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Mensajes
LA RECOMPENSA QUE VIENE DE DIOS
La vida del creyente es
una vida de decisión (decisión por Dios) y
obediencia. Esta obediencia tiene que ver con someter nuestra
voluntad, que no es fácil de doblegar, a la voluntad del Señor. Si le sumamos la
disciplina de oración y lectura, y el declarar
verdad, tendremos el principio de la victoria.
“Llevad mi yugo sobre vosotros, y
aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para
vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi
carga.”
(San Mateo 11: 29 y 30)
El asalariado estaba en mejor
condición que el esclavo. Trabajaba, sí, pero también tenía sus días libres. En
cambio, el esclavo no tenía días libres, siempre debía estar sometido a la
voluntad de su amo. Y a pesar de esto, si el amo era una persona importante, el
esclavo podía llegar a vivir mejor que el asalariado. Leyendo este texto descubrimos que
somos esclavos del Señor, y disfrutamos de todas sus riquezas cuando estamos
sometidos a su voluntad (obediencia). Bajo la voluntad de Dios se hace y se dice
lo que Él manda; el “yo” comprometido con las pasiones de la carne está muerto.
Si vivimos una vida espiritual, llena del Espíritu Santo, nuestro entorno será
transformado.
“El que a vosotros recibe, a mí me
recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió. El que recibe a un
profeta por cuanto es profeta, recompensa de profeta recibirá; y el que recibe a
un justo por cuanto es justo, recompensa de justo recibirá. Y cualquiera que dé
a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es
discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa.”
(San Mateo 10:40 al 42)
Dios no es deudor de nadie. Él
recompensa a todo el que se vuelve a sus caminos, lo busca y ama de todo
corazón.
¿Qué recompensas anhelas? ¿Las que
se terminan o las eternas?
“Examíname, oh Dios, y conoce mi
corazón; pruébame y conoce mis
pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en
el camino eterno.” (Salmos 139: 23 y
24)
Es una decisión, de nosotros
depende. Podemos confiar en el Señor, porque Él no falla.
“Por tanto, nosotros también,
teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo
peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que
tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe,
el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el
oprobio, y se sentó a la diestra del trono de
Dios.” (Hebreos 12:1 y
2)
El Señor siempre está presente y
es nuestro auxilio. Su recompensa es grande, perfecta y sobrenatural.
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