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Lengua y Literatura
Capítulo 31
Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
Capítulo XXXI. De
los sabrosos razonamientos que pasaron entre don Quijote y Sancho Panza, su
escudero, con otros sucesos
–Todo eso no me descontenta;
prosigue adelante –dijo don Quijote–. Llegaste, ¿y qué hacía aquella reina de
la hermosura? A buen seguro que la hallaste ensartando perlas, o bordando
alguna empresa con oro de cañutillo para este su cautivo caballero.
–No la hallé –respondió Sancho–
sino ahechando dos hanegas de trigo en un corral de su casa.
–Pues haz cuenta –dijo don
Quijote– que los granos de aquel trigo eran granos de perlas, tocados de sus
manos. Y si miraste, amigo, el trigo ¿era candeal, o trechel?
–No era sino rubión –respondió
Sancho.
–Pues yo te aseguro –dijo don
Quijote– que, ahechado por sus manos, hizo pan candeal, sin duda alguna. Pero
pasa adelante: cuando le diste mi carta, ¿besóla? ¿Púsosela sobre la cabeza?
¿Hizo alguna ceremonia digna de tal carta, o qué hizo?
–Cuando yo se la iba a dar
–respondió Sancho–, ella estaba en la fuga del meneo de una buena parte de
trigo que tenía en la criba, y díjome: ‘‘Poned, amigo, esa carta sobre aquel
costal, que no la puedo leer hasta que acabe de acribar todo lo que aquí
está’’.
–¡Discreta señora! –dijo don
Quijote–. Eso debió de ser por leerla despacio y recrearse con ella. Adelante,
Sancho: y, en tanto que estaba en su menester, ¿qué coloquios pasó contigo?
¿Qué te preguntó de mí? Y tú, ¿qué le respondiste? Acaba, cuéntamelo todo; no
se te quede en el tintero una mínima.
–Ella no me preguntó nada –dijo
Sancho–, mas yo le dije de la manera que vuestra merced, por su servicio,
quedaba haciendo penitencia, desnudo de la cintura arriba, metido entre estas
sierras como si fuera salvaje, durmiendo en el suelo, sin comer pan a manteles
ni sin peinarse la barba, llorando y maldiciendo su fortuna.
–En decir que maldecía mi fortuna
dijiste mal –dijo don Quijote–, porque antes la bendigo y bendeciré todos los
días de mi vida, por haberme hecho digno de merecer amar tan alta señora como
Dulcinea del Toboso.
–Tan alta es –respondió Sancho–,
que a buena fe que me lleva a mí más de un coto.
–Pues, ¿cómo, Sancho? –dijo don
Quijote–. ¿Haste medido tú con ella?
–Medíme en esta manera –respondió
Sancho–: que, llegándole a ayudar a poner un costal de trigo sobre un jumento,
llegamos tan juntos que eché de ver que me llevaba más de un gran palmo.
–Pues ¡es verdad –replicó don
Quijote– que no acompaña esa grandeza y la adorna con mil millones y gracias
del alma! Pero no me negarás, Sancho, una cosa: cuando llegaste junto a ella,
¿no sentiste un olor sabeo, una fragancia aromática, y un no sé qué de bueno,
que yo no acierto a dalle nombre? Digo, ¿un tuho o tufo como si estuvieras en
la tienda de algún curioso guantero?
–Lo que sé decir –dijo Sancho– es
que sentí un olorcillo algo hombruno; y debía de ser que ella, con el mucho
ejercicio, estaba sudada y algo correosa.
–No sería eso –respondió don
Quijote–, sino que tú debías de estar romadizado, o te debiste de oler a ti
mismo; porque yo sé bien a lo que huele aquella rosa entre espinas, aquel lirio
del campo, aquel ámbar desleído.
–Todo puede ser –respondió
Sancho–, que muchas veces sale de mí aquel olor que entonces me pareció que
salía de su merced de la señora Dulcinea; pero no hay de qué maravillarse, que
un diablo parece a otro.
–Y bien –prosiguió don Quijote–,
he aquí que acabó de limpiar su trigo y de enviallo al molino. ¿Qué hizo cuando
leyó la carta?
–La carta –dijo Sancho– no la
leyó, porque dijo que no sabía leer ni escribir; antes, la rasgó y la hizo menudas
piezas, diciendo que no la quería dar a leer a nadie, porque no se supiesen en
el lugar sus secretos, y que bastaba lo que yo le había dicho de palabra acerca
del amor que vuestra merced le tenía y de la penitencia extraordinaria que por
su causa quedaba haciendo. Y, finalmente, me dijo que dijese a vuestra merced
que le besaba las manos, y que allí quedaba con más deseo de verle que de
escribirle; y que, así, le suplicaba y mandaba que, vista la presente, saliese
de aquellos matorrales y se dejase de hacer disparates, y se pusiese luego
luego en camino del Toboso, si otra cosa de más importancia no le sucediese,
porque tenía gran deseo de ver a vuestra merced. Rióse mucho cuando le dije
como se llamaba vuestra merced el Caballero de la Triste Figura. Preguntéle si
había ido allá el vizcaíno de marras; díjome que sí, y que era un hombre muy de
bien. También le pregunté por los galeotes, mas díjome que no había visto hasta
entonces alguno.
–Todo va bien hasta agora –dijo
don Quijote–. Pero dime: ¿qué joya fue la que te dio, al despedirte, por las
nuevas que de mí le llevaste? Porque es usada y antigua costumbre entre los
caballeros y damas andantes dar a los escuderos, doncellas o enanos que les
llevan nuevas, de sus damas a ellos, a ellas de sus andantes, alguna rica joya
en albricias, en agradecimiento de su recado.
–Bien puede eso ser así, y yo la
tengo por buena usanza; pero eso debió de ser en los tiempos pasados, que ahora
sólo se debe de acostumbrar a dar un pedazo de pan y queso, que esto fue lo que
me dio mi señora Dulcinea, por las bardas de un corral, cuando della me
despedí; y aun, por más señas, era el queso ovejuno.
–Es liberal en estremo –dijo don
Quijote–, y si no te dio joya de oro, sin duda debió de ser porque no la
tendría allí a la mano para dártela; pero buenas son mangas después de Pascua:
yo la veré, y se satisfará todo. ¿Sabes de qué estoy maravillado, Sancho? De
que me parece que fuiste y veniste por los aires, pues poco más de tres días
has tardado en ir y venir desde aquí al Toboso, habiendo de aquí allá más de
treinta leguas; por lo cual me doy a entender que aquel sabio nigromante que
tiene cuenta con mis cosas y es mi amigo (porque por fuerza le hay, y le ha de
haber, so pena que yo no sería buen caballero andante); digo que este tal te
debió de ayudar a caminar, sin que tú lo sintieses; que hay sabio déstos que
coge a un caballero andante durmiendo en su cama, y, sin saber cómo o en qué
manera, amanece otro día más de mil leguas de donde anocheció. Y si no fuese
por esto, no se podrían socorrer en sus peligros los caballeros andantes unos a
otros, como se socorren a cada paso. Que acaece estar uno peleando en las
sierras de Armenia con algún endriago, o con algún fiero vestiglo, o con otro
caballero, donde lleva lo peor de la batalla y está ya a punto de muerte, y
cuando no os me cato, asoma por acullá, encima de una nube, o sobre un carro de
fuego, otro caballero amigo suyo, que poco antes se hallaba en Ingalaterra, que
le favorece y libra de la muerte, y a la noche se halla en su posada, cenando
muy a su sabor; y suele haber de la una a la otra parte dos o tres mil leguas.
Y todo esto se hace por industria y sabiduría destos sabios encantadores que
tienen cuidado destos valerosos caballeros. Así que, amigo Sancho, no se me hace
dificultoso creer que en tan breve tiempo hayas ido y venido desde este lugar
al del Toboso, pues, como tengo dicho, algún sabio amigo te debió de llevar en
volandillas, sin que tú lo sintieses.
–Así sería –dijo Sancho–; porque
a buena fe que andaba Rocinante como si fuera asno de gitano con azogue en los
oídos.
–Y ¡cómo si llevaba azogue! –dijo
don Quijote–, y aun una legión de demonios, que es gente que camina y hace
caminar, sin cansarse, todo aquello que se les antoja. Pero, dejando esto
aparte, ¿qué te parece a ti que debo yo de hacer ahora cerca de lo que mi
señora me manda que la vaya a ver?; que, aunque yo veo que estoy obligado a
cumplir su mandamiento, véome también imposibilitado del don que he prometido a
la princesa que con nosotros viene, y fuérzame la ley de caballería a cumplir
mi palabra antes que mi gusto. Por una parte, me acosa y fatiga el deseo de ver
a mi señora; por otra, me incita y llama la prometida fe y la gloria que he de
alcanzar en esta empresa. Pero lo que pienso hacer será caminar apriesa y
llegar presto donde está este gigante, y, en llegando, le cortaré la cabeza, y
pondré a la princesa pacíficamente en su estado, y al punto daré la vuelta a
ver a la luz que mis sentidos alumbra, a la cual daré tales disculpas que ella
venga a tener por buena mi tardanza, pues verá que todo redunda en aumento de
su gloria y fama, pues cuanta yo he alcanzado, alcanzo y alcanzare por las
armas en esta vida, toda me viene del favor que ella me da y de ser yo suyo.
–¡Ay –dijo Sancho–, y cómo está
vuestra merced lastimado de esos cascos! Pues dígame, señor: ¿piensa vuestra
merced caminar este camino en balde, y dejar pasar y perder un tan rico y tan
principal casamiento como éste, donde le dan en dote un reino, que a buena
verdad que he oído decir que tiene más de veinte mil leguas de contorno, y que
es abundantísimo de todas las cosas que son necesarias para el sustento de la
vida humana, y que es mayor que Portugal y que Castilla juntos? Calle, por amor
de Dios, y tenga vergüenza de lo que ha dicho, y tome mi consejo, y perdóneme,
y cásese luego en el primer lugar que haya cura; y si no, ahí está nuestro
licenciado, que lo hará de perlas. Y advierta que ya tengo edad para dar
consejos, y que este que le doy le viene de molde, y que más vale pájaro en
mano que buitre volando, porque quien bien tiene y mal escoge, por bien que se
enoja no se venga.
–Mira, Sancho –respondió don
Quijote–: si el consejo que me das de que me case es porque sea luego rey, en
matando al gigante, y tenga cómodo para hacerte mercedes y darte lo prometido,
hágote saber que sin casarme podré cumplir tu deseo muy fácilmente, porque yo
sacaré de adahala, antes de entrar en la batalla, que, saliendo vencedor della,
ya que no me case, me han de dar una parte del reino, para que la pueda dar a
quien yo quisiere; y, en dándomela, ¿a quién quieres tú que la dé sino a ti?
–Eso está claro –respondió
Sancho–, pero mire vuestra merced que la escoja hacia la marina, porque, si no
me contentare la vivienda, pueda embarcar mis negros vasallos y hacer dellos lo
que ya he dicho. Y vuestra merced no se cure de ir por agora a ver a mi señora
Dulcinea, sino váyase a matar al gigante, y concluyamos este negocio; que por
Dios que se me asienta que ha de ser de mucha honra y de mucho provecho.
–Dígote, Sancho –dijo don
Quijote–, que estás en lo cierto, y que habré de tomar tu consejo en cuanto el
ir antes con la princesa que a ver a Dulcinea. Y avísote que no digas nada a
nadie, ni a los que con nosotros vienen, de lo que aquí hemos departido y tratado;
que, pues Dulcinea es tan recatada que no quiere que se sepan sus pensamientos,
no será bien que yo, ni otro por mí, los descubra.
–Pues si eso es así –dijo
Sancho–, ¿cómo hace vuestra merced que todos los que vence por su brazo se
vayan a presentar ante mi señora Dulcinea, siendo esto firma de su nombre que
la quiere bien y que es su enamorado? Y, siendo forzoso que los que fueren se
han de ir a hincar de finojos ante su presencia, y decir que van de parte de
vuestra merced a dalle la obediencia, ¿cómo se pueden encubrir los pensamientos
de entrambos?
–¡Oh, qué necio y qué simple que
eres! –dijo don Quijote–. ¿Tú no ves, Sancho, que eso todo redunda en su mayor
ensalzamiento? Porque has de saber que en este nuestro estilo de caballería es
gran honra tener una dama muchos caballeros andantes que la sirvan, sin que se
estiendan más sus pensamientos que a servilla, por sólo ser ella quien es, sin
esperar otro premio de sus muchos y buenos deseos, sino que ella se contente de
acetarlos por sus caballeros.
–Con esa manera de amor –dijo
Sancho– he oído yo predicar que se ha de amar a Nuestro Señor, por sí solo, sin
que nos mueva esperanza de gloria o temor de pena. Aunque yo le querría amar y
servir por lo que pudiese.
–¡Válate el diablo por villano
–dijo don Quijote–, y qué de discreciones dices a las veces! No parece sino que
has estudiado.
–Pues a fe mía que no sé leer
–respondió Sancho.
En esto, les dio voces maese
Nicolás que esperasen un poco, que querían detenerse a beber en una fontecilla
que allí estaba. Detúvose don Quijote, con no poco gusto de Sancho, que ya
estaba cansado de mentir tanto y temía no le cogiese su amo a palabras; porque,
puesto que él sabía que Dulcinea era una labradora del Toboso, no la había
visto en toda su vida.
Habíase en este tiempo vestido
Cardenio los vestidos que Dorotea traía cuando la hallaron, que, aunque no eran
muy buenos, hacían mucha ventaja a los que dejaba. Apeáronse junto a la fuente,
y con lo que el cura se acomodó en la venta satisficieron, aunque poco, la
mucha hambre que todos traían.
Estando en esto, acertó a pasar
por allí un muchacho que iba de camino, el cual, poniéndose a mirar con mucha
atención a los que en la fuente estaban, de allí a poco arremetió a don
Quijote, y, abrazándole por las piernas, comenzó a llorar muy de propósito,
diciendo:
–¡Ay, señor mío! ¿No me conoce
vuestra merced? Pues míreme bien, que yo soy aquel mozo Andrés que quitó
vuestra merced de la encina donde estaba atado.
Reconocióle don Quijote, y,
asiéndole por la mano, se volvió a los que allí estaban y dijo:
–Porque vean vuestras mercedes
cuán de importancia es haber caballeros andantes en el mundo, que desfagan los
tuertos y agravios que en él se hacen por los insolentes y malos hombres que en
él viven, sepan vuestras mercedes que los días pasados, pasando yo por un
bosque, oí unos gritos y unas voces muy lastimosas, como de persona afligida y
menesterosa; acudí luego, llevado de mi obligación, hacia la parte donde me
pareció que las lamentables voces sonaban, y hallé atado a una encina a este
muchacho que ahora está delante (de lo que me huelgo en el alma, porque será
testigo que no me dejará mentir en nada); digo que estaba atado a la encina,
desnudo del medio cuerpo arriba, y estábale abriendo a azotes con las riendas
de una yegua un villano, que después supe que era amo suyo; y, así como yo le
vi, le pregunté la causa de tan atroz vapulamiento; respondió el zafio que le
azotaba porque era su criado, y que ciertos descuidos que tenía nacían más de
ladrón que de simple; a lo cual este niño dijo: ‘‘Señor, no me azota sino
porque le pido mi salario’’. El amo replicó no sé qué arengas y disculpas, las
cuales, aunque de mí fueron oídas, no fueron admitidas. En resolución, yo le
hice desatar, y tomé juramento al villano de que le llevaría consigo y le
pagaría un real sobre otro, y aun sahumados. ¿No es verdad todo esto, hijo
Andrés? ¿No notaste con cuánto imperio se lo mandé, y con cuánta humildad
prometió de hacer todo cuanto yo le impuse, y notifiqué y quise? Responde; no
te turbes ni dudes en nada: di lo que pasó a estos señores, porque se vea y
considere ser del provecho que digo haber caballeros andantes por los caminos.
–Todo lo que vuestra merced ha
dicho es mucha verdad –respondió el muchacho–, pero el fin del negocio sucedió
muy al revés de lo que vuestra merced se imagina.
–¿Cómo al revés? –replicó don
Quijote–; luego, ¿no te pagó el villano?
–No sólo no me pagó –respondió el
muchacho–, pero, así como vuestra merced traspuso del bosque y quedamos solos,
me volvió a atar a la mesma encina, y me dio de nuevo tantos azotes que quedé
hecho un San Bartolomé desollado; y, a cada azote que me daba, me decía un
donaire y chufeta acerca de hacer burla de vuestra merced, que, a no sentir yo
tanto dolor, me riera de lo que decía. En efeto: él me paró tal, que hasta
ahora he estado curándome en un hospital del mal que el mal villano entonces me
hizo. De todo lo cual tiene vuestra merced la culpa, porque si se fuera su
camino adelante y no viniera donde no le llamaban, ni se entremetiera en
negocios ajenos, mi amo se contentara con darme una o dos docenas de azotes, y
luego me soltara y pagara cuanto me debía. Mas, como vuestra merced le deshonró
tan sin propósito y le dijo tantas villanías, encendiósele la cólera, y, como
no la pudo vengar en vuestra merced, cuando se vio solo descargó sobre mí el
nublado, de modo que me parece que no seré más hombre en toda mi vida.
–El daño estuvo –dijo don
Quijote– en irme yo de allí; que no me había de ir hasta dejarte pagado, porque
bien debía yo de saber, por luengas experiencias, que no hay villano que guarde
palabra que tiene, si él vee que no le está bien guardalla. Pero ya te
acuerdas, Andrés, que yo juré que si no te pagaba, que había de ir a buscarle, y
que le había de hallar, aunque se escondiese en el vientre de la ballena.
–Así es la verdad –dijo Andrés–,
pero no aprovechó nada.
–Ahora verás si aprovecha –dijo
don Quijote.
Y, diciendo esto, se levantó muy
apriesa y mandó a Sancho que enfrenase a Rocinante, que estaba paciendo en
tanto que ellos comían.
Preguntóle Dorotea qué era lo que
hacer quería. Él le respondió que quería ir a buscar al villano y castigalle de
tan mal término, y hacer pagado a Andrés hasta el último maravedí, a despecho y
pesar de cuantos villanos hubiese en el mundo. A lo que ella respondió que
advirtiese que no podía, conforme al don prometido, entremeterse en ninguna
empresa hasta acabar la suya; y que, pues esto sabía él mejor que otro alguno,
que sosegase el pecho hasta la vuelta de su reino.
–Así es verdad –respondió don
Quijote–, y es forzoso que Andrés tenga paciencia hasta la vuelta, como vos,
señora, decís; que yo le torno a jurar y a prometer de nuevo de no parar hasta
hacerle vengado y pagado.
–No me creo desos juramentos
–dijo Andrés–; más quisiera tener agora con qué llegar a Sevilla que todas las
venganzas del mundo: déme, si tiene ahí, algo que coma y lleve, y quédese con
Dios su merced y todos los caballeros andantes; que tan bien andantes sean
ellos para consigo como lo han sido para conmigo.
Sacó de su repuesto Sancho un
pedazo de pan y otro de queso, y, dándoselo al mozo, le dijo:
–Tomá, hermano Andrés, que a
todos nos alcanza parte de vuestra desgracia.
–Pues, ¿qué parte os alcanza a
vos? –preguntó Andrés.
–Esta parte de queso y pan que os
doy –respondió Sancho–, que Dios sabe si me ha de hacer falta o no; porque os
hago saber, amigo, que los escuderos de los caballeros andantes estamos sujetos
a mucha hambre y a mala ventura, y aun a otras cosas que se sienten mejor que
se dicen.
Andrés asió de su pan y queso, y,
viendo que nadie le daba otra cosa, abajó su cabeza y tomó el camino en las
manos, como suele decirse. Bien es verdad que, al partirse, dijo a don Quijote:
–Por amor de Dios, señor
caballero andante, que si otra vez me encontrare, aunque vea que me hacen
pedazos, no me socorra ni ayude, sino déjeme con mi desgracia; que no será
tanta, que no sea mayor la que me vendrá de su ayuda de vuestra merced, a quien
Dios maldiga, y a todos cuantos caballeros andantes han nacido en el mundo.
Íbase a levantar don Quijote para
castigalle, mas él se puso a correr de modo que ninguno se atrevió a seguille.
Quedó corridísimo don Quijote del cuento de Andrés, y fue menester que los
demás tuviesen mucha cuenta con no reírse, por no acaballe de correr del todo.
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