no la he visto tan despacio –dijo Sancho– que pueda haber notado
particularmente su hermosura y sus buenas partes punto por punto; pero así, a
bulto, me parece bien.
–Ahora
te disculpo –dijo don Quijote–, y perdóname el enojo que te he dado, que los
primeros movimientos no son en manos de los hombres.
–Ya
yo lo veo –respondió Sancho–; y así, en mí la gana de hablar siempre es
primero movimiento, y no puedo dejar de decir, por una vez siquiera, lo que
me viene a la lengua.
–Con
todo eso –dijo don Quijote–, mira, Sancho, lo que hablas, porque tantas veces
va el cantarillo a la fuente..., y no te digo más.
–Ahora
bien –respondió Sancho–, Dios está en el cielo, que ve las trampas, y será
juez de quién hace más mal: yo en no hablar bien, o vuestra merced en
obrallo.
–No
haya más –dijo Dorotea–: corred, Sancho, y besad la mano a vuestro señor, y
pedilde perdón, y de aquí adelante andad más atentado en vuestras alabanzas y
vituperios, y no digáis mal de aquesa señora Tobosa, a quien yo no conozco si
no es para servilla, y tened confianza en Dios, que no os ha de faltar un
estado donde viváis como un príncipe.
Fue
Sancho cabizbajo y pidió la mano a su señor, y él se la dio con reposado
continente; y, después que se la hubo besado, le echó la bendición, y dijo a
Sancho que se adelantasen un poco, que tenía que preguntalle y que departir
con él cosas de mucha importancia. Hízolo así Sancho y apartáronse los dos
algo adelante, y díjole don Quijote:
–Después
que veniste, no he tenido lugar ni espacio para preguntarte muchas cosas de
particularidad acerca de la embajada que llevaste y de la respuesta que
trujiste; y ahora, pues la fortuna nos ha concedido tiempo y lugar, no me
niegues tú la ventura que puedes darme con tan buenas nuevas.
–Pregunte
vuestra merced lo que quisiere –respondió Sancho–, que a todo daré tan buena
salida como tuve la entrada. Pero suplico a vuestra merced, señor mío, que no
sea de aquí adelante tan vengativo.
–¿Por
qué lo dices, Sancho? –dijo don Quijote.
–Dígolo
–respondió– porque estos palos de agora más fueron por la pendencia que entre
los dos trabó el diablo la otra noche, que por lo que dije contra mi señora
Dulcinea, a quien amo y reverencio como a una reliquia, aunque en ella no lo
haya, sólo por ser cosa de vuestra merced.
–No
tornes a esas pláticas, Sancho, por tu vida –dijo don Quijote–, que me dan
pesadumbre; ya te perdoné entonces, y bien sabes tú que suele decirse: a
pecado nuevo, penitencia nueva.
En
tanto que los dos iban en estas pláticas, dijo el cura a Dorotea que había
andado muy discreta, así en el cuento como en la brevedad dél, y en la
similitud que tuvo con los de los libros de caballerías. Ella dijo que muchos
ratos se había entretenido en leellos, pero que no sabía ella dónde eran las
provincias ni puertos de mar, y que así había dicho a tiento que se había
desembarcado en Osuna.
–Yo
lo entendí así –dijo el cura–, y por eso acudí luego a decir lo que dije, con
que se acomodó todo. Pero, ¿no es cosa estraña ver con cuánta facilidad cree
este desventurado hidalgo todas estas invenciones y mentiras, sólo porque
llevan el estilo y modo de las necedades de sus libros?
–Sí
es –dijo Cardenio–, y tan rara y nunca vista, que yo no sé si queriendo
inventarla y fabricarla mentirosamente, hubiera tan agudo ingenio que pudiera
dar en ella.
–Pues
otra cosa hay en ello –dijo el cura–: que fuera de las simplicidades que este
buen hidalgo dice tocantes a su locura, si le tratan de otras cosas, discurre
con bonísimas razones y muestra tener un entendimiento claro y apacible en
todo. De manera que, como no le toquen en sus caballerías, no habrá nadie que
le juzgue sino por de muy buen entendimiento.
En
tanto que ellos iban en esta conversación, prosiguió don Quijote con la suya
y dijo a Sancho:
–Echemos,
Panza amigo, pelillos a la mar en esto de nuestras pendencias, y dime ahora,
sin tener cuenta con enojo ni rencor alguno: ¿Dónde, cómo y cuándo hallaste a
Dulcinea? ¿Qué hacía? ¿Qué le dijiste? ¿Qué te respondió? ¿Qué rostro hizo
cuando leía mi carta? ¿Quién te la trasladó? Y todo aquello que vieres que en
este caso es digno de saberse, de preguntarse y satisfacerse, sin que añadas
o mientas por darme gusto, ni menos te acortes por no quitármele.
–Señor
–respondió Sancho–, si va a decir la verdad, la carta no me la trasladó
nadie, porque yo no llevé carta alguna.
–Así
es como tú dices –dijo don Quijote–, porque el librillo de memoria donde yo
la escribí le hallé en mi poder a cabo de dos días de tu partida, lo cual me
causó grandísima pena, por no saber lo que habías tú de hacer cuando te
vieses sin carta, y creí siempre que te volvieras desde el lugar donde la
echaras menos.
–Así
fuera –respondió Sancho–, si no la hubiera yo tomado en la memoria cuando
vuestra merced me la leyó, de manera que se la dije a un sacristán, que me la
trasladó del entendimiento, tan punto por punto, que dijo que en todos los
días de su vida, aunque había leído muchas cartas de descomunión, no había
visto ni leído tan linda carta como aquélla.
–Y
¿tiénesla todavía en la memoria, Sancho? –dijo don Quijote.
–No,
señor –respondió Sancho–, porque después que la di, como vi que no había de
ser de más provecho, di en olvidalla. Y si algo se me acuerda, es aquello del
sobajada, digo, del soberana señora, y lo último: Vuestro hasta la muerte, el
Caballero de la Triste Figura. Y, en medio destas dos cosas, le puse más de
trecientas almas, y vidas, y ojos míos.
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